El tenor peruano Juan Diego Flórez puso hoy de pie al Teatro Colón de Buenos Aires, el más importante de Argentina, en un recital en el que recorrió emblemáticas piezas clásicas junto al pianista italoamericano Vincenzo Scalera. Él improvisó, guitarra en mano, populares temas latinoamericanos.

Considerado uno de los más grandes artistas de la ópera actual, Flórez hizo repaso en el señorial coliseo porteño a las arias que lo han consagrado desde su debut en 1996 en el Festival de Ópera Rossini en Pésaro (Italia).

Sus gestos escénicos y complicidad con los espectadores fueron la tónica general en las dos horas y media que duró el evento, en el que dio rienda suelta a las exigencias interpretativas de cada canción.

"Esto de los recitales a mí me divierte porque tengo que ir cambiando de máscara", bromeó ante el público el artista, que el pasado domingo impartió una clase magistral para los alumnos de Canto del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón.

En la primera parte del concierto, obras de Wolfgang Amadeus Mozart, Gaetano Donizetti -entre ellas la emocionante "Una furtiva lagrima"- y Giuseppe Verdi impregnaron a los presentes de una particular emoción, con los graves y los agudos del peruano y las privilegiadas manos del italoamericano como protagonistas.

Ya en la segunda, composiciones de Jules Massenet, Charles Gounod y Giacomo Puccini, escenificadas por el frenesí musical de Scalera -que se marcó varios solos- y la potencia de la imponente voz de Flórez, dejaron definitivamente sin palabras al aforo.

Una vez que el repertorio principal ya estaba agotado y con varios de los asistentes pidiendo "otra, otra", una seguidilla de "bises" entre aparentes despedidas comenzó a desfilar por el escenario de un teatro que es considerado por su acústica y formato uno de los mejores del mundo.

Con un espíritu jovial y desenfrenado, el peruano, que con 23 años debutó en la Scala de Milán, decidió alargar el final del recital desgranando inolvidables sonidos del folclore de América Latina solo servido de una guitarra clásica.

Ese cambio radical de registro llegó con el "Cucurrucucú paloma" -huapango mexicano escrito por Tomás Méndez en 1954-, en el que la delicadeza llevada al límite acabó en un silencio sepulcral en el patio de butacas que permitió más si cabe estrechar la conexión con el artista.

Tanto es así que, de un arrebato, el tenor decidió arrojar al público la pajarita que brillaba en su cuello. "Estoy un poquito incómodo porque hace 20 días me rompí este dedo", acabó reconociendo con una amplia sonrisa y antes de tocar y cantar "José Antonio", vals peruano de la cantautora Chabuca Granda.

Seguidamente, y como casi sería un delito estar en Buenos Aires y no cantar un tango, Flórez, insistiendo con el dolor de su dedo, pidió a algún espontáneo que le acompañara a la guitarra para cantar una de las insignias de Carlos Gardel, "Volver".

Y el plan salió a pedir de boca. El espontáneo aprobó con sobresaliente y apuntó una anécdota más en su vida al acompañar sobre el escenario al divo.

Tras un pequeño recuerdo a "La flor de la canela", también de Granda, Scalera retornó a la tablas y juntos entonaron el "Granada", de Agustín Lara.

Una vez que los presentes empezaban a pensar que quizá acabarían pasando la noche soñando despiertos y como si de una alegoría se tratase, el "Nessun dorma" (que nadie duerma), de Puccini puso el apoteósico punto final con el público tarareando y un "¡vincerò, vincerò!" que será difícil de olvidar.

"Yo crecí con la música popular, y aunque canto ópera llevo en el corazón el tango o el vals criollo peruano. Y esto es lo que nos hermana", dijo después del concierto el cantante en una recepción con varios invitados organizada por Telefónica, empresa con la que colabora para realizar actividades de carácter social y educativo. EFE

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