Durante cinco días de vacaciones nacionales por la Fiesta del Trabajo, los ciudadanos chinos salen a las calle pero con prudencia ante un nuevo coronavirus que mató a 4.600 personas en China.

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Este periodo de descanso debería generar un incremento inédito del turismo gracias al fuerte descenso de la epidemia y el levantamiento de las restricciones de desplazamientos.

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La Ciudad Prohibida de Pekín, inmenso complejo de 72 hectáreas y otrora residencia de los emperadores, reabrió el viernes por primera vez en tres meses.

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Para evitar las multitudes, las autoridades chinas sólo sacan a la venta 5.000 entradas diarias (80.000 antes de la epidemia), que se reservan en internet.

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En total, durante estas vacaciones del 1 al 5 de mayo, se efectuarán 117 millones de trayectos (tren, avión, coche) en China, prevé el ministerio de Transportes.

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Es sólo un tercio del volumen del año pasado. Pero ya es mucho para un país aún convaleciente de la COVID-19.

Para la mayoría de los chinos, las vacaciones se resumirán sin embargo a cortas visitas o excursiones cerca de su domicilio, por miedo al virus.

Tanto autoridades como habitantes tienen miedo de una segunda ola epidémica, que siempre puede darse con la reanudación de los viajes.

Sólo los lugares turísticos chinos al aire libre han sido autorizados a reabrir. Y solo pueden recibir un 30% de su capacidad habitual.

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China ya reanudó el trabajo, reabrió numerosas escuelas y levantó la mayoría de las restricciones a los desplazamientos. Sin un repunte de la epidemia por el momento.

Pero en todo el país, la gente debe seguir llevando mascarilla o tomarse la temperatura en la entrada de parques, supermercados y edificios para evitar la COVID-19.

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