El enigma del otro mundo

El virus ya no es el enemigo común, el cohesionador de una sola nación (o un solo planeta), sino un elemento político más en nuestro muy politizado mundo.

Las películas y los libros de terror nos permiten echar una mirada a aquellas fuerzas o presencias por las que sentimos algún temor. Si de alguna manera en nuestra vida diaria existe la posibilidad de controlar y dominar estas fuerzas (en este esfuerzo por sentirnos conscientes y dueños de nosotros mismos), la fantasía literaria o cinematográfica logra darles cierta forma, volumen y profundidad. Este es el terreno de los monstruos, fantasmas, animales gigantes, demonios, invasores espaciales (entre otros seres y entes extraños) y los zombies, momias, vampiros, hombres-lobo y muertos vivientes (no-humanos, en general). Todos ellos vienen a perturbar nuestra tranquilidad y a ofrecernos un momento de entretenimiento, al menos por el tiempo en que les damos. Nuestra satisfacción se encuentra en que hemos podido ver o sentir algo de lo no-visto, de lo no-revelado ante nosotros.

La película La cosa (1982), de John Carpenter (también conocida como El enigma de otro mundo) nos cuenta la historia de unos monstruos que llegan a la Tierra y tienen poderes nunca antes vistos por el hombre. La trama se ubica en el círculo polar ártico (un lugar límite) e involucra a los miembros de una base científica norteamericana (metonimia de la raza humana, se entiende). Pero lo que nos interesa aquí no es tanto la lucha entre los hombres y los extraterrestres sino el conflicto que se produce entre los mismos protagonistas. Resulta que pronto se descubre que los extraterrestres pueden adquirir la forma de cualquier ser vivo y, por lo tanto, pasar inadvertidos al ojo de cualquiera. La escena más importante es aquella en la que todos los científicos e ingenieros de la base se miran entre unos y otros y descubren, en silencio, que cualquiera de ellos puede ser el monstruo. Es el comienzo de la paranoia. Poco a poco, la lucha no será solo entre el hombre y la cosa sino entre el hombre y el hombre. En una entrevista realizada por John Landis, Carpenter comentó que el monstruo más temible no era ninguna de las criaturas que había visto en el cine. “El hombre más temible en la Tierra es el hombre”.

| Fuente: Andina

La historia de la película la podemos comparar fácilmente con lo que, pasados ya los cincuenta días de declarada la cuarentena, también está ocurriendo con las autoridades y las personas públicas en general. De pronto, el virus ya no es el enemigo común, el cohesionador de una sola nación (o un solo planeta), sino un elemento político más en nuestro muy politizado mundo. Países enteros, políticos, doctores e intelectuales se acusan, se denuncian o crean historias de los otros para tratar de sacar un poco de brillo, al menos por un momento. El objetivo principal de la situación se ha perdido y la confianza entre los hombres también. Sí, esta es la normalidad. Tarde o temprano la política volvería.

Hacia el final de La cosa, solo quedan dos hombres echados en la nieve. No se sabe si morirán por el frío o por el monstruo, que, al parecer, nunca muere. “Esperemos y vamos a ver qué pasa”, dice uno de ellos.

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