Nuestra selección conquistó el subcampeonato. | Fuente: AFP | Fotógrafo: RAUL ARBOLEDA

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Se atribuye a Atahualpa haber afirmado camino a su ejecución al término de un cautiverio de ocho meses: “Usos son de la guerra el vencer y el ser vencido”. Con la derrota del Imperio Inca comienza el proceso de nuestra incorporación al mundo occidental, al que aportamos la larga experiencia de gestión de un territorio megadiverso y la coexistencia de etnias, comunidades y lenguas diferentes. Desde su auge en el siglo XIX el deporte ha canalizado la inevitable rivalidad entre vecinos y ha servido para civilizar las hostilidades, es decir reemplazar la violencia cruda por formas simbólicas de enfrentamiento. El deporte permite aprender que uno pueda disputar los mismos objetivos y enfrentarse con rudeza para conseguirlos, respetando reglas libremente consentidas y sometiéndose al arbitraje de autoridades independientes. Ayer nos tocó perder con Brasil, potencia mundial y país anfitrión.

Pero nuestra selección no desmereció. Desde Pedro Gallese hasta Paolo Guerrero, nuestros jugadores mostraron amor a la camiseta, respeto al juego limpio, disciplina colectiva y entrega física y moral para estar a la altura de un pueblo sediento de victorias. Podemos sentirnos orgullosos de haber quedado subcampeones, pero también y quizás, sobre todo, de no traicionar el ejemplo que debemos dar a los millones de niños y jóvenes que aprenden en las canchas lo que significa jugar limpio y hacerlo junto a otros que valen tanto como uno mismo.

El fútbol femenino

Horas antes de la final disputada en Río de Janeiro se jugó en París la final del campeonato mundial de fútbol femenino. Sin sorpresa ganó el gran favorito, Estados Unidos, que se impuso en la final a Holanda, después de haber derrotado a aspirantes como Tailandia (13-0), Francia e Inglaterra. La paradoja es que el país más rico del mundo que es a la vez la primera potencia deportiva mundial no ha logrado nunca destacar en fútbol masculino, pese a contar con más de 50 millones de ciudadanos de origen latino y otros tantos de origen italiano, alemán, irlandés e inglés. Recordemos que el fútbol femenino nació cincuenta años después del fútbol masculino, cuando millones de francesas y británicas tuvieron que ocupar los puestos de trabajo de sus maridos obreros que se hallaban en los frentes de la Primera Guerra Mundial. Los primeros partidos de selecciones de los dos aliados remontan a 1917, pero desde que la guerra terminó las mujeres comenzaron a retirarse del mundo del trabajo y en ese marco el fútbol femenino estuvo a punto de desaparecer.

En Estados Unidos, el fútbol femenino debe su auge a una ley de 1972 que prohibió toda forma de discriminación en las 2,000 universidades que existen en ese país. A partir de esa ley las universidades comenzaron a financiar la práctica femenina del fútbol, para garantizar la estricta igualdad de géneros. Aún hoy, la gran capitana de la selección nacional, Megan Rapinoe es un clásico fruto del deporte universitario, así como la mayoría de las futbolistas profesionales. La capitana, de 34 años, cumple hoy el papel contestatario que ejercieron por ejemplo el boxeador Mohamed Ali o los grandes atletas de los años sesenta, que fueron sancionados por negarse a hacer la guerra en Vietnam. Megan Rapinoe es una severa crítica de la FIFA a la que acusa de seguir infravalorando el fútbol femenino. Figura de la comunidad LGTBIQ en Estados Unidos, Megan Rapinoe es al mismo tiempo un valor seguro para las grandes empresas que patrocinan el deporte como Samsung y Nike. Desde ya la capitana ha anunciado que no asistirá al homenaje a las campeonas previsto por Donald Trump en la Casa Blanca.

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