Columnista invitado | ¿Cómo puedo ayudar a mi hijo o hija con sus clases virtuales?

Esta semana se inició la educación vía internet, tv y radio. Mientras los niños atenderán a las clases y harán su mejor esfuerzo, son los padres y cuidadores quienes deben apoyarlos.

Redacción

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Por Sebastián Velásquez

Psicólogo clínico, escritor de psicología y neurociencia, y editor

Esta semana empezaron las clases escolares y mi sobrino, con quien vivo, me lo recuerda con entusiasmo a cada hora. Es entendible: su rutina y normalidad se vieron impedidas cuando inició esta cuarentena. Y esta es su oportunidad para llevar a cabo el ansiado retorno y volver a realizar esas actividades que tanto le recuerdan a su pasado anhelado. ¿Quién no quiere retroceder un poco el tiempo hasta los días previos al aislamiento social obligatorio? Es totalmente natural. Pero, para que esta experiencia se convierta en un recuerdo armonioso y se logre un aprendizaje significativo, hay algunas cosas que deberíamos saber.

| Fuente: Andina

1.- Empatía ante todo

Esta es la verdadera clave frente a la vida. La empatía es esa capacidad que tenemos los seres humanos de ponernos en el lugar del otro: somos capaces de detectar qué emoción está sintiendo la otra persona, comprender qué factores pudieron causarla y, en consecuencia, experimentar esa misma vivencia. Escuchemos un poco más allá de lo que nos dicen los pequeños de la casa. ¿Qué pueden estar sintiendo? ¿Por qué se estarán comportando de esta manera? ¿Qué nos estarán tratando de decir? Recordemos que los niños no utilizan el lenguaje de la misma manera que los adultos. Ellos aún están desarrollando la habilidad para expresar sus emociones y sentimientos a ese nivel. Por ello, muchas veces sus conductas pueden manifestar, deseos, expectativas, frustraciones y afectos.

2.- Cada niño o niña se desarrolla a su propio tiempo

De la misma forma que no todos los niños alcanzan la misma estatura a la misma edad, no todos desarrollan las mismas capacidades al mismo tiempo. El proceso de desarrollo no es lineal, de hecho, es ondulante. Es normal que, a algunos estudiantes, les tome menos tiempo aprender ciertos ejercicios de matemática o realizar rimas en el curso de comunicación. Eventualmente, y con el esfuerzo necesario de docentes, padres, cuidadores y de ellos mismos, lograrán las competencias esperadas. Incluso, es posible que algunas capacidades ya aprendidas tengan que ser afianzadas nuevamente. Sin embargo, si presionamos y forzamos a nuestros hijos, es muy probable que generemos en ellos una sensación de frustración que hará más difícil el aprendizaje. Muchas veces las emociones negativas se ligan con alguna materia en particular o con el aprendizaje en general. Todos hemos escuchado a algunos niños decir «No me gustan las matemáticas» o «No me gusta estudiar». Bueno, pues esta puede ser la razón.

3.- Todo aprendizaje se logra con la participación de las emociones

Existe un lema vigente, basado en múltiples investigaciones, que afirma que «no hay aprendizaje sin emociones». Y esto es totalmente cierto. En los últimos veinte años, neurocientíficos de la talla de António Damásio y Mary Helen Immordino-Yang han estudiado y divulgado este principio rector. ¿Qué sucede realmente con las emociones? Pues trabajan en dos vías: en primer lugar, las emociones positivas generan una recompensa que facilita el aprendizaje. ¿Quién no aprende mejor en un ambiente reforzador? En segundo lugar, las emociones negativas impiden que este proceso se lleve a cabo. Si el niño o niña siente temor o ansiedad, va a ser incapaz de memorizar. Esto sucede debido a que el hipocampo, una de las estructuras cerebrales principales de la memoria, se va a ver afectado por algunas hormonas del estrés, como el cortisol. Es fácil de imaginar: ¿quién es capaz de aprender cuando siente temor? Básicamente, solo reaccionamos.

4.- ¿Y si se frustran? ¿Qué hago?

En esta situación tan especial en la que no solo no podemos salir de nuestras casas, sino que todas las actividades se han paralizado o modificado, es lógico que nos sintamos molestos, tristes, ansiosos y temerosos. Ahora, imaginemos cómo se sentirán nuestros hijos. Durante la infancia, se empiezan a desarrollar aquellas estructuras cerebrales que regulan las emociones y que las identifican con precisión, como la corteza frontal. Pero se desarrollan gracias a la interacción entre los genes y las experiencias del ambiente. En este sentido, el rol de los adultos es de suma importancia: son ellos quienes van a ayudar a moldear el cerebro. En esta etapa, los padres y cuidadores deben asumir el papel de corteza cerebral auxiliar, es decir, deben ayudar a los niños con esas funciones que aún no pueden realizar, como gestionar de forma adecuada el aspecto emocional.

¿Cómo se puede lograr tamaña hazaña? Si bien parece una tarea de gran envergadura, se puede conseguir en simples pasos:

  • Identifiquemos qué está sintiendo nuestro hijo o hija.
  • Preguntémonos qué lo causa.
  • Ayudémoslo/a a reconocer esa emoción con las siguientes preguntas: «¿Cómo te sientes?», «¿Qué emoción crees que estás sintiendo?».
  • Expliquémosles con nuestro ejemplo: «En esta situación, yo podría sentirme triste, porque extraño salir de la casa.»
  • Permitamos que sientan emociones negativas y brindémosles contención: «Entiendo lo que sientes. A mí me pasaría lo mismo. Es natural que te sientas así. Recuerda que yo estoy a tu lado para ayudarte en lo que necesites.»

La empatía es el factor clave que engloba todos estos consejos. En donde hay empatía, no hay juicios ni actos amenazadores o violentos. Hay comprensión, contención y apoyo. Y esta es la cimiente de todo aprendizaje.

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