Aldo Vásquez fue elegido como el presidente de la Junta Nacional de Justicia. | Fuente: Andina

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La campaña electoral se acerca a su fin mientras la atención pública oscila entre dos tipos de problemas marcadamente diferentes: por una parte los temas político-judiciales (el caso Lava Jato, la demanda competencial, la Junta Nacional de Justicia) y por otra las dificultades de la vida diaria: la delincuencia, la informalidad laboral, el transporte, la inscripción escolar, los feminicidios. Esperemos que los líderes que aparezcan en el nuevo Congreso y los que quieran postular en las elecciones del 2021 puedan responder a la vez a las demandas de cambios institucionales y a la exigencia de gestión y servicios públicos eficientes.

El caso de la Junta Nacional de Justicia es el más característico del clima mental de prevalece en nuestro espacio público. Se ha hecho un gran esfuerzo por convocar a los mejores abogados para que formen parte de una institución nueva, llamada a poner fin a una época negra de corrupción organizada al interior del Poder Judicial. La Comisión Especial estuvo integrada por altas autoridades del estado y dos rectores con reconocimiento unánime. Y sin embargo, las astucias procedimentales de uno de los candidatos (Marco Falconí), el espectro del ex juez César Hinostroza y las sospechas de plagio académico han estado a punto de impedir el primer paso hacia una reforma de la Justicia. Felizmente, el flamante presidente de la Junta, Aldo Vásquez, ha sabido tomar el toro por las astas y aún antes del juramento de los dos miembros faltantes, ha fijado objetivos, métodos de trabajo y plazos. Caso excepcional de abogado con una larga carrera pública que no tiene cuestionamientos, Aldo Vásquez está llamado a encarnar una nueva generación de ciudadanos comprometidos con los valores de nuestra República.

En el otro polo de los desafíos de nuestro Estado, debemos mencionar el éxito de la Policía para identificar a una persona repugnante que cometió actos contra el pudor mientras se hallaba sentado en un autobús junto a una adolescente de 18 años. ¡Las jóvenes del Perú tienen derecho a vivir y desplazarse en un clima de respeto y solidaridad! Afortunadamente, la víctima tuvo la feliz idea de filmar con su teléfono celular al agresor, gracias a lo cual la DIRINCRI ha establecido que se trata de un policía retirado de 84 años, quien rápidamente salió del Perú con rumbo a Estados Unidos.Que el caso nos sirva para sacar lecciones: no podemos dejar libradas a su suerte a niñas y adolescentes, como parecen haber hecho los pasajeros que no salieron en defensa de la víctima ni intentaron detener al depravado.

Saquemos lecciones también de la escalada de las tensiones entre Washington y Teherán. El régimen iraní ha lanzado misiles que han recorrido más de 300 kilómetros para impactar en los alrededores de dos bases militares en territorio iraquí. Inmediatamente la televisión controlada por los ayatolas afirmó que habían muerto decenas de norteamericanos. Mentiras que confirman el viejo proverbio: “En toda guerra, lo primero que muere es la verdad”. Pero en Estados Unidos se multiplican también los cuestionamientos a la política iraní de Donald Trump, o más bien a lo que algunos especialistas denominan “la ausencia de política iraní”. Durante la campaña del 2011 una voz resonó en Washington para atribuir a Barack Obama la intención de hallar pretextos para lanzar una guerra contra Irak que asegurara su reelección. Esa voz fue nada menos que la de Donald Trump. Ahora él mismo se halla expuesto a una tenta tentación recurrente de las potencias en tiempo electoral: hallar en el patriotismo y la unanimidad contra el enemigo exterior un motivo para aumentar su respaldo interno y silenciar la voz de la oposición. La teocracia iraní recurre a la mentira. Las democracias se dinamizan con la transparencia y el respaldo informado de los ciudadanos.

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