Cuando observamos la crudeza de los conflictos actuales, es inevitable sentir la sombra de Nicolás Maquiavelo (1469-1527). El pensador florentino nos enseñó que en la política existe una lógica propia, a menudo alejada de la moral privada, donde la eficacia y la supervivencia del Estado son las prioridades máximas. En el escenario internacional, esta visión se manifiesta cuando las naciones actúan guiadas por el pragmatismo puro. A su lado, Thomas Hobbes (1588-1679) nos recuerda que, sin reglas claras ni autoridades compartidas, el mundo corre el riesgo de caer en un "estado de naturaleza": una desconfianza mutua donde el miedo dicta la estrategia. Esta arquitectura mental sigue vigente en cada carrera armamentista y en la búsqueda incansable de seguridad nacional.
Sin embargo, el mapa del poder ha cambiado. Ya no solo los Estados dictan las reglas; hoy compartimos el tablero con corporaciones transnacionales cuya influencia supera las fronteras geográficas. Aquí es donde el realismo de Hans Morgenthau (1904-1980) cobra una nueva dimensión. Morgenthau sostenía que la política es una lucha por el poder definido como interés. En nuestra era, ese interés ya no es solo territorial, sino de datos y mercados. Las grandes empresas tecnológicas operan con una lógica de soberanía digital, influyendo en la opinión pública y en la economía de países enteros. La filosofía nos ayuda a ver que estas entidades son "nuevos Leviatanes" que desafían el control tradicional de las naciones y redefinen lo que entendemos por poder.
Frente a esta visión de choque constante, surge la necesaria luz de Immanuel Kant (1724-1804). En su ensayo sobre la "Paz Perpetua", Kant propuso que la razón humana es capaz de construir una convivencia basada en el derecho y la cooperación, no solo en la fuerza. Este ideal cosmopolita es el que sostiene hoy los intentos de gobernanza global, desde los tratados climáticos hasta los esfuerzos por regular la inteligencia artificial. Aunque el realismo parezca dominar los titulares, la aspiración kantiana de una comunidad internacional regida por leyes es la única barrera que nos protege de un caos sistémico. Es la tensión eterna entre lo que el mundo es y lo que, por ética, debería llegar a ser.
Para comprender esta complejidad, autores contemporáneos como Rolando García (1919-2012) nos sugieren mirar el mundo como un sistema complejo. Las naciones y las corporaciones no son piezas aisladas; están conectadas en una red donde un cambio en un extremo altera todo el conjunto. Esta mirada sistémica evita que caigamos en explicaciones simplistas. La geopolítica del siglo XXI es, en esencia, una estructura de interdependencias donde la fragilidad de uno es la vulnerabilidad de todos. Reflexionar profundamente sobre estas conexiones nos permite entender que los problemas de hoy —desde las crisis energéticas hasta las migraciones— no son hechos aislados, sino síntomas de un orden global que necesita ser repensado desde sus bases.
La filosofía no es un refugio para el pasado, sino un lente para el futuro. Al leer la realidad a través de Maquiavelo, Hobbes, Kant o Morgenthau, dejamos de ser espectadores pasivos de la historia para convertirnos en ciudadanos críticos. La geopolítica, sin el pensamiento profundo, se reduce a una estadística de fuerzas; con la filosofía, se convierte en un mapa para navegar las incertidumbres de nuestra civilización. En un mundo que parece acelerar sin rumbo, la reflexión pausada es nuestra mejor brújula para entender quiénes tienen el poder y, sobre todo, hacia dónde nos llevan.
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