¿Cómo educar en tiempos de crisis planetaria?

Las catástrofes climáticas y crisis globales aumentan, exigiendo cambios drásticos en nuestro modo de vida. La educación debe enseñar la resiliencia y el optimismo innovador a la nueva generación.

Los padres de familia y educadores tienen hoy nuevos desafíos educativos que enfrentar para preparar a las niñas, niños y jóvenes ante un mundo en el cual el problema ya no es la integración en una sociedad estable, tampoco meramente la inserción en un mercado laboral cambiante, sino además la solidaridad social ante la recrudescencia de emergencias sociales, políticas y ambientales que afectan hondamente la vida cotidiana y el sentido del futuro.

Educar en tiempos de emergencia exige consolidar una salud mental fuerte, lo que se llama un “estrés positivo” para tener los reflejos de superación, cohesión e inteligencia ante los problemas sistémicos que podrían provocar fenómenos de desesperación, agresividad, repliegue egoísta, cortoplacismo y adoración del autoritarismo.

El bebé que nace hoy entra en un mundo más caliente, con eventos climáticos más fuertes, que provocan por ejemplo migraciones masivas que los científicos calculan en posibles cientos de millones de personas durante los próximos años, según informes de la ONU. Migraciones masivas no planificadas significan niños y niñas en vulnerabilidad extrema, así como conflictos, hambre, inestabilidad política, racismo, abandono escolar o incluso imposibilidad de educarse. Los analistas militares hablan ya del cambio climático en términos de “multiplicador de amenazas”.

Un contexto de riesgos globales constituye un entorno adverso, poco proclive a la compasión y al optimismo, lleno de amenazas físicas reales, pero también psicológicas imaginadas que incrementan la angustia, el pesimismo. Muchos jóvenes afirman hoy no desear tener hijos en un mundo que se derrumba, y tienen argumentos razonables y responsables para tal rechazo. Sin embargo, cuando los humanos no desean crear humanidad y construir un futuro mejor, es la idea misma de civilización que peligra y la existencia pierde sentido. El ser humano no sólo vive de pan, sino de sentido del pan, es decir de esperanza en la fertilidad futura del pan. Sin confianza en un futuro abierto y potencialmente mejor gracias a nuestra acción, el presente se desvanece.

Esto significa que el desarrollo insostenible actual, que destruye las bases naturales de la existencia humana en nombre del lucro inmediato, también tiene impactos espirituales y existenciales negativos. Por todas partes, los jóvenes empiezan a rechazar el modelo de éxito económico egoísta que los “boomers” siguen vendiéndoles, porque saben que tal éxito individual conduce al fracaso colectivo. Hay que cuidar a la esperanza como un bien común indispensable, y organizar una educación basada en un “estrés positivo”.

| Fuente: Freeimages

Estrés positivo es lo que sentimos cuando tomamos la palabra en público a pesar de la timidez, cuando nos hacemos nuevos amigos a pesar del miedo al rechazo o la traición, cuando probamos hacer nuevas cosas a pesar del miedo al fracaso o la ignorancia, cuando nos lanzamos hacia lo nuevo a pesar del “¿qué dirán?”. Aumenta el ritmo cardiaco, nos sentimos debutantes torpes, pero todos los sentidos están abiertos y, ávidos de aprender, vamos construyendo algo nuevo, somos creativos, existimos plenamente en el intento de dejar huella en el mundo, darle sentido a la vida. El ser humano no viene a la vida para morir, decía Hannah Arendt, sino para comenzar.

Los padres y educadores deben sostener los esfuerzos de innovación de los niños, aplaudir el atrevimiento de la creatividad, y enseñar con ejemplos de reacciones positivas apropiadas en situaciones conflictivas. Esto es educación a la resiliencia, la capacidad de superar los problemas con creatividad. El contrario es el “estrés negativo” que paraliza con el miedo y ensombrece la mente con anticipaciones de fracaso y desconfianza.

La resiliencia no se inyecta mágicamente en la vida psíquica del educando con jeringa instruccional. Se instala poco a poco cambiando el entorno de los niños y jóvenes, construyendo sólidas redes de sostén social. Declamar el valor de “cuidar la naturaleza” no sirve. Sí sirve reorganizar la vida en casa cambiando los productos de limpieza nocivos, comiendo menos carne y productos chatarra, retomando contacto con la naturaleza, limitando las compras compulsivas y el uso del celular. Mejor aun si la familia facilitadora recibe el sostén de un municipio que organiza el reciclaje, los jardines colectivos, las vías públicas liberadas de los carros, las energías limpias. Y si el municipio facilitador recibe el sostén de las políticas públicas estatales para apoyar a las empresas con propósito social, las inversiones para una economía baja en carbono, un comercio justo y de proximidad, cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenibles del país al 2030, un cambio social positivo arranca.

Dentro de un enfoque educativo basado en ofrecer a los alumnos un entorno de redes de solidaridad activa, tejer el vínculo de los niños y niñas con la naturaleza es clave para la resiliencia, la inteligencia emocional, la autoestima y el manejo del estrés, así como la salud, la imaginación y las competencias empáticas. Como ejemplo de esta idea, la Asociación para la Niñez y su Ambiente (ANIA) promueve eficazmente la inclusión de la Madre tierra como maestra en los colegios peruanos, recuperando metros cuadrados del patio de cemento de la escuela para que las niñas y niños puedan plantar, cultivar y cultivarse. Así, puede enfrentarse el todavía poco conocido trastorno del niño carente de contacto con la naturaleza y se recupera la empatía activa por la vida contra las reacciones agresivas como el bullying y las adicciones como el encierro en el celular.

Por otro lado, la educación basada en la naturaleza estimula el interés por las ciencias, competencia crucial para enfrentar el siglo XXI que será espiritual e innovador o que no será. Desarrolla el gusto por la observación fina y la inteligencia sistémica por las interrelaciones entre fenómenos aparentemente distantes, como crecimiento de las plantas y fases de la luna. En América latina, donde los pueblos originarios fueron y son despreciados y discriminados, la educación basada en la naturaleza permite redimir las heridas históricas y reconsiderar la sabiduría pedagógica nativa, como por ejemplo aquella de la tradición andina de la “crianza mutua”: los padres dan un animal al niño para que se vayan criando mutuamente. La responsabilidad del cuidado de la oveja educa el hijo en las tres virtudes andinas: Munay (amor cariñoso), Llankay (trabajo fructífero), Yachay (sabiduría existencial). Literalmente la oveja educa elle también a su pequeño cuidador-educador.

No hay resiliencia sin consciencia, por lo que es importante hablar del cambio climático y de los problemas socio-eco-geopolíticos con los niños y jóvenes, con palabras adaptadas a cada edad. Junto con adoptar en familia y en la escuela comportamientos responsables, el diálogo sobre cómo mejorar el mundo es la mejor educación que los padres y profesores pueden dar. Desde la confección del kit de evacuación en caso de sismo, hasta la militancia por una política ecológica en el municipio y el país, o el voluntariado en una asociación local o global, la familia junto con el colegio pueden ser pilares de una nueva generación consciente, proactiva, optimista, comprometida y con soluciones innovadoras científicamente informadas, lejos de las arengas políticas o religiosas vanas.

Los niños y las niñas que crecen hoy deben tener la firme convicción de que sí pueden cambiar las reglas de juego de la sociedad futura, por lo que es preciso dejar de pensar la educación en general como proceso de adaptación al mundo tal como está, sino de innovación para el mundo tal como debería ser. La autonomía es ante todo el sentimiento de confianza personal y colectiva en las capacidades de gobernar su vida.

Existen juegos que promueven la empatía, métodos pedagógicos que incentivan el diálogo argumentado y la búsqueda de soluciones colectivas a problemas complejos, mejor que la memorización de datos inconexos para “sacarse buena nota en el examen”. Las tareas educativas absurdas incentivan comportamientos absurdos en los estudiantes, así como un desgano general hacia el aprender. Aliviar el sufrimiento ajeno, favorecer reglas justas en el grupo de pares, fomentar una economía sin carbono, prevenir las actitudes de intolerancia y discriminación, desarmar los discursos xenófobos o sectarios religiosos con información científica accesible por internet, son tareas que no deben ser de incumbencia exclusiva de especialistas, sino de todos los ciudadanos de cualquier edad.

Criar niños y niñas en un planeta en crisis es angustiante, pero ceder a esta angustia desentendiéndose del asunto es el peor ejemplo que los papás y los educadores pueden dar a sus hijos y alumnos, el más irresponsable. Una familia socialmente responsable, un colegio socialmente responsable, una universidad socialmente responsable, constituyen los cimientos del optimismo activo para exigir que las empresas y los gobiernos también sean socialmente responsables. Ese camino se hace al andar, pero no hay otro que tenga mejor salida.

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