Pedro Olaechea | Fuente: Congreso

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Las condiciones comienzan a estar dadas para que nuestra clase política muestre si es capaz o no de salir concertadamente de la crisis en la que nos hallamos. Quienes se opongan a la propuesta del presidente Vizcarra tendrán que proponer una salida alternativa que tome en cuenta la demanda de los electores y el interés de poner fin a un ciclo de enfrentamientos.

La realidad económica, la precariedad institucional y la crispación social requieren la acción decidida del Estado en todos los frentes: para garantizar la inversión privada, ejecutar los presupuestos públicos, mejorar la calidad de servicios y restablecer la confianza de los ciudadanos. Todo se concentró ayer en lo que parece un simple ejercicio de mecánica institucional, aunque en verdad define la cartografía del poder: la conformación de las Comisiones del Congreso.

El objetivo es designar a los miembros y elegir a los presidentes de 24 comisiones, entre congresistas de 12 bancadas. Pedro Olaechea se estrenó en una función compleja que entraña una batalla clave: la presidencia de la Comisión de Constitución que permitirá o no la elevación al pleno de la reforma constitucional presentada por el presidente Vizcarra.

Por si hiciera falta, desde ayer tenemos una prueba más de que nuestro Estado funciona bien cuando se fijan objetivos claros y cada funcionario actúa con profesionalismo y sin agendas particulares. Pese a nuestras incertidumbres y las contradicciones entre nuestros invitados, la Cancillería ha sido capaz de organizar con provecho una Conferencia Internacional por la Democracia en Venezuela.

No podemos practicar la política de la avestruz ante el desastre social y humanitario, cuya expresión más desafiante es el cortejo interminable de venezolanos que votan con los pies y parten a buscar refugio fuera de su patria.

Y puesto que este martes hablábamos sobre el racismo y la violencia en Estados Unidos, conviene destacar la emoción producida por el fallecimiento de la escritora Toni Morrison, la primera mujer afroamericana que recibió el Premio Nobel, en 1993, coronando una carrera que la convirtió a la vez en un éxito de ventas y en una escritora reconocida por la crítica y la Academia. Sus novelas y ensayos han permitido explorar el mundo subjetivo de la esclavitud y la memoria, con frecuencia negada, de una realidad social que escapó a la consideración de los Padres Fundadores que redactaron la Constitución de 1776.

También en el Perú hemos tenido una polémica reciente a propósito de los esclavos de Hipólito Unanue y la invisibilización del papel de una comunidad presente en nuestro territorio desde hace cinco siglos. Toni Morrison ha reconstruido la obsesión íntima de una niña que quiere tener ojos azules, así como la experiencia propia de vivir rodeada de personal doméstico blanco. En sus ensayos, Toni Morrison ha explicado un fenómeno universal: “A los países les gustan los cuentos de la patria porque eso le da seguridad a las personas. La realidad es sin embargo una verdad triste porque tenemos mucho que ocultar y de qué avergonzarnos… No hay que tener miedo de mirar el pasado porque solo así se sabe quiénes somos”.

Hillary Clinton ha recordado una frase de la difunta escritora: “Si hay un libro que quieres leer y que no ha sido escrito, escríbelo tú mismo”. Y Barack Obama la ha saludado como “tesoro nacional… desafío a nuestra conciencia y nuestra imaginación moral… Era un regalo respirar el mismo aire que ella, aunque sea por un instante”. ¡Felices los países en los que hay artistas que nos recuerdan las dimensiones más importantes de la vida humana!

Las cosas como son.

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