Karina Pacheco explora los años del terror de Sendero Luminoso en su nueva novela
Karina Pacheco explora los años del terror implantado por Sendero Luminoso en su nueva novela "El año del viento". | Fuente: Editorial Planeta | Fotógrafo: Daniel Mordzinski

Fue un momento clave en la historia peruana, pero Lima apenas lo sabía. En 1981, los atentados del grupo terrorista Sendero Luminoso ya ensangrentaban la zona altoandina del Perú e incluso cinco provincias de Ayacucho fueron declaradas en estado de emergencia. Sin embargo, como apuntó la narradora Karina Pacheco a RPP Noticias, “había muy poca atención” sobre estas noticias en la capital y “cada uno decía lo que quería”.

“En la prensa local de Cusco encontrabas muchísima más información sobre los atentados de Sendero Luminoso, incluso en Ayacucho y Puno, que la que encontrabas en Lima en ese mismo periodo de fines de 1980 y principios de 1981. Eso me parecía interesante y lo atribuyo a que Cusco ha estado mucho más conectado en términos de cultura y flujo de personas con Ayacucho, Puno, Apurímac”, sostuvo la autora.

Aquel 1981, que la narradora cusqueña calificó como un “año bisagra” para el Perú, es explorado en su nueva publicación “El año del viento” (Seix Barral), donde a caballo entre el género policial y la novela de formación se sondean las heridas que el terrorismo abrió en la vida de Nina, una mujer que desde un presente sumido en crisis por la pandemia recuerda su niñez en el Cusco de principios de los años 80. El Cusco donde su infancia llega a su límite.

“Tenía proyectada la novela desde inicios de 2018”, contó Pacheco. Para escribirla, hizo una investigación previa sobre los años de violencia a partir de entrevistas a personas que vivieron su juventud en aquel periodo y podían “tener una visión más amplia”. Y también revisó hemerotecas para obtener “un retrato más caliente” del día a día. “La investigación en hemerotecas fue tremendamente reveladora de lo que era el Perú de entonces y, al mismo tiempo, qué poco hemos cambiado”, indicó.

A fines de febrero de 2020, Karina Pacheco llegó a Madrid (España), dispuesta a entregarse a la escritura de su novela, cuando de pronto irrumpió la crisis sanitaria. “Sin proyectarlo, todo el presente [de la protagonista de la novela] se vio atravesado por la pandemia y también con las preguntas que nos dejaba como país. Toda la situación de precariedad de los servicios públicos hacía dialogar el cataclismo de ese presente con el cataclismo distinto, pero también terrible de cuarenta años atrás”, dijo la escritora.

"El año del viento" compagina la novela de formación con el género policial para hablar sobre el periodo de violencia terrorista en los años 80. | Fuente: Editorial Planeta

La novela está llena de pasajes reflexivos, que alumbran diagnósticos del Perú como el siguiente: “Un país que no sabía vivir sin recibir órdenes. Un país que después de casi dos siglos de independencia estaba muy lejos de conocerse a sí mismo. Escribo esto y me pregunto si hoy, cuarenta años más tarde, nos conocemos mejor; si algo de todo aquello hemos aprendido”. ¿Tienes, como autora, una respuesta a esto?

A la luz de lo que vivimos todo este año, seguimos negados a aprender del pasado. Permanentemente, queremos voltear la página sin haber resuelto las preguntas que nos dejan las grandes tragedias del pasado. Y no solo me refiero a las heridas atroces que dejó el terrorismo y el conflicto armado interno que desató, sino otras tragedias terribles: hemos pasado el holocausto que vivieron las poblaciones amazónicas en la época de la explotación del caucho, y el Perú pasó página y la selva sigue siendo territorio medio oeste para explotar y se sigue olvidando que ahí hay poblaciones que pagan las consecuencias de ese “desarrollo económico”. Igual, en la Guerra con Chile, creamos una serie de mitos y nos olvidamos de la cantidad de traiciones y errores garrafales que cometieron las autoridades peruanas; siempre es más culpar a otro lado y olvidar que se mandaron soldados de los pueblos más alejados que no tenían ni botas como carne de cañón. Incluso en gestas como las de Túpac Amaru, nos quedamos con los clichés, y no se habla de que fue traicionado por muchos otros caciques, y muchas de sus huestes a veces cometieron barbaridades en los pueblos a los que entraban. Para entender cada etapa, al dividir las cosas entre buenos y malos nos olvidamos que la situación es mucha más compleja y tenemos que ver orígenes, causas y sacar lecciones. En el Perú no queremos recordar y nos lleva a una serie de negacionismos que hace que nos polaricemos tanto continuamente. Todos quieren que miremos hacia adelante, pero es difícil pasar de grado si no has aprobado algunas cosillas del pasado.

Me llama la atención que la protagonista tenga una mirada idílica de su infancia, pero hay un quiebre en el paso a su pubertad, una renuencia a crecer. Y al mismo tiempo ocurren muchas cosas en el Perú que marcan nuestra historia. ¿Cuánta relación hay entre esta infancia y la realidad que deseabas mostrar?

Hay partes de la memoria de la protagonista que toman mucho de mi propia infancia. Por eso, ese periodo me interesaba tanto. Yo viví la primera regla igual que la protagonista: yo quería crecer, seguir jugando sin que nadie me mirase con ojos de que había crecido. Cuando miraba el Perú, mi yo infantil lo veía como un Perú muy infantilizado. Todos creíamos: ya viene la democracia, hay partidos políticos. Y en todo esto se mete Sendero Luminoso con la guerra que lanza contra el Perú y, de pronto, nadie quiere entender. Todo el mundo quiere jugar en sus propios esquemas: la izquierda diciendo que seguramente era la CIA, el presidente diciendo que son abigeos, la derecha diciendo que son los guerrilleros de los años 60... Hasta da ganas de reírse de todo lo que se decía. Y muchos de los que han sido los grandes narradores que han tratado de dar respuestas a esa época, como Carlos Iván Degregori, se decían: "¿cómo no lo vimos venir?". Nadie sabe qué está pasando y todos quieren pensar que el enemigo es el de siempre. Me parece interesante ese año [1981], porque así como yo me negaba a ser adulto, era un fenómeno que a nivel macro se veía reflejado en todo el Perú.

Algo que me ha llamado la atención es la presencia de un lenguaje entre onírico y lírico, que compagina con otro más sobrio de la misma Nina y hace relaciones entre su cotidianeidad y lo mitológico. ¿De dónde vienen estas conexiones?

En cuentos me ha gustado explorar y dejar intervenir los elementos de lo mítico y fantástico. En las novelas anteriores, he estado más arraigada en el realismo. Esta vez, para contar una historia que habla de desaparecidos y muertos, me parecía que era necesaria la intervención de esas voces, de esos personajes que se recuerdan. Si bien la voz narradora mayor es la de Nina, desde el inicio hay esa evocación a la joven Bárbara y la vieja Bernarda, que es su abuela. Esa abuela que Nina nunca ha tenido y es totalmente diferente, una abuela rural. En un momento dado, mientras escribía, me cansé de la voz de la narradora, y me parecía importante que, en una historia donde se evocan tiempos y personas, la voz de la abuela interviniera interpelando, más que contando cosas, a la propia narradora. Eso hacía que en términos narrativos la novela fuera más rica y, al mismo tiempo, se tejieran una suerte de trenza de esas tres voces, si bien la voz conducente es la de Nina-niña.

Karina Pacheco en el Festival de Biarritz
Karina Pacheco contó que, como la Nina de "El año del viento", también de niña soñaba con elevarse por los aires al pasear en patines. | Fuente: Editorial Planeta | Fotógrafo: Daniel Mordzinski

Leer “El año del viento” abre también una gran pregunta: ¿qué pasa por la mente de quienes solemos considerar nuestros monstruos? ¿Qué crees que hubo de seductor en Sendero Luminoso para quienes formaron voluntariamente parte de sus filas?

En esa época, en el Perú y todo el mundo, los jóvenes estaban bastante politizados. Muchos querían militar en partidos, casi probarse a sí mismos quién podía ser más consecuente con sus ideas. Ese era el escenario de ideal político. El Muro de Berlín no había caído, existía una idealización de la Revolución Cubana, estaban las dictaduras en países vecinos y esa idea de luchar contra el gobierno. Una cosa era luchar contra un gobierno en medio de una dictadura, como Guatemala, Chile y Brasil, pero en Perú, paradójicamente, surge este movimiento que no tiene nada que ver. Y muchos toman el discurso de Abimael Guzmán como: “nosotros nos tomaremos en serio la lucha armada”. Y este grupo, con una estrategia muy bien planificada, hace que empiecen a llenar espacios donde hay un Estado ausente. A través de pequeños pueblos donde no hay maestros, colocan jóvenes maestros. Y donde los hay, buscan desplazar a los que no son del partido, colocar nuevos cuadros amenazándolos, hostigándolos, amedrentándolos para más adelante asesinarlos y reemplazarlos. O, directamente, copar otros espacios de poder: desplazar autoridades comunales. Poco se habla de que Sendero Luminoso empezó matando a muchísimos líderes de movimientos campesinos para reemplazar esos espacios.

Somos un país autoritario también, donde hasta hoy a un buen porcentaje de la población peruana les gusta la solución de la mano dura. La mayoría de gente acepta la pena de muerte. Como país, nos gustan los esquemas autoritarios. Y, por otro lado, qué pasa con jóvenes que sienten que no tienen ningún futuro, que por más que estudien serán el último de la cola; un discurso que te dice “vamos a voltear la tortilla” puede ser seductor para quienes sienten que no tienen nada que perder. Sobre todo, cuando viene un partido y te dice que ahora tendrás el uso del poder y te da la facilidad para el uso de armas, es un caldo de cultivo muy grande. Esa suma de todo, hizo que muchos jóvenes se enrolaran. Y en los primeros años, Sendero Luminoso atrajo, muchas veces, a muchos de los jóvenes más brillantes, con las mejores notas. Chicos que con otro discurso pudieron haber hecho otras cosas. Y mira el desastre que significó. El Perú no quiere mirar eso. Tenemos que entender por qué: ¿de dónde salen tantos monstruos? Tenemos que ahondar en eso y evitar que nuestros abismos nos sigan fracturando cada vez más.

Leemos esta novela en el momento en que el cabecilla terrorista Abimael Guzmán ha muerto. ¿Qué preguntas deberíamos estar haciéndonos frente a la muerte del mayor enemigo de nuestra democracia?

En primer lugar, ¿qué podemos hacer los peruanos para que nunca más un discurso autoritario, incendiario y de destrucción del otro tenga arraigo en el país? ¿Qué hacemos para entender que en nuestra inmensa diversidad todos tenemos derechos básicos a una educación pública y de calidad para garantizar que aquellos que nacen en las condiciones más difíciles puedan desarrollar sus mejores aptitudes? ¿Cuánto pierde el Perú con la idea de que el pobre es pobre porque quiere y no estamos construyendo bases para tener una sociedad más respetuosa y solidaria?

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