Estados Unidos y el libre mercado

Estados Unidos ha hecho gala durante décadas de ser el adalid global del libre mercado. Sin embargo, en el terreno práctico, ha caído innumerables veces en formulas abiertamente proteccionistas y mercantilistas. Esta esquizofrenia económica no es gratuita.

A mediados de 1970, la crisis del petróleo ponía en jaque a Occidente. La OPEP había logrado poner de rodillas a las naciones más poderosas. Y, aparentemente, la continuidad a largo plazo del “Estado de bienestar” no estaba garantizada. ¿Cómo asegurar políticas distributivas si no se tenía control del precio del oro negro? Tras esto, surgen interrogantes lógicas. ¿No pudo Occidente prever el aumento drástico del precio del petróleo? ¿No pudo, tampoco, negociar con la OPEP una estructura de precios razonables? A la distancia surgen claras suspicacias ¿No se habrá forzado la crisis del “Estado de bienestar”?

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En esa época se producen una serie de acontecimientos intelectuales muy interesantes. Por ejemplo, en 1974, Friedrich Von Hayek recibe el Premio Nobel de Economía, con ello se premia a la Escuela Austriaca. Y, en 1976, le es asignado el mismo premio a Milton Friedman, premiando a la Escuela de Chicago. También, en 1974, Robert Nozick publica su célebre alegato libertario con gran éxito: Anarquía, Estado y Utopía. Y un tiempo después, en 1977, Daniel Bell cuestiona las repercusiones culturales del “estado de bienestar” como responsable de socavar las bases de la “ética protestante” en Las Contradicciones Culturales del Capitalismo Postindustrial.  También en esos años, Irving Kristol se transforma en el autor medular de lo que más tarde se llamó “la revolución neoconservadora”.

La “cama teórica e ideológica” ya estaba tendida desde antes de las elecciones de 1980 en los Estados Unidos e Inglaterra. Con el triunfo de Ronald Reagan y de Margareth Thatcher ya se podía aniquilar, desde el poder político, el “Estado de bienestar”. En ambos lados del Atlántico el enemigo común del ciudadano era el “estado”, aquel “ogro filantrópico” (O. Paz) que limita el afán de lucro del individuo, controlando la vida de los ciudadanos desde el exceso tributario y burocrático. La arremetida fue a escala global. Y las fuerzas del mercado se desataron al extremo que los países de América Latina tuvieron que cambiar su estructura económica de forma radical desde 1987 a 1991. También, eso obligó a los países regímenes políticos Europa del Este y a la Unión Soviética a autoliquidarse entre 1989 y 1991.

Ya en el “Fin de la Historia” (Fukuyama), en la tierra de los años noventa, resplandece el triunfo de los neoconservadores. “Las leyes de la economía son iguales a la de la ingeniería”, dirán los incautos. Repitiendo todos los ministros de economía, a lo largo de los cuatro puntos cardinales, el mismo mantra.

Sin embargo, esto no era así. Desde los tiempos de Reagan, se empezó a construir un endeudamiento público de escala descomunal que compromete el futuro de varias generaciones. dejando un historial que resulta tan paradójico como desconcertante. Se propugnaba el libre mercado, pero practicando el más descarado intervencionismo estatal.

En las crisis de 1987, 1998, 2000-2001, 2008-2009, el Estado norteamericano intervino de diversos modos para garantizar la continuidad de su sistema. Socializó la perdida privada, utilizando el dinero de los contribuyentes para salvar a sus corporaciones. Y cuando las exportaciones empezaron a tener menor lugar en el mercado global, el gobierno de Trump ha arremetido contra la producción China. Proteccionismo en el más puro sentido mercantilista.  Trump ha decidido emular a Colbert. Entonces, ¿qué queda de los viejos adalides del libre mercado? Lo más probable que nada. O, en todo caso, es que tampoco nunca estuvieron tan convencidos del mismo. Lo fundamental era que las naciones de “banana land” se creyeran el cuento. Que sus think tank, asumieran un credo técnico para desmantelar los procesos de autonomía económica.

Los técnicos del poder norteamericano construyeron una gran escenografía teórica, con los paranoicos algoritmos de John Nash, con las largas demostraciones de James Buchanan y citas de individualismo de autoayuda de Ayn Rand, donde en realidad había más de pragmatismo a lo far west y de spaghetti western. Nos comimos el cuentazo ¿Liberales? ¿Ustedes que creen?

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