Al cumplirse cien años del nacimiento de Michel Foucault, su legado se mantiene como una de las arquitecturas intelectuales más influyentes y, a la vez, discutidas del siglo XX. Formado en la École Normale Supérieure, Foucault fue moldeado por una tradición académica de excelencia, bajo la tutela de maestros fundamentales como Jean Hyppolite, quien le transmitió la densidad de la dialéctica hegeliana, y Georges Canguilhem, cuya epistemología histórica le enseñó a buscar la racionalidad en los quiebres de la ciencia. Estos mentores, sumados a su cercanía con figuras como Louis Althusser, le permitieron desarrollar un estilo que transitaba entre la filosofía, la historia y la psicología. En su entorno cercano, colegas de la talla de Gilles Deleuze, Felix Guatari, Jacques Derrida, J.F Lyotard y Maurice Blanchot compartieron con él la urgencia de desmantelar el sujeto soberano del humanismo clásico, consolidando una red de pensamiento que transformó la escena francesa y global, posicionando la "arqueología" y la "genealogía" como métodos indispensables para entender nuestra propia constitución.
La producción de Foucault se articula en una serie de obras que redefinieron los límites de lo decible y lo visible. En Las palabras y las cosas, el filósofo reveló las "epistemes" o capas subterráneas que condicionan el conocimiento, mientras que en Vigilar y castigar desplazó el análisis del poder desde las grandes estructuras estatales hacia la microfísica de los cuerpos. Es aquí donde introduce el concepto del panoptismo, describiendo cómo la sociedad moderna se convirtió en un laboratorio de vigilancia y normalización. Por otro lado, su ambiciosa Historia de la sexualidad no buscaba narrar una cronología de prácticas, sino rastrear cómo el sujeto se convierte en objeto de saber a través de la biopolítica y el gobierno de la vida. Estas obras no fueron tratados teóricos, sino herramientas de intervención que obligaron a las ciencias sociales a considerar cómo el poder no solo reprime, sino que produce realidad y verdad.
A varias décadas de su muerte, la perspectiva foucaultiana enfrenta limitaciones que el propio paso del tiempo y los giros globales han puesto en evidencia. Una de las críticas más sólidas proviene de la falta de una propuesta ética o normativa clara; al disolver al sujeto en redes de poder, Foucault parece dejar poco espacio para una resistencia que no sea puramente reactiva. Asimismo, pensadores de la corriente decolonial han señalado que su análisis del poder y la disciplina es profundamente eurocéntrico, ignorando que las técnicas de control que él describía en las cárceles europeas tenían su origen o su versión más violenta en las colonias. Esta omisión histórica plantea preguntas sobre la universalidad de sus conceptos, sugiriendo que su cartografía del poder es precisa para el Norte Global, pero insuficiente para explicar las dinámicas de dominación en contextos de periferia o de violencia estatal directa.
No obstante, las ampliaciones de su pensamiento en el siglo XXI demuestran una vitalidad asombrosa, especialmente en el análisis de la gobernanza capitalista. Foucault anticipó con lucidez cómo el Estado dejaría de ser el único centro de control para dar paso a un modelo donde el individuo se gestiona a sí mismo como un "capital humano". Hoy, sus ideas sobre la biopolítica son más relevantes que nunca para comprender la gestión de las pandemias, los flujos migratorios y la vigilancia algorítmica. El panóptico ya no es solo una torre de piedra en una prisión, sino una red invisible de datos que habitamos voluntariamente. Autores contemporáneos han expandido sus tesis para explicar cómo el capitalismo de datos ha perfeccionado la disciplina foucaultiana, convirtiendo la intimidad en el nuevo territorio de la vigilancia y el mercado.
El centenario de Foucault nos invita a una lectura que evite tanto la hagiografía como el rechazo ciego. Su pensamiento es una "caja de herramientas" que requiere ser actualizada constantemente para no volverse un dogma. Si bien sus limitaciones respecto a la justicia universal o su sesgo geográfico son claros, su capacidad para desnaturalizar lo que consideramos "normal" sigue siendo un ejercicio de libertad intelectual sin parangón. Foucault no nos dejó un sistema cerrado, sino una invitación permanente a realizar una ontología crítica de nosotros mismos. A cien años de su nacimiento, su voz sigue recordándonos que el conocimiento nunca es neutral y que cada régimen de verdad lleva consigo las marcas de una batalla por el sentido de lo que significa ser humano.
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