Entre varios premios de la temporada, la película ya ganó el Globo de Oro a Mejor Película Dramática y el premio del Sindicato de Productores | Fuente: Universal Pictures

“1917” es una película de imágenes deslumbrantes. Un gran trabajo de fotografía (gracias al maestro Roger Deakins), sonido, diseño de escenarios y la dirección de San Mendes. Contada como en un plano secuencia, es decir en una sola toma sin cortes (aunque una mirada aguda podría identificar algunos de sus trucos de edición), “1917” trata de ser una experiencia inmersiva dentro del campo de batalla. La mirada del espectador también se vuelve protagonista del tránsito por trincheras, cadáveres putrefactos, disparos y explosiones, como si se estuviera en un juego de realidad virtual.

En un día durante la Primera Guerra Mundial, dos soldados británicos -los jóvenes actores George McKay y Dean Charles Chapman - son enviados a entregar un mensaje al comandante de una tropa que ha partido a enfrentar a los alemanes creyendo que están en retirada, pero en realidad van a caer en una trampa.

Deben llegar a tiempo para avisarles y evitar una masacre. Para llegar a su objetivo tienen que atravesar un territorio hostil, donde aún puede haber enemigos. La angustia es mayor en uno de ellos, porque su hermano se encuentra en la tropa que marcha hacia la muerte.

La película tiene los mensajes conocidos para una historia de guerra: aun en el peor de los escenarios hay lugar para la solidaridad, la esperanza y el honor. Para salvar a un hombre del infierno. Su argumento es simple y efectivo, aunque no por eso carece de carga dramática.

“1917” es una ficción que conecta con el espíritu del documental “No llegarán a viejos”, de Peter Jackson. Esta película rescató un valioso material de archivo con testimonios en audio de soldados británicos e imágenes cotidianas de su convivencia durante la guerra, mientras esperaban en las trincheras, y mostraba cómo ante la violencia de cada día, entre caminar sobre cadáveres y ratas, estos soldados dejaban de ser chicos.

Lo cierto es que el gran logro técnico de la puesta en escena de “1917” hace que nos distraigamos de un elemento clave en una historia como esta: el sentido de urgencia. Mientras los dos soldados avanzan se siente el riesgo solo de ese momento, de que haya enemigos escondidos a punto de disparar, pero no su necesidad de llegar a tiempo para entregar el mensaje. Esa carga de tensión, la desesperación por llegar a la hora señalada no se siente hasta el último tramo. Los acompañamos como espectadores, pero no siempre estamos conectados con sus emociones.

Contar una historia en plano secuencia exige que también esta sea narrada en tiempo real. Y allí está la principal complicación de la película. ¿Cuánta es la distancia que separa a los dos soldados de la tropa a la que deben alcanzar? ¿Es de menos de dos horas como la duración de la película? Tendría que ser así, pero eso le quitaría dificultad a la hazaña. Algo que está a dos horas no se ve tan complicado de realizar si se le compara con otras acciones de guerra.

Para dar la sensación de que es más tiempo el que ha pasado, el director Sam Mendes se vale de dos momentos que quiebran el relato como lo habíamos visto hasta entonces.  Deja que el azar y las coincidencias actúen para que todo encaje en esta cinta bélica.

Y aunque un hombre puede salvar un día de guerra, la historia no puede seguir sin conflictos. Las guerras solo se toman una pausa, pero continúan.

Valoración: 3.5/5

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