¿Por qué fracasan los países?

Para los pragmatistas, las cuestiones sobre la esencia profunda o la ontología son empresas académicas, porque cualquiera que sea la respuesta no supone una diferencia en la práctica

Este es el título de la interesante obra que Daron Acemoglu (MIT) y James A. Robinson (Universidad de Harvard) publicaron en el año 2012. Sin embargo, el subtítulo no es menos subyugante: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza. Este libro se enmarca en el denominado neo-institucionalismo, el cual se nutre de dos supuestos básicos: a) que las elecciones individuales deben analizarse en un contexto determinado, y b) que las instituciones tienen una naturaleza eminentemente endógena (la cultura, por ejemplo). En este marco, Acemoglu y Robinson abordan, de una manera muy original, el paralelismo entre las instituciones económicas y políticas, tanto inclusivas como extractivas, y cómo estas pueden explicar el éxito o el fracaso de los países.

Sin embargo, tengo la percepción de que el referido enfoque neo-institucional no ha sido lo suficientemente debatido por la academia en América Latina y el Caribe (ALC), y mucho menos en el caso peruano. Por ejemplo, más “popularidad” ha tenido El capital en el siglo XXI (2013) de Thomas Piketty, al enfocarse en el análisis de la desigualdad económica (capital y trabajo), enmarcándose en la corriente neo-estructuralista. Obsérvese que ambas obras son perfectamente contemporáneas.

En el proceso de indagar por una propuesta o ruta metodológica que pueda atender eficientemente a la pregunta “¿Por qué fracasan los países?”, felizmente llegaron a mis manos dos libros realmente exquisitos: La teoría social contemporánea (2010, en la versión inglesa) y Philosophy of the Social Sciences: Towards Pragmatism (2005). Ambos escritos pertenecen al profesor Patrick Baert (Universidad de Cambridge), pero el primero ha sido elaborado en coautoría con el profesor Filipe Carreira da Silva (Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa).

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| Fuente: Freeimages

En ambos textos existe una propuesta metodológica que trata de superar tanto al neo-institucionalismo como al neo-estructuralismo, entre otros, en el marco de un supuesto enfrentamiento entre la teoría y la investigación empírica: el enfoque pragmatista de las ciencias sociales. “El pragmatismo se muestra escéptico entre los debates intelectuales si el tomar una postura u otra no tiene consecuencias prácticas para nadie (…) Para los pragmatistas, las cuestiones sobre la esencia profunda o la ontología son empresas académicas, porque cualquiera que sea la respuesta no supone una diferencia en la práctica” (2010).

Recientemente, en una conferencia virtual ante un interesante grupo de jóvenes, se me ocurrió preguntar “¿Por qué fracasan los países?”. Se comprenderá que el debate parecía interminable, hasta que se reformuló la pregunta: “¿A qué sociedades y/o regiones les ha ido mejor que a otras?”. Una vez que se acordó resumir el término “mejor” en no más de cinco indicadores “duros”, obtuvimos dos listados de países (de diversas regiones del mundo). Entonces empezamos por el listado de países a los que les fue “mejor”, y los consideramos como un “resultado final deseado” (objetivo). Luego fuimos indagando o reconstruyendo los factores o incentivos que habrían contribuido con el logro de aquel “objetivo deseado”.

Concluido el tiempo de la conferencia, los jóvenes se llevaron a casa la tarea pendiente. Quedamos en reunirnos en otra oportunidad para analizar las “rutas o mecanismos” identificados. En realidad, lo que muy artesanalmente se pretendió aplicar es lo que se conoce como “diseño de mecanismos”, que en el año 2007 fue la razón por la cual se le otorgó el Premio Nobel de Economía a Leonid Hurwicz, Eric Maskin y Roger Myerson.

Posiblemente, necesitamos una suerte de “giro copernicano” en la investigación económica y social, para dar respuestas “simples” a preguntas complejas.

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