Cuninico, una comunidad nativa kukama kukamiria perteneciente al distrito de Urarinas, en Loreto. | Fuente: La otra ruta

Por: Verónica Ramírez Muro
Fotos: Morgana Vargas Llosa

Flor de María Paraná prepara el almuerzo con una de las gallinas que antes cacareaba en la parte trasera de su casa. Le añade cebolla y sémola al caldo hirviente que remueve con una cuchara de palo. Con un ojo vigila la leña y con el otro a Víctor Manuel, el menor de sus hijos. Corrige el punto de sal, sirve los platos y, finalmente, se sienta a la mesa para hablar sobre lo que pasó. Pero lo que pasó le quita el hambre.

Han transcurrido más de 4 años desde que vio a los peces hinchados y blancos y cómo una sustancia negra, espesa, aceitosa, se adhería al fondo de los baldes. En junio de 2014 una fisura a la altura del primer tramo del Oleoducto Norperuano, que va de la selva a la costa en más de 1,000 kilómetros de recorrido, derramó 2538 barriles, 99.000 galones o 374.000 litros de crudo en la quebrada donde se forman las cochas naturales, hábitat de gamitanas, paiches, palometas o boquichicos.

Primero hacíamos el chilcano y tenía sabor a gasolina. No solo yo, todas las familias sentíamos el sabor y el olor del pescado. Otro día se formó una comisión. Van a mirar y al fondo de la quebrada estaba todo manchado, negro, olor fuerte y llenecito de pescados muertos.

Cuninico es una comunidad nativa kukama kukamiria perteneciente al distrito de Urarinas, en Loreto. Se ubica en la margen derecha del río Marañón y el trayecto desde Nauta puede tardar entre 6 y 8 horas. Cuando Flor nació, hace 44 años, vivían unas 30 personas. Hoy viven 133 familias, un promedio de 600 personas, de las cuales 49 son menores de 10 años. 8 mujeres están embarazadas.

¿Qué vamos a comer?, ¿qué le vamos a dar a nuestros hijos? Ya se ha terminado nuestra riqueza. Ese fue nuestro pensamiento.

Flor es una madre indígena por elección popular desde 2014 y gracias a ese cargo de confianza ha viajado a Lima, Bolivia y Chile para enfrentarse a Petroperú, el dueño del oleoducto que les bañó la quebrada de crudo.

César Mozambite, de 53 años, es marido de Flor, vice apu de Cuninico y animador de la iglesia católica desde hace más de 20 años. César formó parte de la comitiva que acudió a la quebrada tributaria del río Marañón varios días después del derrame. Hasta ahora nadie ha podido precisar cuántos días pasaron desde que el crudo empezó a brotar del oleoducto para desembocar en la vida de los habitantes de Cuninico.

Petroperú regalaba cuadernos para el colegio y ahí encontramos el teléfono de una oficina en Piura y hemos llamado para avisar que hay un derrame. En una hora todo estaba llenecito de ingenieros. La gente de Cuninico ha entrado a juntar el petróleo. La ropa se les despedazaba y salían corriendo con un ardor peor que el sol.

Petroperú les ofreció trabajo. Venían en lanchas a recogerlos y pagaban 80 soles al día por ir la quebrada a retirar el crudo. Les daban un par de botas y unos trapos para limpiarse. 200 hombres de distintos puntos de Urarinas, cuyas comunidades también se vieron afectadas por el derrame, aceptaron la oferta. En las casas, las mujeres se organizaban para recolectar el agua de las lluvias y ofrecer alternativas al pescado a sus hijos, pero todo –las frutas, las verduras, los animales o el agua- se alimentaba y provenía de la misma tierra envenenada.

Así estuvieron durante varios meses -algunos dicen que cuatro y otros que cinco- hasta que los primeros hombres, mujeres, niños y niñas de Cuninico empezaron a enfermarse en cadena.

Todo eso fue lo que pasó.

Después del derrame

Cuatro años después del derrame, Wadson Trujillo, apu desde 2017, camina por las veredas de Cuninico y hace un recuento de los cambios menos visibles en la comunidad.

“Antes el kilo de pescado costaba 2 soles, ahora cuesta 8. La crianza de aves ha disminuido porque la contaminación también afecta a los animales. En salud antes no teníamos tantas alergias. El impacto social ha sido fuerte, parejas se han separado por tener que irse a trabajar a otras partes y han venido también nuevos pobladores y otros negocios. También se han dado conflictos internos entre los pobladores”, dice.

La vida, ya se sabe, continúa. Flor y César presencian los ensayos en la cancha de vóley. Bajo la mirada del profesor Elvis Silva, los alumnos y alumnas del colegio José Zeballos preparan una danza boliviana y el tema “Chiquitita” de ABBA para una próxima actuación escolar.

Los Mozambite Paraná no cuentan con luz, ni agua potable, ni alcantarillado. Tampoco con paneles solares. Para obtener luz dependen de un grupo electrógeno que, paradójicamente, está a punto de quedarse sin combustible.

Un coro de voces adolescentes canta que las penas vienen y van y desaparecen. Flor levanta en brazos a Giuliana, su nieta de un año, y recuerda sus inicios hace más de 20 como agente pastoral. Ella era movilizadora. En ese entonces la parroquia de Santa Rita de Castilla formaba también a parteras y promotoras de salud. En la preparación que los sacerdotes y hermanas de la congregación impartían, recuerdan Flor y César, repetían una frase como un mantra: “debemos servir y defender a nuestra comunidad”.

Este precedente contribuyó a que Flor fuera elegida entre todas las mujeres como madre indígena. Ella las representaría y amplificaría sus voces para hacerse oír.

A pocos días del derrame, en julio de 2014, según datos del informe Estado Tóxico. Violaciones del Derecho a la salud de pueblos indígenas en Cuninico y Espinar, de Amnistía Internacional, la Dirección Regional de Salud de Loreto (DIRESA) tomó muestras de agua en Cuninico y otras poblaciones aledañas para el análisis de Hidrocarburo Totales de Petróleo (HTP) y metales pesados. Como era de esperar, los niveles de aluminio y HTP en el agua no eran aptos para el consumo humano.

En enero de 2015 las comunidades nativas de Cuninico, Nueva Esperanza, Nueva Santa Rosa y San Francisco interpusieron un proceso constitucional contra distintas entidades del Estado. Y Flor, que solo había estado en Iquitos una vez durante el año que aceptó un trabajo y no le gustó, puso algo de ropa en un maletín y salió de Cuninico con el objetivo de difundir el grito de auxilio de la comunidad.

Nos hemos ido como demandantes primero a Lima y después a Chile, Galo (ex apu) y yo. Desde ese momento yo he sido representante y defensora de los derechos de la comunidad. Ahí nos hemos ido a dar nuestras quejas a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, a contar lo que estaba pasando. Ahí Petroperú dice que Cuninico tiene todo y está bien atendido. Yo me he molestado. Me paré. Yo vengo sin traer documentos, pero yo sí les voy a decir que Cuninico está abandonado. Cuninico no tiene nada.

En su maletín y envuelta en 3 bolsas de plástico, Flor guardaba una botella de agua con petróleo que recogió de la quebrada. La puso sobre la mesa.

Cuando tú actúas bien y dices la verdad, Dios te ayuda. Yo no estaba llevando droga ni una cosa para vender o decir mentiras. Yo estaba llevando mi material para hacer ver allá, para que me crean. No como Petroperú que llevó documentos falsos. Mi botella vale más de lo que yo he hablado. Le han creído más a mi botella que a mí.

Después de 3 años de procesos judiciales, la Sala Civil de la Corte Superior de Justicia de Loreto ordenó al Ministerio de Salud y a la Dirección General de Epidemiología establecer una estrategia de salud pública de emergencia para las zonas afectadas por el derrame. Hasta ahora, el Estado no ha cumplido la sentencia.

Uno de los primeros logros obtenidos por la comunidad fue el módulo de salud: un contenedor de dos ambientes con las medicinas básicas para tratar una deshidratación, fiebres, infecciones y dolores menores. Durante unos meses tuvieron las medicinas, pero no quién las administrase. Hoy cuentan con un técnico en enfermería que no asiste todos los días. De todas formas, para cualquier complicación, partos o tratamientos de enfermedades crónicas tienen que viajar al centro de salud de Maypuco, a dos horas en peque peque.

Posteriormente, el Ministerio de Vivienda, Construcción y Saneamiento implementó una planta de tratamiento de agua potable. El servicio funciona, pero no abastece a todos los habitantes de forma continuada.

Flor, nombrada defensora de los derechos humanos por el Congreso, ha sido una pieza clave en la obtención de estos dos servicios, pero las deficiencias y funcionamiento irregular de los mismos la mantienen en alerta. Mientras Cuninico no cuente con agua suficiente y sus habitantes continúen enfermos, su trabajo no termina.

Los grandes pescadores

Ipurakari es una palabra en kukama kukamiria que designa a un “gran pescador”, alguien que sabe utilizar las técnicas e instrumentos heredados desde hace más mil años cuando, entre los siglos IX y XVI, se inició un proceso migratorio desde la amazonia central brasilera para asentarse en zonas inundables como Cuninico, donde la pesca es una actividad de supervivencia, pero también algo parecido a un reclamo ribonucleico, algo que ocurre más allá de un deseo o una voluntad. Por lo menos, así era antes.

Manuel Salinas también solía pescar, pero ya no puede salir de casa. Él fue uno de los hombres que recibió un par de botas y 80 soles al día para dedicarse durante 4 meses a retirar el petróleo de la quebrada. Al quinto mes se desmayó.

“Tengo 46 años, pero me siento de muchos más. Los hombres de mi edad están fuertes y trabajan bien”, dice, “yo hace 5 meses tengo fiebre. Siento que algo se está comiendo mi cuerpo, no resisto la comezón”. Manuel fue un trabajador anónimo de Petroperú, no tuvo que dar su DNI y tampoco recibió un seguro médico. Ahora sufre una erupción cutánea crónica y presenta grandes mapas rojos por todo el cuerpo. Para obtener un diagnóstico y seguir un tratamiento tendría que viajar a Iquitos y correr con unos gastos imposibles para su economía.

Talita Paraná, hermana de Flor, es la promotora de salud de Cuninico desde hace más de 20 años. “El 80% de los que vienen tienen algo que ver con metales pesados. Yo no puedo hacer nada con eso en la sangre. Necesitan un especialista, acá no se puede tratar”, dice.

En la comunidad, según las declaraciones de Talita –que el informe Estado Tóxico confirma-, se han registrado casos de abortos espontáneos, enfermedades cutáneas, dolores de cabeza, infecciones estomacales, cansancio, fiebres incurables y muertes prematuras que, legalmente, no se pueden asociar a la toxicidad del agua porque los enfermos nunca pudieron ser diagnosticados.

La ley y la opinión pública están a favor de la comunidad. Petroperú es responsable del derrame por el que ha tenido que pagar al menos dos multas, pero la ayuda no terminar de llegar. En los últimos meses –y a causa de distintos motivos- se han reportado más fugas de crudo en los distritos de Manseriche, Morona, Andoas, Urarinas y Lagunas, también en Loreto, donde comunidades como la de Flor empiezan a sufrir las consecuencias de algo que nunca imaginaron: reconsiderar la existencia sin el río.

Hay días en que a Flor le gustaría que la vida fuera como antes, como cuando era niña y todo era más chico, cercano, fértil y sano. Eran los tiempos en que a los pequeños –según la tradición- se les ataba la vena de una anguila en la muñeca para que fueran unos valientes pescadores y cazadores. En ese entonces los últimos hombres y mujeres que hablaron kukama de forma abierta en Cuninico no habían muerto todavía.

Pero hay otros momentos, como el de hoy, en los que Flor no quiere volver al pasado. Quiere avanzar rápido, con fuerza, y luchar, dice, hasta que puedan volver al río a pescar, a jugar, a bañarse. Hasta que encuentren una cura para Cuninico, para todos sus hijos y para los hijos de esos hijos.

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