La vida de ideas

En la diversidad de labores y de funciones se encuentra una parte considerable de la riqueza de la experiencia humana. No todos nos dedicamos a las mismas cosas ni lo hacemos de la misma manera. Así como algunos optaron por el importante camino de la producción y de la gestión, otros; por la ruta de la intelección. Todos somos necesarios.

Wilhelm Von Humboldt, hermano del conocido naturalista Alexander y célebre intelectual alemán, al referirse a sus primeros estudios universitarios en la pequeña ciudad de Fráncfort del Oder, escribió en sus memorias que dicha urbe era ideal para una “vida de ideas”. Es decir, poseía las condiciones necesarias para el ejercicio del pensar teórico, para la lectura meditada y la conversación cerebral. Esa “vida de ideas”, lejos de cualquier especulación, no era para nada una “utopía” o “arcadia” intelectual. Por el contrario, se llevada a cabo en circunstancias concretas, disfrutándola personas específicas con intereses muy perceptibles.

Pero esta no era una situación particular de Fráncfort del Oder. Otras ciudades de lo que hoy es Alemania, Austria, entre otros países, marcaban su vida urbana al ritmo del quehacer de las universidades, siendo, por extensión, un espacio para la difusión de ideas y discusión de las mismas. De hecho, un elemento que colaboró a la propagación del espíritu de Las Luces, fueron las ciudades universitarias y el conjunto de espacios públicos frecuentados por catedráticos, escritores y alumnos. Por ejemplo, “la vida de ideas” fue la que inspiró el poderoso concepto kantiano de “uso público de la razón”, como condición para la Ilustración y la “emancipación de la minoría de edad”. Tratándose de un pensar que va mucho más allá de los pequeños asuntos domésticos, en el “uso público de la razón” nos obligamos a informarnos críticamente y, en suma, a atrevernos a saber.

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Los que acusaron recibo de la Ilustración, más allá de las distancias con el ámbito liberal de la misma, asumieron que vivir inmersos en la discusión y en la formación de ideas, era una experiencia harto estimulante y, ciertamente, interesante. En esa “vida de ideas”, muchas personas encontraron su razón de existir, reconociéndose parte de una comunidad mayor: los intelectuales. Un conjunto de personas formadas e interesadas en ciencias teóricas (simbólicas y experimentales), humanidades y artes, fundamentalmente motivadas por el cultivo del saber y su difusión.

Este grupo de personas (de diferentes grados de formación) movidos por conocer más de los que a los otros les interesa saber, se constituyen en un elemento fundamental de la estructura integral de una sociedad, pues, al dedicarse al ejercicio de la crítica, se transforman en el pensamiento orgánico de una comunidad política e histórica.  Así, aquella “vida de ideas”, hecha publicación y difundida en el debate, se convierte en el pensar crítico de una sociedad.

Gracias a esa “vida de ideas”, caemos en la cuenta de que las realidades sociales y culturales son más complejas de lo que creemos. Asumimos que las soluciones a los problemas deben tener en cuenta las circunstancias concretas y que podemos caer en el siempre fácil prejuicio y en el no menos peligroso dogmatismo. En virtud, de la “vida de ideas”, tomamos en cuenta que las realidades mutan y que las explicaciones e interpretaciones tienen un impacto limitado. También, aprendemos que los importantes mundos de la producción y de la gestión necesitan dialogar con quienes generan conocimientos, ideas, teorías y conceptos para, justamente, producir y gestionar. Por todo ello, una sociedad que elimina la “vida de ideas” está condenada a la inercia y, a larga, a la muerte.

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