El dolor que no se transforma, se transmite

No dejemos que la vida nos pase por delante y empecemos a elegir ser felices con quiénes somos y con lo que hacemos. Vivamos la historia que queremos contar.

La pandemia nos forzó a mirarnos al espejo y reconocer quiénes somos realmente como humanidad. Esta inesperada situación sacudió nuestro estilo de vida y trajo consigo cambios sociales, laborales, económicos y tecnológicos en muy corto tiempo y sin una guía para navegar la incertidumbre. Y, en medio de este difícil contexto, todos hemos experimentado alguna pérdida que nos ocasionó tristeza o dolor.

 Si bien cada persona experimenta una versión distinta de lo mismo, es algo que todos estamos viviendo de alguna u otra forma. Y, el dolor que no se transforma, se transmite.
Si bien cada persona experimenta una versión distinta de lo mismo, es algo que todos estamos viviendo de alguna u otra forma. Y, el dolor que no se transforma, se transmite. | Fuente: AFP

El proceso al que nos enfrentamos los seres humanos ante una pérdida se llama duelo y puede generar diferentes síntomas emocionales o físicos. El duelo no sólo surge ante la pérdida de un ser querido, sino de cualquier cosa que nos importe realmente; puede ser la pérdida de un trabajo, de la graduación o de nuestra vida como la conocíamos. Si bien cada persona experimenta una versión distinta de lo mismo, es algo que todos estamos viviendo de alguna u otra forma. Y, el dolor que no se transforma, se transmite.

 

Es natural que en el transcurso de nuestra vida nos sintamos a veces desmotivados o frustrados con lo que estamos haciendo o con nosotros mismos, y en el actual contexto es muy probable que esa sensación se haya estimulado para la mayoría de personas. No obstante, cuando las cosas no andan bien o nos sentimos sin salida, es justamente el momento en el que debemos recordar que todos tenemos la posibilidad de hacernos cargo de nuestra propia vida y que somos dueños de nosotros mismos. Si bien no podemos controlar lo que sucede en nuestro entorno, siempre podemos controlar la forma como reaccionamos. Es ahí donde tenemos poder.

 

Cuando nos sentimos agobiados por el día a día somos menos tolerantes, perdemos el foco y sentimos que todo es importante. En estos casos, una herramienta que funciona bien es respirar y tomarse unos segundos pensar qué queremos hacer haciéndonos la pregunta: ¿realmente importa? El otro lado de la moneda es cuando nos sentimos desmotivados y, por el contrario, nada es relevante. Cuando esto sucede debemos ayudarnos haciendo algo que disfrutamos, ya sea caminar por la playa o escuchar música, y agradecer lo que tenemos en lugar de enfocarnos en lo que nos falta, pues en estas situaciones tendemos a victimizarnos o dar por sentado las cosas a las que estamos acostumbrados y dejamos de valorarlas.

 

Tomar control de la forma reaccionamos ante las situaciones es una decisión, pues elegir cómo respondemos sólo puede suceder de manera intencional. Y si bien es un proceso retador, más aún cuando se trata de autocontrolar emociones, es clave para salir de la inercia.

 

Muchos recordarán las radios con perillas y números en la pantalla, cual centímetro de costura. Sintonizar una estación era una tarea que implicaba paciencia y perseverancia, pues debías girar la perilla hacia la derecha e izquierda hasta encontrar el punto exacto. Para las personas, sintonizar “quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes queremos ser” es un gran desafío y un proceso que, como la radio de perilla, demanda paciencia y perseverancia.

 

Por ello, encontrar nuestro propósito -la razón o razones que dan sentido y significado a nuestra existencia- es especialmente relevante. Para lograrlo, necesitamos examinar no sólo lo que hacemos sino por qué lo hacemos; es decir, reconocer la intención detrás de nuestras acciones y decisiones.

La intención es la motivación por la que actuamos de determinada manera o decimos determinadas cosas y no puede separarse del resultado, tal como es imposible separar la causa del efecto. No considerar el “por qué” nos empuja a vivir tan solo reaccionando ante lo que se nos presenta, en incercia y sin un sentido.

 

¿Qué pasaría si de pronto nos dijeran que mañana es el último día de nuestras vidas y miramos atrás? ¿Qué encontraríamos? ¿Fuimos felices? ¿Hemos disfrutado de lo que creemos es importante? ¿Cómo seríamos recordados? Y… si luego nos dijeran que tenemos más tiempo, ¿qué haríamos con él? ¿Qué cambiaríamos? ¿Cuáles serían nuestras prioridades? ¿Qué decisiones tomaríamos diferente?

 

La buena noticia es que no necesitamos una máquina del tiempo para cambiar el pasado, pues hoy mismo tenemos la oportunidad de transformar el curso de las cosas y construir la vida que queremos. Dejemos de esperar y empecemos a elegir ser felices con quiénes somos y con lo que hacemos. No permitamos que la vida simplemente nos pase por delante y comencemos a vivir conscientemente. Vivamos la historia que queremos contar.

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