Orden y seguridad ante el peligro inminente de disolución

Orden y seguridad son las bases elementales de la vida política. Sin ellos, simplemente, no habría sociedad. Esos asientos permiten que se generen las experiencias públicas y jurídicas, las que conducen al establecimiento de la república. Dada la gravedad de la actual multifacética crisis es necesario recordar dichos fundamentos esenciales.

Las mayorías anhelamos vivir en paz. Porque la paz nos proporciona las condiciones externas para que cada quien vele por sus asuntos, se dedique a sus seres queridos y oriente sus esfuerzos a sacar adelante sus proyectos. La paz, como se ha afirmado desde que tenemos conciencia crítica del mundo político, es producto de la concordia y de la equidad. Pero también surge de la firme disposición de resolver las diferencias conflictivas, desde principios fundamentales como la tolerancia y el respeto.

Luego de seis años de una permanente situación de confrontación, nuestro país muestra con nitidez sus dramáticas fracturas, las mismas que pueden conducirnos a la disolución de la sociedad. Evidentemente dichas fisuras son históricas y no pueden ser resueltas en el término de una o dos generaciones. Sin embargo, en aras de mantenernos dentro de la “casa común”, es preciso hacer todos los esfuerzos posibles para garantizar la continuidad de nuestro camino compartido.

En sociedades premodernas el orden y la seguridad se lograban porque el poder político se entrelazaba con la fe religiosa. El orden provenía de Dios o de los dioses. Y las acciones del poder terrenal- los monarcas- garantizaban la seguridad de los súbditos/feligreses. En sociedades seculares, el orden y la seguridad se logran desde el poder que proviene del derecho y sus manifestaciones fácticas. El gobierno, a partir de la “maquinaria” estatal, garantiza a los dos fundamentos, los mismos que posibilitan la continuidad social.

Es evidente que el orden y la seguridad no son suficientes. Se precisan diversas estructuras de participación social para que la vida de las comunidades se encarne en proyectos particulares o generales. Estas estructuras son normativas e institucionales, y permiten diversos niveles de convivencia y de coexistencia. Por otro lado, en sociedades sustentadas en el ejercicio crítico, el cambio y la evolución son posibles porque se ha garantizado, en un primer nivel, el orden y la seguridad. Y luego, gracias a la práctica crítica ciudadana, se detectan los errores y fallos del sistema político y social y se realizan los importantes correctivos para el bien de las personas.

| Fuente: Freeimages

Lamentablemente se pueden observar que hay grupos e individuos cuyas vidas carecen de objetivos personales, personalidades desestructuradas, que pretenden crear situaciones de agitación social constante, buscando generalizar el caos y la inseguridad desde la pretendida “bondad” o superioridad de sus ideales. También, se observan grupos de poder económico que no son capaces de reconocer las consecuencias de las desigualdades y de las diversas formas de exclusión. Ambas fuerzas colaboran en la erosión del orden y de la estabilidad y nos llevan a la destrucción del país.

Asimismo, hay muchos ciudadanos cuyas vidas se encuentran estructuradas en función de fines y de planes particulares, quienes anhelan paz, concordia y estabilidad. Esa mayoría silenciosa desea tranquilidad para trabajar, para estudiar, para producir y vivir de sus esfuerzos personales. Quizás sea la hora de que esa “mayoría silenciosa”, conformada por millones y millones de peruanos y de peruanas, que desea recuperar sus vidas, alce su voz en función de la paz y digan ¡basta! a las fuerzas de la destrucción.

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