¿Qué queremos? ¡Más ciencia en la política pública! ¿Cuándo lo queremos? ¡Ahora! ¿Cómo hacemos? …

Demandar más ciencia en la política pública es un objetivo que compartimos muchos. Pero del deseo a la realidad hay un largo camino por recorrer. Requiere de capacidades personales, organizaciones, institucionales y sistémicas que no abundan en el Perú. Y que no aparecen de un día para otro.

Desde hace unos días circula una petición para que el gobierno le haga más caso a la ciencia. 

Me uno a la petición. Es una demanda que siempre voy a hacer en esta columna.

Pero no es tan fácil como simplemente pedirlo.

Demandas como estas son motivadas por un supuesto, errado, que es muy común en todo el mundo y particularmente entre científicos: los políticos y los decisores públicos no quieren usar evidencia.

Es fácil decirlo, pero la realidad es más compleja e interesante. Aunque no lo parezca, los funcionarios públicos, ante la oportunidad de informar sus decisiones, típicamente prefieren informarse a no informarse. Y se informan como pueden: con experiencia, con asesoría, con pilotos, conversaciones con expertos, testimonios de ciudadanos, etc.

Pero, por un sinfín de razones, no siempre lo hacen – o no siempre se informan bien. Esbozo, a continuación, algunas ideas para explicarlo. 

Primero, no hay una evidencia o una ciencia. La academia no es un conjunto homogéneo de personas, métodos, herramientas e ideas. Entonces es posible usar evidencia para informarse y al mismo tiempo ser acusado de no usar evidencia - por aquellos que tienen una opinión distinta o que no ven su disciplina reflejada en la evidencia dominante.

En la política pública existen lógicas sectoriales que hacen más o menos fácil usar evidencia proveniente de ciertas disciplinas de la ciencia. En el MEF, la economía – el lenguaje económico, el método, el ritmo de trabajo, etc.- encuentra buen puerto; en el MINSA, las ciencias médicas; en el MINAM y el MINAGRI, las ciencias ambientales y la ingeniería ambiental seguramente son mejor comprendidas; etc.

Segundo, no siempre hay evidencia. El Perú es un país de grandes desigualdades. Una de ellas se refiere a la enorme brecha entre investigación sobre y desde Lima y el resto del país. Existen muchos funcionarios públicos hoy en día en gobiernos regionales o programas descentralizados que quieren usar evidencia para informar sus decisiones, pero hay poco o nada que les sirva. A lo sumo un estudio de caso o referencia sobre su región o localidad - y desde la perspectiva limeña. Hay temas que apenas son de interés para los investigadores peruanos que típicamente usan los pocos recursos disponibles en agendas globales o intereses académicos personales. ¿Cuántos, realmente, se esfuerzan por conectar sus agendas de investigación a las necesidades de políticos y decisores?

| Fuente: Freeimages

Tercero, la evidencia no se usa si no se comunica. “La ciencia” no se mueve por si sola, no sale del laboratorio, no camina hasta el despacho ministerial, no se convierte en un memo, no aparece justo en un momento de toma de decisiones y no define los pasos a seguir. La ciencia, la investigación, el análisis y la evidencia que resulta de ellas, es pasiva (que no es lo mismo que ideológicamente neutra). La evidencia necesita ser comunicada proactivamente para que salga del laboratorio - por lo menos- porque ningún decisor, en ninguna parte del mundo, va a ir al laboratorio. No tienen tiempo - ¡y no deberían tenerlo!

Esto es más complejo que lo que muchos quieren creer. Y en el Perú lo hacemos muy mal.

Cuarto, para usar (más y mejor) ciencia, los políticos y funcionarios públicos necesitan un sistema de asesoría científica (uno bueno, bien diseñado, que refleje la realidad local) y que se sostenga en un régímen político de conocimiento (uno relativamente bien desarrollado) que sea capaz de generar evidencia - mucha, diversa y buena. Esto no existe en el Perú.

Quinto, usar evidencia no es tan fácil como a veces quisiéramos que sea. Nosotros, columnistas y lectores de este medio, gente supuestamente bien informada y conocedores del método científico y sus beneficios, hacemos, todos los días, cosas que van en contra de la evidencia que aceptamos como cierta: fumamos, tomamos más de la cuenta, manejamos a velocidades que sabemos son peligrosas, comemos grasas y sal muy por encima de lo recomendado, etc. Además, adquirimos bienes y servicios en el mercado informal, cuadramos en doble fila, nos pasamos la luz roja, etc.

No le hacemos caso a la evidencia ni cuando hacerlo nos beneficiaría individualmente ni cuando nos beneficiaría a todos. Y nosotros somos libres de elegir; no tenemos un reglamento o una ley orgánica que nos diga cómo debemos actuar.

En el Estado, usar evidencia demanda capacidades personales, organizaciones, institucionales y sistémicas que no abundan. Y que no aparecen de un día para otro. A veces, simplemente, el reglamento no lo permite.

Y, finalmente, las decisiones políticas son, bueno, políticas. La evidencia que puede generar la ciencia juega, siempre, un papel secundario -aun en los mejores casos- a otros factores: valores, pragmatismos, inercias institucionales, intereses, etc.

La evidencia debe informar más no pretender dictar.

¿Qué hacemos en el corto plazo?

Claro, tampoco podemos esperar eternamente. Algo debemos hacer en el corto plazo.

Podemos demandar que el Estado use más evidencia. Eso está bien. Firmar una petición es una forma de hacerlo.

Pero los firmantes deben también comprometerse a comunicar más y mejor. Deben acercarse más a todo el aparato estatal - y no solo a sus amigos y colegas tecnócratas: a nivel nacional y subnacional, a las bancadas y congresistas.

Deben ir ahí donde nadie los conoce. Una funcionaria pública me dijo, hace poco, que los científicos deben ponerse “botas de jebe” para tener influencia. Es verdad. Metidos en sus laboratorios, escribiendo en revistas académicas y sermoneando desde sus torres de marfil no van a lograr nada.

Y deben hacerlo no lanzándole datos, estudios y tecnicismos a los políticos esperando que sean entendidos y adoptados, sino desarrollando historias y narrativas que, si bien se alimentan de la evidencia, apelan a las preferencias, los miedos, los valores y las vidas -reales- de la gente.

Esto demanda aceptar, y pronto, otra lógica y ritmo de trabajo, otro lenguaje, otra forma de involucramiento. De nada sirve quejarse: “no usaron mi estudio”. Hay que entender por qué no lo usaron y ayudar a que lo puedan usar.

Las organizaciones en las que trabajan estos científicos también deben cambiar su lógica de trabajo para apoyar estos esfuerzos individuales. ¿Quieren que se use más ciencia? Deben entonces dejar la obsesión por revistas académicas que ningún potencial usuario lee (ni leerá) y reenfocar sus esfuerzos en artículos cortos, vídeos, eventos interactivos, comunicación digital en todas sus formas, un acercamiento permanente a los medios y alianzas con ONG activistas, movimientos sociales, think tanks, partidos políticos, gremios, etc.

Deben también abandonar la búsqueda por la atribución. No más quejarse porque “no citaron mi estudio”, si es que citaron los estudios de otros. Finalmente, lo importante es que las decisiones sean informadas.

Todo esto, claro, demanda cambios en la forma en la que entendemos y evaluamos la calidad académica en el Perú; ¿más publicaciones o mayor contribución - qué nos importa más?

Entonces, la demanda por más y mejor uso de ciencia es válida. Pero no llevará a nada si no hay también un compromiso real por comunicar más y mejor la poca producción científica que tenemos.  

NOTA: “Ni GRUPORPP ni sus directores, accionistas, representantes legales, gerentes y/o empleados serán responsables bajo ninguna circunstancia por las declaraciones, comentarios u opiniones vertidas en la presente columna, siendo el único responsable el autor de la misma”.