Cada año, las Fuerzas Armadas enrolan unos 100,000 hombres mayores de 21 años. Menos de la mitad (40% en 2018) son voluntarios, el resto es designado en una lotería, la única en que nadie quiere ganar el premio, organizada por el ejército.

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Todos sueñan con recibir el ticket negro, el de la exención, y no el rojo, sinónimo de dos años perdidos en los cuarteles.

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Los más perjudicados por la suerte serán enviados al extremo sur de Tailandia, donde los combates con una rebelión separatista musulmana dejaron desde 2004 más de 7,000 muertos. Los soldados son un blanco predilecto de los insurgentes.

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Pasakorn Raksri, mujer transgénero, cuya transformación no terminó aún, tampoco quiere pasar dos años en un cuartel. "Mi apariencia física no es exactamente lo que el ejército busca", suspira la estudiante de 21 años.

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Para los hombres angustiados por la perspectiva del servicio militar, el santuario de Ya Nak ("Abuela Nak), en el templo Wat Mahbut, es una visita obligatoria.

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Tailandia tiene una importante población de transgéneros y las personas que sufrieron operaciones no tienen la obligación del servicio militar. Algunos jóvenes vienen a la pagoda de Wat Mahabut después del sorteo, para agradecer a Ya Nak.

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La cuestión del servicio militar es un tema sensible en Tailandia, dirigido por una junta militar desde 2014.

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Utain Kamrit, obrero en una fábrica, "imploró a Ya Nak" que lo ayudara y tuvo la suerte ganar el último ticket negro que quedaba. "Lo primero que se me ocurrió fue venir" para agradecer, cuenta.

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Muchos hombres, único sustento del hogar, vienen con la esperanza de evitar el enrolamiento. "Soy el único que trabaja" y "tenemos muchas cosas que pagar, en particular nuestro coche", explica a la AFP Thawatchai Saisawang, padre de una niña.

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Cuenta la leyenda que Nak murió durante un parto cuando su marido participaba en una guerra. La estatua dorada, que la representa sentada con un bebé, está rodeada de flores, ofrendas y trajes tradicionales.

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