Las crisis crean oportunidades y desafíos

La pandemia del COVID-19 está produciendo devastadores y trágicos impactos. Y ha puesto en cuestión el modelo predominante de suministro global. Esto podría crear oportunidades estratégicas para el Perú, particularmente por su proximidad geográfica y política con los Estados Unidos. Requerimos además forjar una nueva ética de la convivencia global.

La masiva crisis causada por la pandemia del Covid-19 está aún desplegándose, y es demasiado temprano para atreverse a aventurar predicciones. Y sería imprudente hacerlo, en medio de las tantísimas incertidumbres que a todo nivel nos asolan. Es claro, no obstante, que sus impactos son ya devastadores, tanto para la salud y la vida de las personas, pero también para su bienestar y para la sostenibilidad de la economía global.

En medio de la niebla causada por la falta de certezas, es no obstante posible identificar muy preliminarmente algunas tendencias, y procurar generar respuestas estratégicas ante ellas. Dentro de la todavía poca claridad sobre las repercusiones que la crisis del Covid-19 tendrá en el largo plazo, puede identificarse al menos una que ya puede empezar a ser analizada. El Covid-19 ha puesto en evidencia la ineficacia e insostenibilidad del modelo de producción Just-In-Time (“Justo A Tiempo“), de uso masivo en la era de la globalización. Este consiste en desplegar las cadenas de producción por todo el mundo, buscando reducir costos y minimizar los stocks almacenados, para generar ventajas financieras. Mantener inventarios almacenados por más de pocos días vino siendo reputado como evidencia de una gestión empresarial ineficiente.

En las últimas tres décadas, las cadenas de suministro se han vuelto cada vez más globales, multiplicando así la variedad y volúmen de bienes y servicios transados en el comercio internacional. Los costos de producción y de transporte, así como la perecibilidad de los productos, son factores críticos para determinar su transabilidad global. La reducción de esos costos o su menor magnitud comparativa, y la mayor eficiencia alcanzada en los medios de transporte internacional, han incentivado la adopción del modelo de producción Just-In-Time para beneficiarse de los costos más bajos de mano de obra y materiales, tierra y otros factores. Además, la especialización en la producción, el creciente uso de la subcontratación y el derribamiento de barreras comerciales, también han contribuido a multiplicar tal tendencia.

Este modelo de producción Just-In-Time se basa en la premisa de contar con procesos logísticos orquestados con extrema eficiencia y puntualidad. Y China en particular ha venido siendo durante las últimas décadas el destino preferente de las estrategias corporativas de tercerización global de la producción.

Consumidas por el apetito de maximizar utilidades, las empresas dependientes del modelo de producción Just-In-Time han venido minimizando los riesgos de disrupción sobre sus cadenas logísticas.

| Fuente: EFE

El modelo de producción Just-In-Time ya había empezado a ser cuestionado a raíz del reciente escalamiento de la confrontación política y económica entre China y los Estados Unidos. Ahora, la crisis del Covid-19 ha infectado no solamente a personas, sino que también a toda la economía global, y brinda un argumento definitivo para el replanteo de ese insostenible modelo. Es claro que la fragmentación global de las cadenas de suministros acarrea riesgos que las empresas han venido subvaluando o ignorando, lo cual constituye un factor de vulnerabilidad estratégica.

La crisis del Covid-9 viene demostrando cuán errado y cortoplacista ha resultado ese enfoque de negocios: la producción global en vastos sectores se ha visto interrumpida, particularmente al haberse cortado los suministros provenientes de China. Esto, a su turno, ha catalizado pérdidas ascendentes a trillones de dólares en los mercados financieros.

A lo largo de las últimas décadas se han tejido vínculos muy estrechos entre los agentes económicos de Estados Unidos y Europa con contrapartes en China. A nivel industrial esto ha significado el traslado de muchísimas industrias hacia China, en procura de beneficiarse de su abundante y barata mano de obra. Es improbable que la crisis actual apareje una ruptura radical de esos vínculos. Pero, a la vez, ineludiblemente muchas empresas tendrán que replantearse sus modelos de cadena de suministros, para reducir su dependencia frente a China y para minimizar los impactos disruptivos causados por interrupciones como la originada por el Covid-19. Esto debiera implicar, cuando menos, que muchas empresas estadounidenses y europeas procuren desarrollar cadenas de suministro paralelas, y en algunos casos sustitutorias, radicadas en países geográfica y políticamente más cercanos. La redundancia de suministros, aborrecida por el modelo de producción Just-In-Time, tenderá a convertirse en paradigma de buena gestión empresarial.

Esta tendencia que emergerá, de replanteo del modelo predominante de suministro global, pudiera abrir oportunidades estratégicas para el Perú, particularmente por su proximidad geográfica y política con los Estados Unidos. Si tenemos la lucidez de prepararnos proactivamente para el advenimiento de esa tendencia, podríamos convertirnos en nuevo horizonte para el suministro global, dando cabida a muchísima inversión extranjera para desarrollar las capacidades productivas que ello demanda. Acaso sea conveniente plantearnos la tarea de desarrollar un marco normativo que posibilite el establecimiento de zonas francas a lo largo de la Costa y la aplicación de variados incentivos para atraer a esas potenciales inversiones y demandas productivas en proceso de relocalización.

Pero, al lado de las oportunidades estratégicas que la crisis originada por la pandemia del Covid-19 pudiera brindarnos, tenemos también, y acaso con mayor importancia, que dar cara al deber moral de extraer de ella las lecciones que apareja. Es evidente que nuestro afán de lucro nos ha llevado a traspasar las fronteras de la sostenibilidad biológica de la especie humana, del mismo modo como venimos arrasando con la sostenibilidad de la naturaleza y del medio ambiente. A la irracionalidad de la maximización de utilidades a cualquier costo, y del individualismo que le es consustancial, debemos contraponer una ética de la solidaridad y de la sostenibilidad, que conlleve asumir mayores responsabilidades como individuos, como sociedades y como humanidad, frente a nuestro prójimo y ante el entorno natural. La crisis originada por la pandemia del Covid-19 se solucionará, ojalá más temprano que tarde, pero sus lecciones permanecerán y debieran marcarnos el rumbo futuro para la sobrevivencia y progreso de nuestra civilización.

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