Perú
Las muertes por la violencia que se registró en Perú entre 1980 y el 2000 se calculan en 70 mil, de acuerdo con el informe final que emitió la Comisión de la Verdad y Reconciliación en el 2003. | Fuente: Andina

[Desde Berlín, Alemania]

Los hechos que marcan la Historia de cada país suelen ser los más terribles. Uno de los casos más claros de los últimos siglos es Alemania y su proceso de recuperación tras la Segunda Guerra Mundial que se inició desde allí. Y esa "recuperación" no necesariamente implica olvidar el pasado.

La violencia terrorista, los crímenes por parte del Estado, el autoritarismo, la guerra o sus múltiples combinaciones no se experimentan igual en los países ni tampoco individualmente entre las personas. Sin embargo, cuando se trata de memoria y conservación histórica, el proceso tampoco es tan distinto.

Tres especialistas explicaron a RPP Noticias que las memorias -así, en plural- son vitales para reforzar la identidad de las naciones aun cuando la paz y la estabilidad parecen haber llegado. Además, sostienen que recordar el pasado más atroz es un proceso político, dinámico y necesario.

El caso alemán

“El que no recuerda su historia está condenado a repetirla”. Puede que la frase del pensador español Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana (1863-1952) haya sido enunciada demasiadas veces, pero la advertencia en sus palabras no ha perdido validez en el tiempo. La oración es fácil de encontrar en lugares tan dolorosos para el mundo como los campos de concentración de Auschwitz, en Polonia, donde hace unas siete décadas fueron ejecutadas más de un millón de personas en el contexto de la Segunda Guerra Mundial.

La mayor catástrofe del mundo del siglo XX tuvo su centro en Berlín, Alemania. Entre los años 1939 y 1945, la agudización de la Segunda Guerra Mundial trajo consigo un exterminio masivo que ha marcado indeleblemente la Historia. Hoy, casi 74 años después de la derrota del nazismo y de la culminación de los juicios de Núremberg, la capital alemana impacta por el grado de difusión de un pasado en el que, en total, resultaron afectadas cerca de 70 millones de personas.  

La Berlín de hoy (y Alemania, en general) muestra y reconoce ese pasado con enorme y normalizada apertura. De hecho, la misma sentencia de Ruiz de Santayana puede verse en sitios cotidianos como una estación de metro, mientras placas pequeñas incrustadas en las veredas con nombres de víctimas acompañan los pasos de los transeúntes. Algunas edificaciones derruidas, como la Iglesia Memorial del Káiser Guillermo (Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche) conservan y exhiben su destrucción, y en varios postes se pueden leer letreros que recuerdan las humillantes (y legales) prohibiciones de tránsito o servicio para judíos y gitanos. Memoriales, estatuas, museos y sitios simbólicos engrosan esta larga lista de referencias a la Historia.

Un proceso similar de rescate de la memoria ocurre con el Muro de Berlín (cuya caída cumple 30 años en noviembre próximo) y otros elementos de la división que el país experimentó por la instalación del comunismo en el lado Este entre 1949 y 1990. Una porción de la pared ha sido intervenida con arte y hoy ese pasaje recibe el nombre de East Side Gallery. Otros trozos más angostos del muro han sido colocados en otros puntos de la ciudad, mientras que otra parte intacta de la división de concreto se exhibe muy cerca de una muestra referente a la Segunda Guerra Mundial: la llamada "Topografía del Terror", cuyo suelo mantiene signos (cimientos, paredes) de lo que antes fue el cuartel general de la Gestapo, la Policía Secreta del Estado durante la Alemania Nazi.

Berlín en dos etapas.
Berlín en dos etapas. "La Topografía del Terror" es una muestra subterránea de lo que quedó del cuartel general de la Gestapo (operativa entre 1933 y 1945). Arriba y su lado, una porción del muro que dividió política y urbanísticamente a Alemania entre 1961 y 1989. | Fuente: RPP

Anne Huffschmid es doctora en Estudios Culturales e investigadora asociada de la Universidad Libre de Berlín. Según cuenta, el proceso de memoria en Alemania no ha sido nunca perfecto ni tampoco está resuelto. “Un trauma no se resuelve. A lo que se puede aspirar -y que es bastante sano, por cierto- es a convivir con el trauma”, sentencia.

Para la académica, es comprensible que el proceso de memoria alemán tenga tanta atención dentro y fuera del país porque eso responde a la gran dimensión de violencia que significó la Segunda Guerra Mundial: “Obviamente, el proceso alemán se ha discutido, reflejado y estudiado mucho y eso tiene que ver con el tamaño de la catástrofe. Entonces, la presencia de la memoria es proporcional al daño que este país causó porque, además, no lo experimentó pasivamente, sino que lo inició”.

Huffschmid explica que Alemania no reparó de inmediato en la importancia de la memoria. “Acabada la guerra, pasaron unos treinta años y un par de generaciones para que se empiece a sentir y disputar la necesidad de marcar y remarcar lo que ocurrió. Y aquí ya no solamente me refiero al procesamiento jurídico [de los responsables del genocidio]. Además, a partir de 1989 [tras la caída del Muro de Berlín], tenemos otra capa de memoria y así juntamos dos en paralelo: la catástrofe, el genocidio que fue el Holocausto, el genocidio y la otra memoria, distinta, pero que también se relaciona con violencia, que es la de la Alemania dividida”.

La memoria en Perú

En Perú, el proceso de memoria es más joven, como también lo es su recuperación progresiva (aunque no acabada) de la violencia. El 28 de agosto de 2003, la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) emitió un informe con el que finalizaba su investigación sobre el impacto del terrorismo de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), y el de los crímenes cometidos por algunos miembros del Ejército y de la Policía (entre otros funcionarios) registrados entre 1980 y el 2000.

Este documento, que tiene carácter oficial reconocido por el Estado peruano, concluye que en ese periodo fallecieron (asesinadas o en fuego cruzado), en promedio, 70 mil personas. Como parte de sus recomendaciones, el informe plantea mecanismos de justicia transicional y de reparación para las víctimas, además de la creación de espacios en los que se discuta y construya memoria.

El Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social (LUM) es el espacio nacional de reflexión y estudio sobre esos 20 años de violencia que experimentó el país. La entidad está adscrita al Ministerio de Cultura y se mantiene activa desde 2015, tras la inauguración de su sede en el distrito de Miraflores, en Lima.

El Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social es, desde 2015, el espacio nacional de conmemoración a las víctimas de la violencia de 1980 al 2000.
El Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social es, desde 2015, el espacio nacional de conmemoración a las víctimas de la violencia de 1980 al 2000. | Fuente: Andina

“Con el LUM, se busca mostrar dos aspectos. Primero, lo que ocurrió: los hechos, los sucesos, las violaciones a los derechos humanos. Esto, obviamente, en la medida de lo posible porque es un periodo grande, lleno de complejidades y nosotros nos enfocamos en los hitos. Y el otro aspecto es el de la conmemoración a las víctimas, a la dignificación de aquellas personas a las que se les vulneró un derecho o que fueron afectadas porque se les asesinó a un padre, a una madre, a un hijo”, señala Mauricio Zavaleta Siri, actual coordinador general del LUM.

El funcionario precisa que la idea de trabajar sobre hechos históricos verificados repercute directamente en la política de difusión de la memoria. "Nosotros no podemos dar espacio a discursos que nieguen hechos de violencia completamente comprobados o que justifiquen violaciones de derechos humanos. Por otro lado, somos un espacio de memorias. Las memorias son diversas, divergen entre ellas, pero esa divergencia, estos diferentes discursos y maneras de recordar, no pueden ir en contra de la Historia".

La experiencia colombiana

Adriana González Gil es investigadora y profesora en el Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia, en Colombia. Esta casa de estudios, en alianza con la Deutsche Welle Akademie, de Alemania, impulsa desde hace cinco años el proyecto “Hacemos memoria”, bajo la dirección de la periodista Patricia Nieto, que promueve la formación de comunicadores para la cobertura responsable sobre el conflicto vivido en ese país bajo los ataques de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Además, el proyecto ha generado investigaciones en torno al desplazamiento forzado y la migración masiva internacional de ciudadanos colombianos en aquel contexto.

De acuerdo con el Centro Nacional de Memoria Histórica de Colombia (creado el 2011), más de 260 mil personas fallecieron a causa del conflicto armado entre los años 1958 y 2018. De este total, cerca de 215 mil eran civiles y poco más de 46 mil participaban en combate. El CNMH también precisa que 9,804 de las muertes fueron ocasionadas por agentes del Estado, mientras que las fuerzas paramilitares tuvieron responsabilidad en 94,754 de los casos. La guerrilla, por su parte, generó 35,683 muertes. El 24 de noviembre de 2016, el Gobierno y las FARC firmaron su último acuerdo de paz tras un proceso de diálogos. La entrevistada precisa que el periodo que se vive hoy es el de un "posacuerdo", mas no el de un "posconflicto".

Hoy, iniciativas académicas y trabajos del Estado dan pie a un proceso de memoria que continúa revelando marcas de la violencia. “Yo diría que Colombia no ha sido fácil. No es que ya tengamos una gran experiencia en la construcción de memoria. Lo que sí puedo decirte es que en los últimos años, por lo menos desde el 2011, y desde que comienza incluso el Grupo de Memoria Histórica que se convierte después por efectos de la Ley de Víctimas en Centro Nacional de Memoria Histórica, hubo un conjunto muy importante de académicos investigadores, activistas de derechos humanos y demás, que trabajaron en favor de documentar la memoria del conflicto en distintas regiones desde distintas ópticas”, explica González Gil.

En el caso colombiano, el Gobierno y la guerrilla (FARC) firmaron un acuerdo garantista del fin de la violencia. En la foto: el entonces presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, y el representante máximo de las FARC, Rodrigo Londoño, 'Timochenko'. 24 de noviembre de 2016.
En el caso colombiano, el Gobierno y la guerrilla (FARC) firmaron un acuerdo garantista del fin de la violencia. En la foto: el entonces presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, y el representante máximo de las FARC, Rodrigo Londoño, 'Timochenko'. 24 de noviembre de 2016. | Fuente: AFP

Los obstáculos para construir las memorias

En sus casi cuatro años de funcionamiento, el Lugar de la Memoria, en Lima, ha sido blanco de críticas y hasta acusado de apología al terrorismo. Esto, por reconocer que agentes del Estado peruano también tuvieron responsabilidad en crímenes contra la ciudadanía, como desapariciones forzadas, violaciones sexuales y asesinatos.

Mauricio Zavaleta señala que reconocer estos delitos no implica un rechazo al valor de las Fuerzas Armadas o de la Policía Nacional ni tampoco una negación de los crímenes cometidos por los grupos terroristas. “En el LUM no hay ninguna apología. La apología [al terrorismo], para empezar, es un delito. Nosotros decimos de manera clara que, durante la lucha contrasubversiva, hubo episodios muy serios de violaciones a los derechos humanos por parte de las Fuerzas Armadas y policiales. Esto no quiere decir, de ninguna manera, que no debamos expresar nuestro mayor reconocimiento y gratitud hacia aquellas personas -policías y militares- que defendieron a nuestro país”.

En Colombia, el negacionismo o la justificación de los crímenes del Estado también son reacciones comunes frente al proceso de memoria. Incluso el propio concepto de “conflicto armado” despierta debates. Así lo cuenta Adriana González. “La conceptualización del conflicto ha sido fuerte. Por eso, la memoria es un asunto en continua disputa”.

Una de las principales conquistas de la memoria es el acceso a la justicia y a la reparación. La académica alemana Anne Huffschmid relata que, pese a que los Juicios de Núremberg (1945-1946) generaron condenas para más de 600 personas implicadas en los crímenes de la Segunda Guerra Mundial, muchos otros responsables alemanes quedaron impunes.

"En su totalidad, el genocidio realizado bajo el mando y bajo la complicidad de buena parte de la población alemana no ha sido procesado jurídicamente. Es importante decirlo porque se tiene la idea de que Alemania lo ha resuelto todo en términos de memoria y justicia. Pero no. Hay un dejo de impunidad ahí, y muy naturalizada", afirma Huffschmid.