El mito de Alan García: el héroe y la motocicleta

Los mitos pueden parecernos exagerados o falsos, pero es innegable que sirven como una importante fuente de conocimiento. Analizar y discutir el mito del expresidente García es una de las maneras en que también podemos reflexionar sobre nuestro país.

La reciente muerte del expresidente Alan García ha hecho que la opinión pública se encuentre dividida entre dos versiones muy diferentes sobre su trayectoria. Una de ellas destaca su carisma y su genio político, factores que lo llevaron a obtener la presidencia del país en dos ocasiones. Si en la primera vez logró convencer a los electores de ser la gran opción ante la pobreza y el terrorismo, en la segunda se presentó como la única salida democrática ante la posibilidad de un gobierno chavista. Una segunda versión sostiene, en cambio, que García representa todos los errores y males que un político puede cometer. Tras él se encuentra la inflación, la corrupción y un amplio número de juicios prescritos o nunca afrontados. A decir de muchos, esta última es la interpretación que va a prevalecer, pues en los juicios que se vienen se presentarán acusaciones suficientemente sustentadas.

Hablar del mito de Alan García –un mito que él mismo se encargó de alimentar a lo largo de su vida– no siempre significa colaborar con la versión edulcorada del pasado.
Hablar del mito de Alan García –un mito que él mismo se encargó de alimentar a lo largo de su vida– no siempre significa colaborar con la versión edulcorada del pasado. | Fuente: AFP or licensors | Fotógrafo: STR

No obstante, aquí no queremos preguntarnos tanto por la segunda versión sino por la primera, pues es la más interesante. ¿Por qué sobrevive la imagen de ese Alan García como héroe de las multitudes, la del líder que en cada balconazo parecía entregarse por completo a la causa y el destino de su patria? ¿Por qué recordamos todavía esa figura a veces solemne y a veces graciosa de su personalidad? Pero estos recuerdos que aún sobreviven en la memoria de muchos despiertan la cólera de quienes pareciera que nunca conocieron a ese personaje. “¡No puedo creer que solo recuerden eso de Alan García!”, o “¡Es un endiosamiento!”. También nos previenen de los peligros en los que podemos caer: “No hay que dejarse llevar por el mito; no vayas tú a pensar que fue un buen presidente”.

Es cierto que los mitos pueden parecer exagerados o falsos, y es comprensible que quienes quieran conocer la verdad de lo ocurrido pidan un poco de mesura. Sin embargo, también es cierto que los mitos pueden servir como una importante fuente de conocimiento, pues no solo nos permiten conocer a un personaje en particular sino, por ejemplo, las ideas y temores que cunden en una sociedad. Dado que un mito es creado por la gente (y no por el personaje, como a veces se cree), lo que se puede aprender del mito es mucho más de lo que se cree. Y esto es lo que también ha ocurrido con García. Las historias que se cuentan de él nos atraen, pues en ellas se combinan elementos épicos y picarescos, pero también nos revelan mucho sobre la sociedad peruana durante esos años. Una sociedad que, en gran parte, también había elegido seguir un camino muy parecido al de su líder.

Las historias que hay sobre Alan García son muchas, pero la que más destaca es, como ya hemos dicho, la que lo coloca como el hombre que se enfrentó a uno de los momentos más difíciles del país. Más que una historia, se trata de una imagen: el presidente al micrófono y el Estadio Nacional lleno de personas escuchándolo; el presidente en un balcón y la Plaza San Martín repleta, con gente hasta en los balcones. El cuadro transmite inteligencia, gallardía y fortaleza, pues es el hombre que crea un discurso con solo proponérselo y ofrece su vida a la adversidad. No obstante, a esta primera imagen salta otra, no menos conocida y tampoco menos popular. Se trata de una escena nocturna en la que el presidente sale en una ruidosa motocicleta del Palacio de Gobierno y se pierde por las calles. Pero, ¿a dónde va el presidente? Al parecer, la va a pasar muy bien. Pero aquí ya no tenemos al mismo hombre de la primera escena sino a alguien que huye de sus deberes y no cumple con su función.

He querido recordar estas dos imágenes, estos dos fragmentos del mito, no tanto para hablar de García sino para mostrar que, en el fondo, también son imágenes que calzan muy bien con lo que fue la sociedad peruana de la década de los ochenta. Por un lado, la de un pueblo ansioso por tener a alguien que pudiera enfrentar la pobreza y protegerlo de la violencia que provenía de la sierra (el mito de García es esencialmente urbano). Por otro, la de un hombre que no tiene reparos en dejar de lado sus responsabilidades y escapar de todo lo que había prometido durante el día. Las escenas pueden parecer contradictorias, pero sintetizan bien el ideal de la cultura criolla moderna: la del hombre público que dice estar comprometido con su país pero al que inmediatamente después le da la espalda. En la historia del Perú, no ha sido García el único en obrar de esta manera.

Hablar del mito de Alan García –un mito que él mismo se encargó de alimentar a lo largo de su vida– no siempre significa colaborar con la versión edulcorada del pasado. Si nos detenemos un poco en el relato y en el contexto en el que surgió, poco a poco descubriremos que hay muchas cosas aún por conocer. Es este un ejercicio de análisis e discusión que nos puede ayudar a dilucidar errores, a reconocer aciertos y a pensar, por qué no, en una utopía. Esto es, en un país en el que los líderes políticos actúen en función de lo que es mejor para la sociedad y no solo para sí.

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