El maltrato sutil

El maltrato suele asumirse como un conjunto de acciones en donde la crueldad y la violencia se manifiestan de forma contundente y observable. Sin embargo, hay formas etéreas de ofensa y de irrespeto que mellan la dignidad de las personas que pasan desapercibidas. En sociedades con las defensas morales “bajas”, el agravio es moneda corriente. En ese sentido, es necesario aprender a defendernos de sus efectos sobre nosotros.

El maltrato puede hacerse con una gran sonrisa entre los labios. El maltrato se puede llevar a cabo desde el "lado correcto" de la corrección política. El maltrato puede darse entre broma y broma. El maltrato puede ser muy cordial, muy amical, incluso, darse de “tu a tu”. El maltrato puede realizarse en situaciones insospechadas y por personas insospechadas. En el maltrato se puede llegar a decir "no es nada personal". Pero lo que se desconoce o no se quiere saber es que si un maltrato nos afecta es porque somos personas. De ahí que siempre el maltrato es personal.

Es probable que el que maltrata con sutileza no sea capaz de reconocer el daño de ocasiona. Pues se considera que para ser malvado hay que maquinar con frialdad y distancia. Y que, mientras se “mantengan las formas”, no habría razón para indignación. Sin embargo, esto no es así. Se puede maltratar de maneras tan diversas que, por ello, es necesario señalar sus efectos sobre nosotros. Es decir, hacer todo lo posible para hacerle entender al agraviante que, efectivamente, nos está maltratando.

El teólogo Dietrich Bonhoeffer decía que no había mayor mal que el que ocasiona el necio, pues era incapaz de darse cuenta del mal que produce. De ahí que sólo un acto de liberación externo nos iba a liberar de su mal. De alguna manera, a fin de liberarnos del maltrato sutil, habría que evidenciar su existencia. Enseñarle al que nos maltrata que, efectivamente, se nos está agraviando. Y que aquello que es invisible a sus ojos es reconocible en los nuestros.

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Uno de los mayores descubrimientos que nos ofrece la vida moderna es que podemos exigir respeto a la dignidad personal porque nos encontramos en medio de un mundo de iguales. Con funciones y responsabilidades diferentes, pero entre iguales. Asimismo, una certeza evidente es que somos racionalmente libres y, que, por lo tanto, tenemos el derecho a hacernos respetar.

No olvidemos que en el ejercicio del amor propio aprendemos a superar el miedo. En efecto, perdemos el miedo a decir aquello que nos causa pesar, frustración e indignación. De ahí que denunciar los efectos del maltrato sutil resulta tan importante como revelar el maltrato abierto. Por ello, a fin de construir una vida digna para todos, es importante hacernos respetar con los medios justos. Aprender a querernos a fin de explorar mayores cuotas de responsabilidad y de libertad.

Una vida sometida al miedo no puede ser vivida plenamente. Una vida inmersa en el miedo no puede expandirse a la realización plena de nuestras potencialidades. Así que, si nos encontramos en una situación de agravio sutil, seamos justos con nuestra existencia y digamos con firmeza: no acepto ese maltrato.

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