Internet: Reflexiones del primer medio siglo

El surgimiento del internet hace medio siglo ha transformado radicalmente nuestras vidas. Como humanidad, nos toca afrontar la gran tarea de regularlo para que siga floreciendo y no se convierta en el Leviatán contemporáneo. 

A las 10:30 de la noche, el 29 de octubre de 1969, Leonard Kleinrock envió el primer mensaje en la historia desde una computadora a otra; de la University of California en Los Angeles a Stanford University. Este sencillo hecho constituyó el hito de nacimiento del internet. Desde entonces hasta ahora, nuestras vidas han venido experimentando una incesante sucesión de revoluciones, que vienen transformando el modo en que nos comportamos, nos comunicamos, nos relacionamos, nos informamos y compramos. Aunque la tinta sigue demasiado fresca para que lo comprendamos a cabalidad, difícil es identificar otro hito en la historia de la humanidad tan impactante sobre las personas, las sociedades, los estados y la comunidad global. Y es que recién estamos asistiendo a los inicios de la revolución desencadenada por el internet.

En puridad, los antecedentes del internet se remontan a años anteriores. Aunque no es totalmente cierto, se reconoce generalmente que los primeros pasos hacia el internet fueron producto del enfrentamiento bipolar entre Occidente y la Unión Soviética, en cuyo contexto el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, temiendo las devastadoras consecuencias de un ataque nuclear, decidió desarrollar una red informática que pudiera sobrevivir tal eventualidad. La Advanced Research Projects Agency (ARPA) creó una red llamada ARPANET; que inicialmente enlazó a computadoras de varias universidades. El Departamento de Defensa luego cambió el nombre a DARPANET (Defense Advanced Research Agency Network) y enlazó a más computadoras. Pero el acceso a esta estaba limitado a académicos, quienes a través de ella accedían a datos, enviaban mensajes (precursores del correo electrónico), publicaban anuncios y hasta jugaban en línea. Cuando la existencia del ARPANET se difundió, se gestó una corriente ciudadana que reclamaba poder acceder a este emergente universo tecnológico, y el Gobierno de los Estados Unidos finalmente así lo aceptó.

Cincuenta años han transcurrido desde ese primer mensaje enviado por Leonard Kleinrock. Parecería poco tiempo dentro de la prolongada historia de la humanidad, pero la intensidad de los cambios que el internet ya ha generado en todas las esferas de nuestras vidas es excepcional, y seguirán sucediéndose. Son mutaciones que están revolucionando las esencias de nuestras individualidades y de nuestras interacciones colectivas, para bien y para mal. Esta es la gran paradoja del internet: vivimos ahora mucho más conectados unos a otros, pero más pobremente relacionados; tenemos acceso a vastos recursos de información, pero los riesgos creados por las noticias falsas (fake news) y por otras formas de manipulación de las consciencias vienen multiplicándose exponencialmente. Y la privacidad, ingrediente esencial de la dignidad humana, viene siendo sacrificada cotidianamente en el altar del internet.

| Fuente: Freeimages

El internet surgió con la promesa de empoderar a las personas, y de muchas maneras lo viene logrando. Ahora podemos expresarnos e informarnos con mucha mayor libertad, y acceder a muy diversos medios creados a partir del internet; pero también han surgido nuevas expresiones de poder totalmente desregulado e incontrolado, que amenazan nuestras individualidades, nuestras libertades y nuestras formas democráticas de gobierno. Los propios creadores de las redes sociales se muestran ahora incapaces de contener a sus bestias tecnológicas ante los riesgos que a través de ellas se originan. Y el internet ha dado cabida a la creación de descomunales monopolios globales, cuyos modelos de negocios y operaciones carecen casi totalmente de marcos legales. Google representa actualmente alrededor del 90% de las búsquedas en línea en todo el mundo; Facebook y Google juntos captan aproximadamente el 84% de todos los gastos de publicidad global (excluyendo China). Amazon canaliza el 49% de las compras por internet en los Estados Unidos, y Alibaba el 60% en China. A través de su vasta capacidad para acopiar información sobre las personas y de procesarla con sofisticadas tecnologías como la inteligencia artificial, esos monopolios globales lucran con nuestros datos -que debieran pertenecernos- ¡y hasta alcanzan a conocernos mejor que cada uno de nosotros mismos!

Mención aparte debe hacerse sobre los crecientes e inmensos riesgos de ciberseguridad, que ponen en peligro el bienestar personal, la sostenibilidad de las empresas y la seguridad nacional. En paralelo, el ciberespacio se ha convertido en el nuevo dominio de la acción militar, al lado de -y acaso con mayor potencial de daño- los ámbitos espaciales tradicionales.

La humanidad asiste hoy con perplejidad y muy pocos reflejos ante el vigoroso despliegue de las tecnologías basadas en el internet. Carecemos de una autoridad global y de otros mecanismos institucionales para regular este ámbito tan vital de nuestra forma de vida contemporánea. Como humanidad, carecemos de consensos básicos sobre cómo estimular el despliegue de las enormes energías liberadoras y de bienestar que el internet nos brinda, y sobre cómo controlar sus muy variados impactos nocivos. No es cuestión de poca monta: hoy nos resultaría imposible imaginarnos nuestras vidas sin el internet. Se estima que cada día se transmiten doscientos mil millones de mensajes de internet en todo el mundo, siendo el número de visitas a páginas web todavía mucho mayor.

Al conmemorar el primer medio siglo del internet, debemos reconocer sus enormes virtudes y los muchos beneficios que nos brinda, a la vez que requerimos tomar consciencia sobre sus riesgos y sobre la necesidad de forjar una institucionalidad y consensos globales para regularlo. De cara a las muchas promesas que el internet todavía nos adeuda, debemos reafirmarnos en nuestro compromiso de forjarlo como un espacio común de encuentro, comunicación, libertad y afirmación de la dignidad personal, que beneficie a toda la humanidad.

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