Gerard de Villiers: (SAS 79). Caza al hombre en el Perú (1985)

Una novela de espías escrita y ambientada en 1985 da luces sobre la encrucijada que afrontaba nuestro país ante el asedio de Sendero Luminoso. Solo un espía de la CIA, el noble austriaco Malko Linge, es  capaz de cazar a Abimael y salvar al Perú. Un final feliz en la ficción que no mejora mucho nuestra  realidad de los 80.

Alejandro Neyra

Alejandro Neyra

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Es 1985. Malko Linge, príncipe austriaco y agente secreto de la CIA es enviado al Perú. Su misión es simple: capturar a Abimael “Manuel” Guzmán, líder de Sendero Luminoso. Cuenta con algunos contactos en Lima, donde se hará pasar por un sociólogo interesado en profundizar su investigación sobre las revoluciones latinoamericanas. Malko, que a lo largo de la saga SAS (“Su Alteza Serenísima” es el título nobiliario que le corresponde y que da título a la colección) se ha paseado por los países y lugares más peligrosos del planeta, no pensó jamás que se encontraría en nuestro país con la más salvaje carnicería posible. Desde Lima hasta Tingo María y a manos de senderistas, narcos y policías sádicos y corruptos, Malko Linge ve la más salvaje degradación del ser humano y por primera vez se ve obligado a matar por odio. En su propio viaje al corazón de las tinieblas, el rubicundo noble austriaco se encuentra también con mujeres hermosas y dispuestas a todo, pero hasta el sexo resulta peligroso en ese país podrido. ¡Bienvenido al Perú de los 80! Y a Caza de un hombre en el Perú.

| Fuente: Difusión

Gerard de Villiers y la literatura de aeropuerto

Es 1965. Ian Fleming, el creador de James Bond, ha muerto apenas hace unos meses. Gerard de Villiers, periodista francés, conversa con un amigo y le dice que él intentará crear su propio personaje. Será un hombre de poco más de 1,80 m., rubio, que vive en su castillo en Liezen (Austria) y hace trabajos ocasionales para la CIA. Ahí cuando la Inteligencia norteamericana es impotente pese a sus múltiples operaciones encubiertas diseñadas contra el comunismo, Malko Linge llegará para salvarle la existencia.

El dinero no es su interés, solo es el deseo por la adrenalina que provoca la violencia y el sexo lo que lo mueve. Para darnos una idea basta darle una mirada a las carátulas de las casi ciento ochenta entregas de SAS (siglas para “Su Alteza Serenísima,” el nominativo que se da a la nobleza austriaca y que sirve de subtítulo a cada entrega de la saga). Mujeres con escotes pronunciados y armadas peligrosamente.

Gerard de Villiers y Malko Linge no son tan famosos como Ian Fleming y James Bond. Pero eso no importaba al francés que por casi cuarenta años vendió más de ciento cincuenta millones de copias (150’000 000 si queda duda). A un ritmo frenético de casi cinco novelas por año. De Villiers dejó un poco descuidada la calidad de los textos, pero encontró un nicho perfecto en ese rubro que algunos denominan la literatura de aeropuerto, bestsellers de espías y misterio que mezclan erotismo con conspiraciones para todos los gustos. En este rubro de Villiers conquistó algunos mercados europeos (Francia, Holanda, Rumania, Italia y Rusia) y el Japón.    

De Villiers, creó una fórmula sencilla para la diversión y para sus propias ventas que puede resumirse así: un espía atractivo en un lugar remoto (1/5 para contar los pormenores); mucha acción, violencia y asesinatos brutalmente crueles (3/5); y cómo no, varias mujeres excesiva, exótica y extrañamente excitantes, siempre dispuestas a encamarse con Malko (1/5, con pocos preliminares, casi todo es sexo puro y duro). La fórmula no es secreta y siempre funciona. Para envidia de muchos.

El último dato, no menor. De Villiers ambientaba cada uno de sus escenarios de manera perfecta. Para perfeccionar la fórmula, viajaba a cada lugar. Y así llegó al Perú, en abril de 1985. Vino, vio y escribió. De allí lo real que suenan datos precisos sobre las calles de Lima, sobre la vida en una ciudad llena de ambulantes, sucia, en la que se vende comida en las calles, en la que solo en taxis vetustos se puede recorrer a salvo las distancias entre Lima o el Rímac y Miraflores y San Isidro, la única zona “habitable” de la ciudad. Lo mismo puede decirse del contexto político, de la inminencia de las elecciones y sobre algunos datos por demás interesantes relacionados con la captura del líder de Sendero.

Malko Linge y la CIA en el Perú 

De Villiers “predijo” algunos acontecimientos en sus novelas, como el atentado al Papa Juan Pablo II y los asesinatos de Anwar Sadat y de Indira Ghandi. No está de más reparar en algunos datos curiosos en Caza al hombre en el Perú, que hacen pensar en los contactos e investigación que realizó de Villiers en su estada en nuestro país:

  1. La pista clave de Marko Linge es la necesidad de encontrar medicamentos para los senderistas, que son los que Guzmán debe tomar para sobrevivir (para salvarse de una insuficiencia renal en la novela, para tratarse la psoriasis en la vida real). Los medicamentos se consiguen en Lima pero en la novela el estado de salud de Guzmán es tan delicado que en realidad los terroristas buscan llevarlo a Colombia para tratarlo.
  2. Las torturas que practica el Teniente Carraz, un policía sádico y corrupto, en la Dircote incluyen varias de las salvajes prácticas que lamentablemente se siguieron en la lucha contrasubversiva, incluidas la electrocución, la castración de hombres y la violación de mujeres. Similar caso se dan con las decapitaciones y torturas comprobadas que infligían los senderistas sobre todo a campesinos en la Sierra.
  3. Existen vínculos entre el capo de los narcos en Tingo María, un tal Julio Herrera y los Senderistas. Sin embargo, los narcos son a su vez protegidos por policías que por una mezcla de necesidad y desamparo los dejan actuar a cambio de colaboración espontánea.

Solo estos datos merecen la lectura de las 248 páginas de la novela Caza al hombre en el Perú, que además se hace de un tirón (mejor aún si uno consigue la versión publicada en un diario local). El argumento es sencillo. La CIA encomienda a Linge ir a Lima. Dos agentes infiltrados de la CIA acaban de ser asesinados en una ciudad cada vez más descontrolada. Los peruanos son incapaces de manejar la situación y los norteamericanos no quieren otro polvorín en su patio trasero. La imagen inicial con la que se inicia Caza es además eficientísima. El encargado de seguridad de la Embajada norteamericana toma un trago hastiado por el calor de verano en la azotea de la Embajada de la avenida Arequipa. Está cayendo la tarde y de pronto se escucha una explosión (premonitorio, pues la Embajada norteamericana fue también presa de un coche bomba años después). Y de pronto una hoz y un martillo de fuego se forma en el cerro San Cristóbal. Allí son dejados los cadáveres de los infiltrados, como los perros que se van encontrando en la capital de ese país de mierda, como dice Linge a cada momento.

Linge llega y poco a poco se da cuenta que la situación en el Perú es tan mala como en Viet Nam o El Salvador, algunos de los peores lugares en que ha estado el noble austriaco. Solo las mujeres, claro, “chulas” (ese quizás sea uno de los pocos detalles decepcionantes en la caracterización, no solo por leer chulas sino por ver una versión poco recatada y por eso mismo sexual mas no sensual de las peruanas) siempre dispuestas, y los omnipresentes e incontables pisco sours, le dan respiro. No obstante eso Malko se da siempre maña para beber un Moet  Chandon, un J&B o un cognac Gaston La Grange[1].  

Sus contactos son José San Martín, un general en retiro experto en inteligencia (con una hija deseable); Felipe Manchay, periodista malogrado de la revista “Carretas” (sic) que le presenta a la guapa Mónica Pérez, agente doble y principal personaje femenino de la novela; John Cummings, inversionista americano en La Oroya (espía y millonario que lo lleva a la “Casa Blanca”, local privado donde abundan las chulas); Oscar Huancayo, contacto en Tingo María. Así la cosa interesante está en ver cómo se suceden las emboscadas, las persecuciones desde Lima a Tingo, las muertes y torturas brutales y las escenas de sexo, estas dos últimas descritas meticulosamente.

Caza al hombre en el Perú es una novela de aeropuerto. Pero es también una ficción entretenida y un extraordinario y preciso retrato de ese Perú de 1985 que muchos no pueden y/o no quieren recordar. La lectura de esta novela[2] por nuestros jóvenes que no saben quién fue Abimael y qué sucedió en aquella década nefasta puede ser una forma de alertarlos frente a desvaríos peligrosos. Fruición, deleite y diversión están además asegurados.


[1] Interesante apreciar aquí es que de alguna manera seguramente de Villiers recibe dinero por los cherrys. No son solo marcas de licores finos sino de relojes, lapiceros, líneas aéreas, equipos de música, etc.

[2] En realidad existe una versión casi imposible de encontrar, que data de 1995 y pertenece a la fenecida Editorial ZInco (Barcelona).

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