La academia líquida y la derrota del pensamiento

Al leer una convocatoria para una revista académica, llama la atención uno de los considerandos referido a los autores: éstos pueden “ser humanos y no humanos”. Tratamos de contextualizar el pedido a fin de interpretar tan peculiar requerimiento. Labor infructuosa. Hay cuestiones que rayan en la locura. Nos preguntamos, ¿qué ha pasado en el ámbito universitario para tener que observar algo así?

Últimamente hemos tenido “experiencias académicas” particularmente extrañas. Hace unos meses, al concluir la exposición en un congreso internacional, unos de los colegas de mesa nos dijeron que nuestro tema estaba imbuido de un lenguaje de los “tiempos científicos y filosóficos, cuando nos encontrábamos en una condición posepistemológica y posfilosófica”. Ciertamente entendimos la raíz de su observación y la dirección del mismo. Sin embargo, nuestro critico interlocutor no se había percatado que él había expuesto dentro un espacio académico, científico, utilizando, como era de esperarse, el lenguaje pomposo del postmodernismo, jerga, nos guste o no, del mundo académico. Y, ciertamente, manejando las normas APA para citar y referenciar su “líquida” bibliografía. Además, de desarrollar sus argumentos de forma convenientemente organizada y llegando a conclusiones más o menos esperables. En suma, parece que el joven colega no había advertido que había usado el “lenguaje de los tiempos científicos y filosóficos” y que se encontraba cómodamente instalado en el ámbito académico de los “tiempos científicos y filosóficos”. En su momento, le hicimos la sutil observación de que, si íbamos a ser coherentes con la “condición posepistemológica y posfilosófica”, debíamos renunciar a todas las ventajas de vida universitaria actual y dejar de lado la carrera y labor académica. Pues, “¿qué sentido tenía hacer ciencia si no creemos en su existencia?”.

Esta anécdota se encuentra en un contexto mayor. Y tiene que con la hegemonía que la “racionalidad postmoderna” ha llegado a tener en varios espacios universitarios, sobre todo en varias humanidades y en las ciencias sociales. Este predominio ha ido en aumento década tras década, llegando a convertirse en la “nueva escolástica” de nuestros días. Según la “dogmática” postmoderna todas las manifestaciones del pensamiento y las formas sociales de vida son construcciones “culturales” erigidas o “deconstruidas” según quien tenga “la sartén por el mango”. Por lo tanto, no existen certezas de ningún tipo, ni limites entre lo científico y lo no científico, lo racional y lo no racional, lo cierto y lo no cierto, lo bueno y lo no bueno. Por ello, cual programa ideológico, debemos interiorizar este relativismo extremo para liberarnos de las “dictaduras” de la razón, de la fe, de los conceptos, del género, del poder, de las tradiciones, de la historia, de la realidad, etc. Todo esto a fin de emanciparnos de “algo”. Aunque no sepamos muy bien de qué nos emancipemos y los costes de esa “liberación” total. “Deconstruidas” todas las certezas y flotando sin siquiera una tierra baldía, ¿qué hacemos? ¿aceptamos suicidio universal?

Mientras el postmodernismo fue una corriente filosófica más, una entre varias, sus efectos eran marginales. Sin embargo, por muchas razones, se fue convirtiendo en aquello que intentó sepultar: en un metarrelato. Quizás en el mayor metarrelato de nuestros días. Y, por lo tanto, en una dogmática integral que amenaza al ejercicio del pensamiento crítico y la más elemental conciencia de realidad, tan necesaria para conducirnos en la vida. Como en toda dogmática, la feligresía postmoderna asume sin mayor cuestionamiento los postulados “constructivistas” del “pensamiento débil”, y utiliza el argot relativista sin medir los efectos sobre diversos ámbitos, especialmente el académico. En donde, bajo el pretexto “emancipador”, se llega al absurdo irracional de considerar que un “no humano” (animal, vegetal, objeto no viviente), pueden llegar a “escribir” un artículo científico, con normar APA incluida.

| Fuente: Freeimages

Haciendo una resignificación del concepto de “modernidad líquida” de Bauman, nos encontrarnos ante una “academia líquida”, inestable conceptualmente, de débil rigurosidad y de frívolos objetivos universitarios. Que entra en pánico ante eventos que implican un brutal realismo como el Covid-19, la “era del desorden” y que es incapaz de reconocer sus propias rasgos metodológicos y teóricos e, incluso, los ajenos. Una “academia líquida” que nos puede conducir a la “derrota del pensamiento”, tan magistralmente prevista por el inteligente Alain Finkielkraut en 1987, cuando el postmodernismo era una moda intelectual y no amenazaba el centro de sistema del conocimiento: la universidad.

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