Juan Guaidó durante su juramentación como presidente encargado. | Fuente: AFP or licensors

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La agravación de la crisis en Venezuela y su triste cortejo de pobreza, destierro, violencia y muerte nos obliga a interrogarnos sobre las razones que han conducido al desastre. La dificultad consiste en considerar a la vez tres niveles diferentes de la crisis: el institucional, el económico y el ético-penal. La crisis institucional  ha llegado a la cúspide del Estado, puesto que el legítimo presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, ha proclamado asumir el encargo del poder ejecutivo y ha sido reconocido por numerosos países de la comunidad internacional y por el Secretario Nacional de la OEA.

La mayoría de los países del Grupo de Lima han desconocido la elección para  un nuevo mandato de Nicolás Maduro, convertido en presidente ilegítimo. Además de Guyana y Santa Lucía, solo el México de Andrés Manuel López Obrador se aparta de la línea del Grupo de Lima y para hacerlo desentierra la vieja doctrina de no injerencia, que lo llevó a boicotear incluso las operaciones de mantenimiento de la Paz de la ONU.

También Estados Unidos ha reconocido al joven Juan Guaidó, lo que ha valido la reacción de Caracas: ruptura de relaciones diplomáticas y 72 horas de plazo para que los diplomáticos estadounidenses abandonen Venezuela. Sin embargo, Washington continúa comprando petróleo venezolano y la cadena de grifos gestionada por Caracas en territorio de Estados Unidos sigue contribuyendo al mantenimiento del régimen chavista.

Crisis institucional, política y económica

  Pero el impase institucional y político no debe ocultarnos el trasfondo económico, es decir la brusca caída de la producción, el aumento de la pobreza y el alza exponencial de la tasa de inflación que desde ya figura entre las más elevadas de los últimos cien años. ¿Cómo ha podido un país con ingentes recursos naturales y reservas petroleras excepcionales condenar a la mayoría de su población a escoger entre las privaciones y la migración? En el Perú lo sabemos muy bien porque hemos acogido a más de 650,000 venezolanos que hubieran preferido vivir con dignidad en su país.

  Pero es el tercer nivel de la crisis el que explica los otros dos. El origen de la catástrofe no solo tiene que ver con el inadaptado proyecto político del socialismo del siglo XXI, sino sobre todo con la nefasta combinación de corrupción e impunidad. Por eso algunos dirigentes opositores, como Antonio Ledesma, caracterizan el régimen de Nicolás Maduro como una “narco-dictadura”, mientras que otros lo definen como una “cleptocracia” que ha dado lugar a la aparición de una nueva oligarquía, penetrada por jefes militares y protegida por el aparato de seguridad aportado por Cuba.

Salir del laberinto

  ¿Cuál podrá ser la salida de esta triple crisis? Cada vez hay más voces que se elevan para promover una solución liderada por militares. Venezuela era el único país sudamericano que, junto a Colombia, no sufrió golpes militares desde los años sesenta. Pero al cabo de casi veinte años de régimen chavista y de reiterados abortos de diálogo, la puerta de salida es cada vez más estrecha.

Los graves cargos penales que pesan sobre Maduro, algunos de sus familiares y miembros de su entorno vuelven poco probable que se halle dispuesto a verse privado de los privilegios del poder. La historia de la humanidad está llena de dictadores que parecían inamovibles y que sin embargo se desplomaron como castillos de arena. Esperemos ser capaces de aprender las lecciones: solo el respeto a la ley, el ejercicio independiente de la Justicia y la exigencia moral garantizan a los seres humanos la vida en sociedades prósperas y apaciguadas.

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