| Fuente: Andina

En medio de un contexto de cataclismo institucional, se pasa por inadvertido un hecho muy singular. Para el cierre del Congreso y la respuesta del Legislativo faltan calificativos y sobran palabras. Pero mientras nuestras instituciones son justamente purgadas, no debemos pasar por alto algunos hechos que merecen un intenso cuestionamiento.

Un programa dominical mostró imágenes grabadas en la frontera, en donde se aprecia a sujetos vestidos de militares haciendo proclamas xenofóbicas. Ya el hecho de ser hostil con quien viene buscando mejores oportunidades (como los peruanos hemos tenido que hacer) es problemático, puesto que se quiere usar al venezolano como chivo expiatorio, sin lograr ver que tales niveles de violencia, crueldad y malicia no nos son ajenos ni primicia; por el contrario, es un mal que buscamos combatir desde hace mucho.

Acaso con instituciones más sólidas podríamos filtrar la entrada de ciudadanos indeseables, pero esas barreras burocráticas son siempre traspasables. Aplicar “toda la ley” al venezolano infractor pierde sentido cuando nuestros propios jueces parecen pasar por alto las leyes que ordenan la sociedad para favorecer así a intereses particulares; no enunciamos ningún dato novedoso. El peruano naturalmente transgresor de las leyes parece ahora escandalizado cuando ve competencia en el hampa.

Si no es posible establecer que “no todos los peruanos son iguales”, debemos aplicar lo mismo a nuestros hermanos venezolanos por cuanto, si bien es cierto que hay algunos que no son bienvenidos, por lo general debemos comprender que hay muchas personas de bien y que buscan noblemente hacer una vida más apropiada; no podemos meter a todos en el mismo saco, el mal peruano y el mal venezolano tienen un mismo destino.

Estos problemas se intensifican con el caso de la frontera, ya que los sujetos que arengaban la no hospitalidad con nuestros hermanos venezolanos no tenían otro atuendo que el de las fuerzas armadas nacionales. Si esto es grave, debido que tal institución no comparte tales viles perspectivas, encontramos algo incluso más digno de ser descreído: los sujetos arengando decían tener órdenes directas del ministro del interior, dando a entender así, que tales actos perversos tenían el respaldo del gobierno.

Esto se vuelve inadmisible por varios frentes. La xenofobia, como los peruanos que tuvieron que migrar en tiempos (más) difíciles deben saber, no ser bienvenidos en una sociedad, dificulta el desempeño de sus vidas. Que lo hagan uniformados como las fuerzas armadas que defienden la soberanía nacional, es otro problema, ya que toman la imagen de un honrado y sacrificado oficio para llenar de contenido nefasto, de modo indirecto, a tal institución: pero lo peor de todo, y en donde se consuma el delito y no basta la desaprobación moral, sino que ya hablamos de un delito, es apropiarse de funciones en nombre de un brazo del Estado que no tiene nada que ver en el asunto.

La usurpación de la imagen de las Fuerzas Armadas es gravísima, cuanto más, proclamar que se viene en nombre de un Ministerio Público, pero lo peor del asunto es el motivo para adueñarse de tal institución: proclamar arengas xenofóbicas, con una órbita de mentiras satelitales que arman un esquema poco creíble, pero que apelando a los sentimientos más bajos, animales e irracionales del pueblo, fomentan la violencia, la intolerancia y le cierra los brazos a quienes deberíamos recibir como hermanos, antes que enemigos.

Ni qué decir del arrebato de la excongresista Esther Saavedra, de Fuerza Popular, que pide cerrar fronteras y expulsar venezolanos buenos y malos. Es curioso que, el mismo día en que la cuestionada excongresista hacía estos reclamos de “sacarlos porque no les gusta”, haya tenido un final tan “feliz” para el pueblo peruano, cuando fue precisamente ella la que terminó siendo expulsada de donde no es bienvenida. 

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