Karl Popper: retrato y recuerdos de un joven adolescente

Este año se conmemoran ciento veinte años del nacimiento del pensador austriaco Karl Popper, autor fundamenta del siglo XX en el debate filosófico sobre la ciencia y en la discusión política sobre la libertad. Sin embargo, poco se sabe sobre el entorno inmediato de este intelectual en su primera juventud. Aquí desarrollamos un retrato familiar.

Hay una foto de un jovencísimo Karl Popper, presumiblemente de 1916, cuando aun vivía en la casa familiar, en Viena, durante los terribles años de la primera guerra mundial. Como aun era adolescente, el joven Karl no partió hacia el frente bélico y, felizmente, para todos nosotros, no tuvo la desdicha de morir en el campo de batalla en medio de las suicidas trincheras. Así que el futuro filósofo, pudo quedarse en este mundo casi todo el siglo XX.

En la imagen que comentamos, se observa al joven Karl sentado en una silla austera, muy bien trajeado para la ocasión fotográfica, sosteniendo un libro con una mano y llevándose la otra, discretamente, hacia la frente. Quienes hemos visto innumerables fotos de Popper en sus años de madurez y senectud, podemos reconocer la misma mirada indagadora y lúcida, la que le acompañó a lo largo de su vida.

La presencia del libro en la fotografía entre sus manos no es un elemento decorativo. Los libros y la música fueron parte de su ecosistema más próximo debido a la atmosfera letrada de su hogar. En su autobiografía intelectual, “Búsqueda sin Término”, Popper retrata a su padre y a su madre del siguiente modo: “La atmósfera en que crecí era decididamente libresca. Mi padre, el Dr. Simon Siegmund Carl Popper, era, al igual que sus hermanos, doctor en Derecho por la Universidad de Viena. Tenía una extensa biblioteca y había libros por doquier... Mi padre, que tenía la misma edad de Sigmund Freud-cuyas obras poseía y había leído al tiempo de su publicación-, era abogado y procurador. También escribió poesía y tradujo al alemán a poetas latinos y griegos y tenía gran interés por la filosofía. Todavía conservo sus volúmenes de Platón, Bacon, Descartes, Spinoza, Locke, Kant, Schopenhauer, Nietzsche, Mach, Darwin, etc.”. Asimismo, el padre de Popper tenía un claro interés por los problemas sociales: “No sólo poseía las obras de Marx y de Engels, Lasalle, Kautsky, Bernstein. Además, a los críticos de Marx: Bohn-Bawerk, Carl Menger, Kropotkin, etc.”. Y, ciertamente muchísima, literatura. Así, dada la magnitud de los intereses del abogado Simón Karl Popper no era de extrañar la amplitud de intereses de futuro filósofo.

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Algo similar decía de su madre, Jenny Schiff, quien era pianista y provenía de una familia de músicos locales. Es muy probable que el notable interés de Popper por la música de los grandes compositores le haya provenido por vía materna. Pues sus abuelos, tías y primos de ese lado familiar, estaban comprometidos con varias instituciones musicales de la ciudad de Viena. Describiendo la atmósfera melómana de su hogar, el filósofo escribía: “en el comedor, había un gran piano de concierto Bösendorfer y numerosos volúmenes de Bach, Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert y Brahms”. De modo que, al joven Karl, no le faltaban estímulos para llenar su mente de lectura y de infinitas curiosidades.

El ambiente familiar- “libresco”- detallado por Popper no debiera sorprendernos. Los sectores medios de los judíos vieneses solían acceder a una ilustración amplia y cosmopolita como parte de su educación personal, pues se consideraba fundamental para la vida. Sobre todo, porque permitía adaptarse a diferentes contextos, incluso los más problemáticos. No se trataba, como el juicio superficial creería, de una mera acumulación de saberes. Sino de una clara opción formativa. Valorar el conocimiento implicaba un saber para la acción y arraigo.

Tras la primera guerra, la situación económica de los Popper-Schiff se deterioró notablemente (recordemos que Austria fue una de las naciones derrotadas). Y el joven Karl Popper, ya alumno universitario, tuvo que unir su estadía académica con diversas labores, entre ellas, la ebanistería. Adaptarse a situaciones nuevas y problemáticas fue una constante del hombre Popper. Cuando los nazis anexaron Austria a Alemania, tuvo que emigrar a Inglaterra. Y antes de la segunda guerra mundial, migró a Nueva Zelanda cuando este país estaba bastante alejado. Una vida que el adolescente Karl jamás hubiera pensando iba tener.

La experiencia del joven Popper sirve de ejemplo de cómo un ambiente familiar estimulante incide notablemente en la vocación de una persona, a tal extremo que crea las condiciones internas para que una mente sea capaz de revolucionar nuestra concepción de la ciencia. Porque de esa cabeza emergió un verdadero “giro copernicano” al superar la noción de la ciencia que otro grande, Galileo Galilei, había establecido con igual genio en el siglo XVII.

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