Salim Vera se muestra sin tapujos ni secretos en su biografía autorizada, que se presentará en la Feria del Libro de Lima. | Fuente: Facebook | Fotógrafo: Francisco Medina

La etapa escolar fue, para Salim Vera, una de las más difíciles de su vida. Así se revela en su biografía autorizada, la cual se presentó el jueves 2 de agosto en la Feria del Libro de Lima. El libro fue escrito por Luis Francisco Palomino cuenta detalles nunca antes revelados del vocalista de Libido.

"Hubo momentos muy fuertes en la vida de Salim Vera y, al abrirse conmigo para compartir todo eso, encontré a un tipo entrañable dentro de ese perfil de rockero que siempre muestra en pantallas”, contó Palomino en una reciente entrevista con RPP Noticias.

Luis Francisco Palomino durante una de sus entrevistas con Salim Vera. | Fuente: Archivo

La Nave, editorial que publica el libro, presenta en exclusiva para RPP Noticias un capítulo del libro, en el que se muestra un día en la vida del cantante, su difícil paso por el colegio ─con cierta luz de esperanza─ y hasta una mención a su ex compañero de banda Toño Jáuregui.

A continuación, un extracto de la biografía autorizada de Salim Vera:

CAPÍTULO II, UN CULITO INQUIETO

Salim vive en la segunda planta de un edificio miraflorino. Su sala es espaciosa, aunque nunca tan espaciosa. Sobre dos atriles descansan sendas guitarras. Una es blanca y de la marca Gretsch; la otra, una Fender Telecaster mostaza con lámina negra. Sus muebles parecen cómodos. No hay ningún televisor; sí tres pilas de libros, un par de ellos todavía plastificados, como el que titula Los superhéroes y la filosofía, de Tom Morris. También la autobiografía de Morrissey y un texto de ensayos sobre los Smiths, con el separador en las primeras páginas.

Salim sale a comprar dos botellas de vino, unas paltas y agua de mesa Socosani. Ya de vuelta en su departamento se da cuenta de que ha olvidado algo, pero primero les quita las bandas de plástico a las botellas. “Todo se ve mejor sin marcas”, dice. Luego, con el tiempo del mundo a sus pies, vuelve a la calle por tabaco “sin aditivos”.

Son las cinco de la tarde de un miércoles de abril y Salim acaba de fumar un poco de marihuana de una pipita y está bebiendo una copa más de uvas Malbec hechas licor. Tiene 48 años recién cumplidos. Dos horas después será recogido por un taxi que lo llevará a un canal de televisión. El taxista ―contratado por el canal― lo esperará y finalmente, cumplida la misión de devolverlo hasta la puerta de su edificio, le pedirá un autógrafo. Este es un día cualquiera en la vida ociosa de Salim Vera. Un destino impensado para un chico que terminó el colegio cuando ya tenía libreta electoral.

La primera repetición de segundo de secundaria del menor de los Vera solo confirmó lo que se sospechaba desde que reprobó tercero de primaria. O sea, que el sistema educativo no estaba diseñado para alumnos como él. Al parecer, Salim odiaba su colegio, el estatal Marín Arista de Cercado de Lima. Es común que Salim use el epíteto “de mierda” para referirse a lo que no le agrada. En ese sentido, para él, el Marín Arista fue un colegio “de mierda”.

El recuerdo negativo sobre sus días escolares está anclado en el bullying que aguantó durante la secundaria. Convertido ya en un púber, Salim se consideraba distinto a sus compañeros, a quienes veía como potenciales delincuentes. Como si el temor atrajese el peligro, su vaticinio se materializaba cuando los alumnos más bravucones ―como esos perros que olfatean el miedo― le buscaban la pelea por nada. No solo los de su promoción, también estudiantes mayores. En esa época Salim no sabía defenderse, y mover los puños no estaba dentro de sus planes para frenar los abusos. Era, dice, “muy sano”.

Salim piensa que en el Marín Arista le tenían envidia porque él era blanco, porque lo veían “gringuito” y porque ―según él― tenía éxito con las chicas guapas. Ser atractivo le costó algunas golpizas en los primeros años de la secundaria. El recinto educativo tenía cerca de mil estudiantes repartidos en tres pisos, y los recreos, entre quince minutos y media hora para el relajamiento, eran, más que relajantes, propicios para los ataques contra los débiles.

“Recuerdo que un día bajé por las escaleras y al final me esperaba un tipo que me tiró una cachetada de la nada. Luego se me vinieron sus amigos encima, pero me defendieron otros chicos de mi salón, a quienes sí les caía bien”, cuenta.

Cuando sus hermanos mayores veían que Salim regresaba a casa triste y con señales de haber sido maltratado, estos, muy enojados, le daban otra paliza para que el menor de los Vera tenga muy en claro lo que le pasaría cada vez que no se hiciese respetar.

Desde entonces, Salim prefirió evitar a toda costa a las chicas más bonitas. Pero pronto descubriría que su físico no solo gustaba a las mujeres, sino también a ciertos hombres. “A veces algunos chicos se acercaban a mí para hacernos amigos, pero cuando me miraban me daba cuenta de que tenían otras intenciones”, dice.

Una tarde fue a la casa de un amigo ―de apellido De la Cruz― para estudiar. No había nadie. Mientras conversaban, De la Cruz se lanzó encima de él y trató de besarlo a la fuerza. Salim se negó, pero el chico volvió a la carga. “Ya pues, Salim”, le decía. El menor de los Vera habló rotundamente: no le gustaban los hombres. Ante la insistencia, huyó de la casa y le puso fin a esa amistad.

Al parecer, evadir a las chicas guapas, apartarse de los falsos amigos y lidiar con los malotes son actividades totalmente incompatibles con el aprendizaje escolar en la secundaria, o al menos lo fueron para Salim, que repetiría —otra vez— el mismo grado.

El asunto era complejo. El último de los Vera tenía dieciséis años y estaba atrapado en segundo. Una pesadilla más traumática que El exorcista. Como solución inmediata, el gandul se matriculó en un colegio no escolarizado no oficial para pasar a tercero en menos de cuatro meses. Todo estaba solucionado, aunque la doble repetición hizo que pierda su vacante en el turno tarde del Marín Arista, donde solo le quedaba ir a estudiar por las noches, ya que era visto como la escoria. ¿Nuevos enemigos? ¿Nuevas golpizas?

En ese entonces todas sus experiencias eran distintas, desconocidas, y la vida giraba como un vinilo a velocidad salvaje. En paralelo a las clases del no escolarizado, Salim comenzó a asistir a las reuniones de una organización católica llamada Verbum Dei, invitado por su hermana melliza Bárbara, quien había quedado fascinada con la visita de los religiosos al Instituto Argentina ―su centro de estudios― para una especie de charla vocacional. A diferencia del menor de los Vera, Bárbara ya estaba por salir del colegio.

“Ella me dijo ‘oe, han venido los de una comunidad y me han dicho para ir a un retiro, ¿quieres ir conmigo?’. ‘Vamos’, le dije”, cuenta Salim. Y aunque suene increíble, fue inmediatamente atraído por el imán eclesiástico, tanto por el estado de gracia en el que se sentía con Dios como por la bondad con que los miembros de Verbum Dei los acogieron a él y a su hermana. Fue casi una adopción: “Nos convertimos en discípulos. Nos encantó la huevada y decidimos meternos con todo a esa comunidad. Me encantó porque había una gente de puta madre que hablaba de Dios tan de puta madre que quedamos prácticamente hipnotizados. Nos gustó socializar con ellos, conocer nuevas amistades, chicos y chicas de nuestra edad. Los retiros, los juegos, las dinámicas. Nos íbamos de viaje. También nos daban de comer. Se convirtió en una especie de escape para nosotros”, dice Salim.

Gracias al colegio no escolarizado, Salim pudo olvidarse de segundo e ingresó a tercero de secundaria en el horario nocturno del Marín Arista. Su vida daría un giro insospechado.

La sede de Verbum Dei estaba ubicada en el jirón Moquegua de Cercado de Lima. Los hermanos Vera Villar se hicieron muy asiduos. Era reparador, pero por las noches, en las aulas, rodeado de algunos padres de familia, Salim se angustiaba al pensar en su futuro: terminar el colegio le parecía un objetivo imposible, inalcanzable. “Sentía que me iba a quedar en tercero de secundaria para siempre”, recuerda, cagándose de la risa. Por suerte, la comunidad religiosa intervino y decidió que Salim Vera concluyera sus estudios básicos en otra institución educativa no escolarizada, cuyas pensiones pagaría Verbum Dei. Los ocho meses que se estudiaban en el Andrés Bello ―nuevo colegio de Salim― para aprobar el año hacen suponer que su exigencia académica era mayor a la del colegio de los cuatro meses; sin embargo, el Andrés Bello no solo tenía como peculiaridad su reticencia a dar vacaciones ―entre “un año y otro” solo se les otorgaba una semana libre a los estudiantes―, sino que sus profesores eran plenamente conscientes de la idiosincrasia de los alumnos bellinos como para subirles puntos a cambio de simbólicos sobornos.

“Era un colegio particular, pero particular no necesariamente es sinónimo de buena educación. Para esto, yo estaba hasta el culo en matemáticas en quinto de secundaria y le pregunté al profesor si me podía aprobar. Él me dijo ‘ya, ¿cuánto hay?’. Le dije ‘puta, profesor, solo tengo veinte céntimos’. Él me dijo ‘dámelos’ y me subió dos puntos. O sea, eran veinte céntimos. Igual creo que el profesor lo hizo por joda, sabiendo que era una idiotez. O quizás [atracó] porque en ese momento yo le caía bien a todo el mundo, no como ahora que caigo mal”, se ríe Salim.

“Puta, todo el mundo me amaba. Era alucinante la huevada. Me amaban pero también me trataban mal. Pero espérate, esas son otras cosas”, se detiene y piensa con un rostro hermético. Salim se hace el interesante, como si guardase lo mejor para el final. Ni siquiera ha mencionado palabra alguna sobre su banda de rock ni ha hecho un solo comentario sobre Toño Jáuregui, su ex mejor amigo y exbajista de Libido, actualmente algo así como... su enemigo.

0 Comentarios
¿Qué opinas?