La caída del muro de Berlín

¿Qué tienen en común la caída del muro de Berlín y lo acontecido en las democracias de América Latina?: La búsqueda de la libertad ciudadana, que no es solo un derecho, sino una condición de la existencia.

La razón está en que para toda persona la libertad constituye un valor elemental. No se trata solo de un derecho; es una condición de la existencia. La persona sana se rebelará contra lo que no se muestre sensato o lo que no sea realmente un bien común. Así las cosas, la búsqueda de libertad ciudadana es un potente dinamizador de la historia. Cuando las personas buscan libertad, se puede decir que lo que reclaman es poder ser agentes activos de la ciudad

Hace treinta años cayó el muro de Berlín. Pero no se cayó solo, claro. Fue derribado. Acabada la Segunda Guerra Mundial en 1945, los vencedores establecieron condiciones a Alemania. Entre ellas, el país quedaba dividido y bajo la égida, de un lado, de EUA, Francia e Inglaterra; y del otro, de la Unión Soviética. La capital, Berlín, ubicada al este del país se dividía igualmente en dos grandes bloques: el oriental bajo el régimen comunista de la URSS y el bloque occidental bajo el régimen de los Estados Unidos, Inglaterra y Francia. Con esta división entre la RFA (occidente) y la RDA (oriente) se identificaron los dos grandes bloques como capitalista y socialista, pero se inició así también la guerra fría entre los E.U.A y la U.R.S.S.; que supuso una carrera armamentista totalmente fuera de control.  

Varias personas caminan frente a la East Side Gallery, un tramo del Muro de Berlín reconvertido en galería de arte al aire libre, este lunes en Berlín (Alemania) | Fuente: EFE | Fotógrafo: OMER MESSINGER

Entre 1947 y 1961 alrededor de tres millones de alemanes emigraron de la Alemania oriental hacia la occidental pasando obligatoriamente por Berlín. Con el fin de limitar este éxodo masivo, el régimen oriental levantó en la noche del 12 al 13 de agosto de 1961 un muro temporal. Sin embargo, este se perennizó en el tiempo y a lo largo de 155 kilómetros. Casi cuarenta años más tarde, el 9 de noviembre de 1989 el muro es asaltado por una muchedumbre que desde ambos lados echa abajo el muro de la vergüenza. Las condiciones de posibilidad para esta reunificación fueron puestas por el proyecto de liberalización emprendido en 1985 por Mikhail Gorbatchev y por la caída del sólido régimen de la Alemania del este; así el primer ministro alemán Helmut Kohl puede anunciar el proyecto de reunificación de las dos Alemanias. Y si vamos más atrás en la historia, el “régimen comunista de la R.D.A. había sido sacudido por el impacto de las reformas en Polonia, en Hungría y en U.R.S.S., [estas] mostraban a la población que el socialismo policial, temeroso y esclerótico no constituía un orden inmutable” (Henri Menudier).

Este capítulo de la historia deja lecciones no solo para los países europeos. No existe régimen político inmutable porque su soporte implica que los individuos se identifiquen con él y no por la simple autoridad o por el temor. La razón está en que para toda persona la libertad constituye un valor elemental. No se trata solo de un derecho; es una condición de la existencia. La persona sana se rebelará contra lo que no se muestre sensato o lo que no sea realmente un bien común. Así las cosas, la búsqueda de libertad ciudadana es un potente dinamizador de la historia. Cuando las personas buscan libertad, se puede decir que lo que reclaman es poder ser agentes activos de la ciudad y de la nación y no depender exclusivamente de un estado o de un modelo a seguir a pie juntillas. Mutatis mutandi, el muro ha caído igualmente en el Perú cuando un partido se desploma por mirarse el ombligo; en Chile, cuando un modelo capitalista no ceja en su deseo de exprimir a los ciudadanos; en Ecuador, a través de los reclamos contra un sistema dictado por el FMI; en Bolivia con un estado que se autopercibía indispensable. La libertad resiste a los modelos que la ignoran; ella se subleva frente a la totalidad y a los totalitarismos.

Ahora bien, que todos aspiremos a experimentar la libertad y poder hacer de ella un soporte irreemplazable de la vida democrática, no supone arrasar o destruir. La justeza de la acción libre requiere de un espíritu que se esfuerce por ser mejor; por ser más elevado y sublime; por pensar en qué puede ofrecer antes que de qué sacar ventaja. Todavía hay camino por recorrer en las democracias de América Latina.

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