Ejemplar de araña Thwaitesia nigronodosa.
Ejemplar de araña Thwaitesia nigronodosa. | Fuente: Wikimedia Commons

Un colegio de Gloucestershire, en el oeste de Inglaterra, cerró varios días debido a una “invasión de arañas venenosas”. Los expertos aseguraban que no eran agresivas, pero el colegio cerró, la alarma cundió y algún medio de comunicación no dudó en llamarlas “monstruos de ocho patas”.

En otro caso, la supuesta gravedad de una picadura de araña a una mujer activó una alarma social en Mallorca (España). Las redes sociales se saturaron con mensajes y fotografías de picaduras. Aunque la Conselleria de Salut y el hospital de referencia de las Islas hizo público que no había ninguna alarma sanitaria y los expertos explicaban que no hay ningún tipo de araña peligrosa en Mallorca, los mensajes en las redes continuaron días y días.

Es probable que estas noticias produzcan miedo o terror, reacciones viscerales que a menudo buscan los periódicos más sensacionalistas. Y no quedan enmarcadas en prensa local o regional, se difunden a escala global de un modo casi inmediato.

Estas noticias llevan consigo actuaciones políticas o sociales que pueden acarrear un elevado coste, a menudo innecesario. Por ejemplo, el de no llevar a los niños a la escuela durante varios días o el de la contaminación ambiental derivada de tratamientos pesticidas innecesarios. Pero, sobre todo, alimentan un sentimiento mundial basado en la desinformación: el pánico a las arañas.

Al contrario de la impresión que tenemos al leer estas noticias, el riesgo que supone exponernos a una araña es mínimo. Estudios realizados en Suiza estiman que la probabilidad anual de sufrir una picadura de araña está entre 10 y 100 casos por millón de habitantes. Otro estudio realizado en Australia señala que tan sólo el 6% de los casos de picaduras de araña confirmadas fueron de importancia médica.

La difusión mundial de la desinformación sobre las arañas

En un reciente trabajo realizado por más de 60 investigadores e investigadoras, y publicado en la revista Current Biology se ha estudiado la difusión mundial de la desinformación sobre las arañas. Este esfuerzo colectivo ha resultado en la compilación de más de 5 000 noticias sobre encuentros entre arañas y personas, publicadas en internet entre los años 2010 y 2020.

Las noticias se evaluaron en función de su calidad (presencia o ausencia de errores) y su nivel de sensacionalismo.

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Errores en la información y lenguaje sensacionalista

Casi la mitad de las noticias analizadas contenían errores o información imprecisa, como la identificación incorrecta de la araña protagonista. Algunos artículos señalan especies que ni siquiera viven en la zona y, en ocasiones, no existe la certeza de que la picadura se produjera.

Hasta en un 43 % de los casos, las noticias emplean un lenguaje sensacionalista. Por el contrario, el lenguaje de la noticia era menos sensacionalista cuando se había consultado a expertos en aracnología.

Los errores a menudo se inician a nivel regional, y la historia se amplificaba en los medios de comunicación nacionales e internacionales. Según los expertos, ésta es una característica que define la desinformación moderna: la amplificación de pequeños errores que apoyan un relato falso. Está presente tanto en las noticias sobre arañas como en las noticias políticas.

La probabilidad de que un país sea distribuidor de noticias sensacionalistas sobre encuentros araña-humano se relacionó positivamente con varios factores. Entre ellos, la proporción de noticias sensacionalistas que se publican en el país, la presencia de arañas consideradas mortales y un número elevado de usuarios de internet.

En Australia hay más arañas peligrosas que en casi todos los demás países y, sin embargo, las noticias sobre arañas son precisas y rara vez están cargadas de emoción. Según el análisis, el Reino Unido genera la mayor cantidad de desinformación sobre arácnidos, a pesar de tener muy pocas especies de arañas venenosas peligrosas.

Las consecuencias de la mala fama generada no son menores. Refuerzan un sentimiento de animadversión en la opinión pública frente a estos artrópodos. Esto lleva a lo que mencionábamos al comienzo del artículo: que se evite su presencia en espacios públicos o privados, y se utilicen tratamientos pesticidas innecesarios. Más aún, que las falsas alarmas provoquen el cierre de escuelas o que el turismo se resienta.

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La otra cara de las arañas

Las primeras representaciones con clara forma de araña datan de hace 10 000 años. Por su distribución, que ocupa todos los continentes y hábitats, así como por su biología y ecología, han sido admiradas y temidas a partes iguales.

A menudo, se han asociado a divinidades, asignándoles poderes creadores (por su gran fertilidad, la capacidad de fabricar y tejer seda y su astucia) y poderes destructores (relacionados con sus formas de cazar y la presencia de veneno).

Todas las arañas, salvo la familia Uloboridae, producen veneno, pero este, salvo en raras excepciones, es imperceptible para el ser humano. Ellas lo utilizan, junto a la seda, para atrapar o inmovilizar a sus presas.

Tan sólo se han descrito cuatro géneros de arañas cuyo veneno tiene interés médico (Phoneutria, Loxosceles, Latrodectus y Atrax), y sólo el 4% de las especies conocidas pueden resultar peligrosas para el ser humano. Esto significa que de las aproximadamente 45 000 especies que se conocen, más de 43 200 son inofensivas.

Al contrario de lo comúnmente aceptado, existen numerosos aspectos beneficiosos de las arañas. En primer lugar, contribuyen a la biodiversidad total del planeta, siendo uno de los mayores grupos de animales invertebrados. Además, tienen un papel esencial en la remediación de plagas en cultivos debido a su condición de depredadoras de insectos y son un componente importante de los bioindicadores de calidad ambiental.

Una vez desenmascarada la criminalizada visión de los arácnidos, ante una araña, lo más recomendable es ser amable con ella, porque es un tesoro natural.The Conversation

Saioa Legarrea Imizcoz, Investigadora en Entomología Agrícola, Universidad de La Rioja y Tania A. García de la Parra Bañares, Estudiante de Doctorado, Universidad de La Rioja

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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