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El papa Benedicto XVI presidió este Viernes Santo en el Coliseo de Roma el Vía Crucis, en el que dijo que la cruz no es la señal de la victoria de la muerte, sino del amor e imploró a Cristo que haga morir en nosotros "al hombre viejo ligado al egoísmo, al mal y al pecado".

"Ilumina nuestro corazón, haz que muera en nosotros el hombre viejo ligado al egoísmo, al mal y al pecado. Haznos hombres nuevos, hombres y mujeres transformados", afirmó el Obispo de Roma al final del rito ante varias decenas de miles de personas que asistieron al Vía Crucis.

El Pontífice dijo que esta noche del Viernes Santo es la de la cruz, el silencio y la muerte, pero que la cruz no es la señal de la victoria de la muerte, del pecado del mal, sino que es la señal luminosa del amor de Dios.

El Obispo de Roma agregó que la cruz habla del amor supremo de Dios e invita a renovar la fe y nos dona una vida nueva, de esperanza.

"En esta noche cargada de esperanza, resuenan las palabras de san Agustín: Tener fe, os he prometido mi vida, os invito a participar de mi vida, una vida donde nadie muere, la comida nunca falta y la cena es eterna", afirmó el papa.

Como en años anteriores, Benedicto XVI presidió el rito de rodillas desde la colina del Palatino, frente al Coliseo.

El Papa Ratzinger, de 84 años, abrió el Vía Crucis con una plegaria en la que denunció las "multiformes máscaras de la mentira que se burlan de la verdad y los halagos del éxito que sofocan la honestidad".

"Señor Jesús, tú nos invitas a seguirte también en esta hora extrema. En tu hora está la prueba de nuestra vida en sus más descarnados y duros recodos. Es la hora de las tinieblas, cuando vacilan los cimientos de la tierra, cuando las multiformes máscaras de la mentira se burlan de la verdad y los halagos del éxito sofocan la íntima llamada de la honestidad", afirmó.

El Vía Crucis discurrió por el interior del Coliseo -el famoso anfiteatro Flavio, que recuerda los sufrimientos de los primeros cristianos-, continuó por delante del Arco de Trajano y concluyó en la colina del Palatino.

El cardenal vicario de Roma, Agostino Vallini, llevó la Cruz en la primera estación. Un joven y una joven romana le acompañaron a cada lado con una antorcha.

Después el símbolo de los cristianos fue portado por un matrimonio italiano y sus cinco hijos; por un enfermo acompañado de una camillero y de una monja enfermera, por dos monjas agustinas, dos frailes de Tierra Santa, una familia etíope con dos hijos, un fraile franciscano egipcio y una joven egipcia.

Este ha sido el sexto Vía Crucis del Papa Ratzinger y ha traído a la memoria las meditaciones que le encargó en 2005 Juan Pablo II, a quien beatificará el próximo 1 de mayo.

En aquellas meditaciones, el cardenal Ratzinger denunció "lo que tiene que sufrir Cristo por la suciedad que hay en su Iglesia", en la que "se abusa" -dijo- de su palabra.

Las meditaciones de las 14 estaciones del Vía Crucis de hoy fueron encargadas por el Pontífice a la monja agustina italiana María Rita Piccione, presidenta de la federación de las Monjas Agustinas.

La monja señaló en las mismas que el hombre actual se deja condicionar "y ya no sabe escuchar la voz sutil, exigente y liberadora de su conciencia".

La agustina exhortó al hombre, "que ya no sabe llorar por sus pecados", a reconocer "sus infidelidades y sus ambiciones, traiciones y rebeliones, heridas que gimen e invocan el bálsamo de la conversión".

En la estación "Jesús carga con la cruz a cuestas", la religiosa señala que Pilato vaciló y que una vez más se repite la historia del corazón herido del hombre: "su mezquindad, su incapacidad para levantar la mirada fuera de si mismo".

La religiosa denunció que el corazón del hombre "mira hacia abajo, está completamente embebido en la búsqueda del propio bienestar, permanece ciego ante la mano del pobre y del indefenso y del que pide ayuda y a lo sumo se conmueve, pero no se mueve".

María Rita Piccione exhortó al hombre a liberarse de toda manifestación de autosuficiencia y de buscar a Cristo.

El Vía Crucis del Coliseo fue instaurado en 1741 por orden del papa Benedicto XIV. Tras decenas de años de olvido, en 1925 volvió a celebrarse y en 1964 el papa Pablo VI acudió al anfiteatro para presidirlo. Desde entonces, todos los años acude el sucesor de Pedro.

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