Cráneos de víctimas del genocidio de Ruanda | Fuente: EFE | Fotógrafo: Stephen Morrison

"Serán asesinados con machete", es la amenaza que aún late en la memoria de la ruandesa Teopista Bagwaneza, una víctima que sobrevivió al genocidio de unas 800 mil personas en Ruanda de 1994 y que, 25 años después, recuerda cómo salvó la vida gracias a una monja. Trabajaba como matrona en la Escuela de Enfermería de Rwamagana (este) en abril de 1994, cuando estalló la matanza contra los tutsis. "Mi padre dio la noticia, en la mañana del 7 de abril, de que habían derribado el avión en el que viajaba el expresidente Juvenal Habyarimana", dice a la agencia Efe la superviviente, cuyo progenitor despertó a toda la familia.

"Mucha gente va a tener que morir como consecuencia", recuerda que replicó su madre, aunque a priori la muerte de Habyarimana no era una noticia triste para los tutsi (etnia minoritaria en Ruanda, pero mejor posicionada a nivel social que los mayoritarios hutus). Habyarimana, de la etnia hutu, regresaba de una conferencia regional en la vecina Tanzania, donde se había comprometido ante la ONU a formar un gobierno de coalición para poner fin al largo conflicto entre ambas comunidades.

Huir para sobrevivir

El avión en el que viajaba Habyarimana, sin embargo, fue derribado el 6 de abril de 1994, poco antes de aterrizar en Kigali junto al presidente de Burundi, Cyprien Ntaryamira, también fallecido en el siniestro. Tras la muerte de Habyarimana, la conmoción y el miedo se apoderó de una polarizada sociedad ruandesa. "Ojalá estuviéramos cerca de la frontera. Huiríamos a otro país. Por si fuera poco, no cabemos todos en este pequeño coche", recuerda Teopista que clamó su afligido padre.

El 8 de abril habían visto llamas en casas de otros tutsis del vecindario, y muchedumbres dejando sus hogares. Al día siguiente, desesperados, la mayoría de los tutsis que quedaban en la zona se escondieron juntos, pero el padre de Teopista se quedó atrás con otro campesino para cuidar de las vacas. Un dirigente local, identificado tan solo como Nguriyengoma, escribió incluso una carta a su padre asegurando que habían vivido como amigos y hermanos y que su familia no tenía nada que temer.

"Por tanto, deberán permanecer en casa y estarán seguros", rezaba la carta, aunque su madre desconfiaba de esas palabras. Teopista, que hoy tiene 50 años, no había visto a nadie asesinado hasta que, aquel 9 de abril, miembros del grupo paramilitar hutu Interahamwe mataron a su padre, Charles Karema, mientras éste cuidaba de su ganado. Tras conocer la triste noticia, vecinos hutus se aventuraron hasta el lugar del crimen y ayudaron a Teopista y su familia a recuperar el cadáver.

¿Ayuda divina?

La familia tuvo que huir porque un "buen samaritano" les alertó de que había un plan para aniquilarles y de que, si se retrasaban, no sobrevivirían, si bien se dividió en dos grupos que no volverían a verse hasta el final del genocidio. "A altas horas de la madrugada del 11 de abril, decidimos huir y caminamos hacia la ciudad de Rwamagana", relata la víctima, que se cruzó en la carretera con la monja Helene Nayituliki, directora de la escuela donde trabajaba, y la llamó "por impulso".

Fotografías de niños que fueron asesinados por el genocidio de Ruanda. | Fuente: EFE

Teopista y los familiares que escaparon con ella fueron acogidos por sor Helene en la escuela, donde también protegió a más de un centenar de potenciales víctimas, la mayoría alumnas del colegio. La matrona se quedó en una habitación con su madre, asustadas de salir, y solo la intervención de la monja evitó que, en el centro, las chicas hutus atacaran a las de la minoría tutsi.

"Las que quieran unirse a la Interahamwe para matar gente inocente que se sientan libres de salir de mi escuela, pero espero de vosotras que mantengáis la máxima calma y disciplina. Aquí no tenemos grupos étnicos, aquí tenemos estudiantes", evoca Teopista que dijo la directora. Las matanzas se incrementaron en la zona, pero la influencia de sor Helene fue su salvavidas. Los líderes hutus la escuchaban y accedían a sus plegarias para garantizar seguridad y alimento en la escuela.

El "holocausto africano"

Sor Helene consiguió dos camiones para abandonar la zona, un viaje que comenzó con terror e incertidumbre el 17 de abril. En el camino pasaron varios bloqueos, pero finalmente fueron interceptados por milicianos hutus que ordenaron a sor Helene separar a la gente en tutsis y hutus. Ella se negó en rotundo y no dejó que registraran los vehículos. "La monja -explica Teopista- trató de explicarles que estaban haciendo algo malo y suplicó nuestra libertad. La vi buscar en su bolso y darles dinero, y después ordenaron que nos retornaran a la escuela".

"Seréis asesinados con machetes antes de que lleguéis a (el pueblo vecino de) Zara", advirtieron los milicianos hutus, según la superviviente. Pese a las amenazas, Teopista y sus parientes permanecieron en el centro hasta el 19 de abril, cuando el Frente Patriótico de Ruanda (RPF), liderado por el tutsi Paul Kagame, actual presidente de Ruanda, les evacuó a la cercana población de Gahini.

"Estamos agradecidos al RPF por parar el genocidio y hacer lo que hicieron para devolvernos a la vida normal", afirma la víctima. De su nueve hermanos, dos corrieron la misma suerte que su padre y se cuentan entre los 800 mil tutsis y hutus moderados que murieron durante los cien días que duró el genocidio. Hoy, Teopista es madre de una niña y empresaria en Kigali.

EFE

Cráneos de víctimas en el Museo del Genocidio en Nyamata, Ruanda | Fuente: AFP
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