Foto: Difusi
Cinco cruces, un reloj detenido a las 03:34 y un puñado de casas arrastradas por el mar componen una de las muchas postales de la destrucción en San Antonio, la ciudad donde hasta el día del terremoto operaba uno de los puertos más importantes del Pacífico.

Las cinco cruces corresponden a otras tantas personas que perecieron ahogadas bajo una ola gigante que se llevó a más gente, pero los equipos de rescate ya han perdido las esperanzas de encontrar más cuerpos.

"Las mismas personas que habían levantado sus casas al lado del mar se encargaron de colocar las cruces y también el reloj que encontraron enterrado en el lodo", explica a Efe el mayor de Carabineros, Eduardo Vergara.

Las 250 cabañas que gente humilde construyó a la orilla de la playa fueron arrasadas por el tsunami que sobrevino tras el terremoto de 8,8 grados Richter el pasado 27 de febrero.

"El mar ingresó por el corredor que dejaban los dos ojos de mar y arrasó con todo lo que tenía por delante dejando un panorama desolador", explica Vergara.

Pero San Antonio, a 180 kilómetros al oeste de la capital chilena, no es el único lugar en la zona que sufrió la devastación. Llo-Lleo, una localidad vecina, resultó con serios daños en numerosas viviendas, escuelas y hasta en la cárcel.

En el terremoto de 1985, que estos días todos los chilenos han vuelto a traer a su memoria, San Antonio quedó destruido en un 80 por ciento.

A diferencia de lo sucedido en el puerto de Talcahuano, esta vez en San Antonio los daños no fueron tan devastadores. La ciudad intenta poco a poco recuperar la normalidad.

De los ocho sitios de atraque en el puerto, cinco ya están operativos, aunque la descarga de los buques se realiza lentamente y diez barcos permanecen todavía fuera de la rada.

La situación "se está normalizando", asegura Francisca Chauán, el nuevo senador por esta región.

y aseguró que la seguridad en las calles de San Antonio y sus alrededores ha dado tranquilidad a sus habitantes.

Varios conjuntos de viviendas colapsaron tras el terremoto y sus moradores, como Daditza, una estudiante de 17 años, ahora pernoctan en la calle. Algunos incluso se han trasladado a los cerros, por temor a un tsunami.

Tiendas, edificios públicos y hasta el casino presentan grietas y roturas. Los juzgados no funcionan y muchas parroquias perdieron la techumbre, relata el sacerdote Rafael Vicuña.

Todo el mundo anhela y trabaja para volver a la normalidad, pero a veces la Naturaleza les recuerda lo que sucedió hace ocho días y el susto se mete de nuevo en el cuerpo con réplicas como la de este domingo, de 5 grados de magnitud.

EFE