Personal médico, militares, policías y otros trabajadores de sectores esenciales están en las calles en este periodo de cuarentena. | Fuente: AFP

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 En medio del torbellino de noticias relativas a la crisis sanitaria, conviene destacar las manifestaciones de respaldo al personal de salud y de seguridad que fueron expresadas anoche, a las 8. Desde las ventanas de viviendas y edificios cuyos ocupantes no pueden salir a la calle resonaron aplausos, vivas y cacerolazos, no para protestar, como solemos hacer, sino para expresar gratitud a quienes cada día están expuestos al contacto directo con los enfermos y a quienes tienen que hacer respetar el orden público en tiempos de cuarentena. El personal de salud merece un reconocimiento especial porque no se han hecho todos los esfuerzos para satisfacer sus demandas económicas, ni para cerrar la brecha de personal que existe en la mayoría de regiones. En estas circunstancias han tenido que hacer frente a la rápida expansión de una infección llegada de fuera y frente a la cual no se hallaban debidamente equipados. Sabemos que nuestro sistema hospitalario (MINSA, EsSalud, centros de la Fuerza Armada y la Policía) no cuenta con el número suficiente de respiradores artificiales.

Y en algunos casos ni siquiera con las mascarillas que protegen la nariz y la boca, sin hablar del estado de los servicios higiénicos. Pese a esas circunstancias adversas y a las dificultades creadas en la vida familiar por la cuarentena, los profesionales de la salud han estado a la altura de su tarea: salvar vidas humanas, reducir las ocasiones de contagio y aliviar el sufrimiento de quienes se han visto infectados por el coronavirus. Es una excelente noticia que la sociedad reconozca el esfuerzo que vienen desplegando los médicos, las enfermeras, los tecnólogos, los especialistas de urgencias y ambulancias, el personal administrativo y de servicios. Pero también se ha aplaudido el desempeño de policías y militares en una tarea inédita e ingrata: hacer respetar el distanciamiento social, una garantía para frenar el aumento del contagio.

A nadie le gusta que lo obliguen a permanecer en su domicilio, que le impidan trabajar, reunirse con sus seres queridos y gozar de la libertad de pasear y respirar el aire fresco de áreas verdes, montañas y el borde del mar. Pero ese es el precio que se nos pide pagar para no hallarnos en la triste situación en que se hallan países que reaccionaron más lentamente que nosotros. Italia, por ejemplo, que ha superado la cifra de 2,500 muertos, España 490 y Estados Unidos 100. Mientras tanto China, donde nació la pandemia, viene mostrando éxito gracias a medidas restrictivas rigurosamente respetadas. El presidente Vizcarra ha dicho que debemos hacer todo para que el confinamiento de quince días impuesto en el Perú tenga éxito y no deba ser prorrogado. Eso depende de nosotros, los ciudadanos, de nuestra disposición a extremar las medidas de precaución: prescindir de contactos innecesarios, lavarnos las manos, evitar tocarnos la cara, usar mascarillas para protegernos y proteger a los demás.

Existen múltiples estudios sobre la reacción de seres humanos frente al confinamiento. Se pasa por etapas diferenciadas que pueden ir desde una sorpresa inicial hasta la angustia, la depresión y la cólera. A eso podemos atribuir también el comportamiento compulsivo por comprar, lo que ha generado el temor injustificado al desabastecimiento. Lo que genera la carestía de ciertos productos no son carencias de producción ni de transporte, es el miedo. Cada familia debe hallar la manera de hacer productivo el período de encerramiento y evitar verse influida por el miedo. Y para eso contamos con el mundo digital que ofrece cursos de todas las materias posibles, juegos y visitas virtuales a ciudades, bibliotecas, galerías y museos.

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