Cumplir las metas de Año Nuevo es un trabajo a tiempo completo

Cumplir nuestras metas de Año Nuevo requiere un trabajo de supervisión y de autorregulación a tiempo completo.

Cumplir nuestras metas de Año Nuevo es como entrar a la web para buscar cuál es la diferencia entre aurora boreal y aurora austral, y, dos horas después, saber los siete datos que no debemos desconocer si tenemos gatos. ¿Qué quiero decir con esto? Básicamente, que nuestro ímpetu por concretar eso que hemos detectado como nuestra meta a corto, mediano o largo plazo se va a dar de bruces contra distractores, elementos del ambiente o de nuestra propia mente, que nos van a hacer «olvidar» lo que queríamos originalmente. ¿Por qué sucede esto? ¿No basta con apuntar la mirilla hacia el lugar de destino? Lamentablemente, no. Nuestro cerebro, órgano muy hábil si lo sabemos utilizar, nos demanda ponernos en acción ni bien hemos detectado nuestro objetivo. En ese momento, nuestra atención es dirigida únicamente hacia lo que nos interesa: todos los demás deseos y todas las demás metas son silenciadas por el poder de nuestra autorregulación. Es como si la parte más evolucionada de nuestro cerebro le hubiese bajado el interruptor a las regiones que nos impulsan a cumplir con demandas más inmediatas y menos premeditadas. Sin embargo —y este sin embargo es la clave—, lograr que esta estabilidad se mantenga en el tiempo depende de cuán doctas y doctos seamos en el arte de autorregularnos, dado que, en la vida real, una vez finalizada la reunión de Año Nuevo y puestos sobre la acera de la cotidianeidad, múltiples estímulos van a querer capturar nuestra atención, así como los buses que nos apuntan sus luces delanteras para animarnos a subir.

Pensemos en la siguiente imagen: con la convicción de que vamos a invertir en un posgrado para mejorar nuestro grado de especialización, «decidimos» que tomaremos la computadora y abriremos la internet —porque cada acto que realizamos es una decisión consciente o inconsciente— para buscar metódicamente en las múltiples opciones nacionales e internacionales, presenciales y virtuales que ofertan las universidades. Lo primero que vemos en nuestra pantalla, al ingresar al buscador, es un artículo de un medio de habla hispana bastante importante que resume los posgrados más top del último año. Como segunda opción, salta a nuestra vista un artículo de una revista anglosajona de negocios que va un paso más allá y efectúa una prospección de los posgrados que serán considerados como esenciales, primordiales o inherentes a la sociedad del siglo XXI. El artículo lleva el nombre de «The master's degree you must study if you want to "be" in the 21st century» (La maestría que debes estudiar si quieres «estar» en el siglo XXI) y ha capturado, en cuestión de segundos, nuestra atención, así que «decidimos» hacer clic en el enlace y disponernos a leer. Cuando vamos en el segundo párrafo, luego de confirmar que los posgrados relacionados con el campo de la tecnología serán los más solicitados por el mercado laboral, un pop-up sobre las mejores universidades para estudiar un posgrado si eres latinoamericana o latinoamericano, que no habíamos pedido, se impregna en nuestra retina y, cuando la señal ha sido integrada en nuestro cerebro, «decidimos» ingresar.

Año Nuevo
| Fuente: Freeimages

Ya en esta nueva página web, hacemos scroll brevemente para tentar a nuestra atención a que se detenga cuando algo sea de su agrado y, precisamente, lo hace frente a una publicidad de seguros de salud. Como la pandemia ha pegado fuerte en nuestra familia y en la familia de nuestras amigas y amigos, hacemos clic en el banner y le damos play al video que emerge subito. Luego de su minuto y medio de duración, le pedimos a nuestra pareja que nos haga recordar que debemos llamar a la aseguradora «Bienvenida Salud» porque tiene buenos beneficios para personas jóvenes. Hasta este momento, ya han pasado 40 minutos y aún no hemos logrado revisar ninguna página de posgrados.

¿Qué ha sucedido? Lo mismo que, probablemente, nos pasa a nivel macro cada año: el esfuerzo de nuestro cerebro por acallar las voces de deseos, pensamientos, afectos y comportamientos, que se desligan por completo de nuestra meta inicial, no ha sido suficiente, pues nuestra atención y, con ello, nuestra disposición, ha sido tomada por la fuerza de elementos externos que nos tientan a soltar lo que queremos a largo plazo por lo que queremos en ese instante. En otras palabras, el compromiso que dijimos tener con nuestras metas se rompió abruptamente luego de que no fuésemos capaces de mantener el interruptor de los deseos urgentes abajo. ¿Les suena familiar? Es probable que nos haya pasado en más de una ocasión. El truco, si se me permite, está en evaluar, casi como si de un control de fallas se tratase, si lo que estamos por hacer responde a nuestra meta inicial, pensada y sosegada, o a nuestro impulso más apremiante. Este simple examen —pero complejo a nivel de regulación— puede llevarnos de desear cada Año Nuevo a concretar.

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