¿Por qué existe la corrupción?

La corrupción es un problema que nos afecta como país desde hace siglos. La búsqueda de beneficios personales ha sido el patrón de nuestra historia política. Y tal parece que nuestro cerebro es el responsable de este tipo de comportamientos.

La agenda política de esta semana nos puso, nuevamente, en una situación de incertidumbre. Los cambios repentinos dieron pie a un nuevo temor: el miedo a caer en las manos de la corrupción. Lo peor de todo, para muchos, es que no sabemos, con exactitud, qué va a pasar ahora. ¿Se tomarán decisiones pensadas en la mejora del país? ¿Estaremos a merced de elecciones que buscan beneficios personales? ¿Cómo nos afectarán las propuestas del Poder Legislativo y del Poder Ejecutivo? Estas preguntas las he podido escuchar en mi propio hogar, en el que se siguen las actualizaciones que nos brindan los medios de comunicación. Pero, sobre todo, en las redes sociales, la gente se pregunta si los movimientos del Congreso, frente a la cuestión de confianza, se deben a que el cuerpo de ministros no da la talla para el problema que enfrentamos por la pandemia o son motivados por la corrupción, patrón de nuestra historia republicana. Y, si este fuera el caso, si realmente estamos ante una nueva coyuntura de corrupción, ¿por qué nos cuesta tanto, como país, frenar este modelo de conducta? ¿Qué elementos se esconden detrás de esta búsqueda de privilegios individuales? ¿Cómo podemos explicar esta tara que nos acompaña y, probablemente, seguirá con nosotros a lo largo de nuestra vida? En esta columna, vamos a conocer de cerca qué nos mueve, a los seres humanos, hacia la corrupción.

¿Por qué existe la corrupción?

Para comprender mejor este tipo de comportamientos, conviene preguntarnos: ¿qué es un dilema moral? Quizás, en algún momento de sus vidas, han tenido que tomar una decisión muy difícil, porque mientras una de las alternativas les podría traer beneficios personales, sabían que la otra opción era la correcta. Muchas personas, al ver cierta suma de dinero en el mismo asiento del dueño, la devuelven; sin embargo, otras la guardan en su billetera. Este es un típico caso de dilema moral: una situación en la que deseamos favorecernos, pero, también, queremos hacer el bien. Y, en una circunstancia de este tipo, uno de estos dos polos (ventaja individual vs. principio moral) va a predominar.

| Fuente: Andina

 ¿A qué se debe esta diferencia? ¿Por qué algunos realizan acciones adecuadas y otras buscan solo ventajas? La respuesta a esta cuestión se encuentra en la evolución de nuestro cerebro. Para que podamos sobrevivir en un mundo incivilizado y prehistórico, este órgano tuvo que generar algunos «trucos» que, automáticamente y sin pensarlo, nos impulsan y motivan. Sin embargo, como las relaciones sociales aumentan nuestra probabilidad de vivir, igualmente nos dio la capacidad para razonar, sopesar opciones, asumir normas éticas y empatizar. Si queremos, estas dos fuerzas son como «el angelito» y «el diablito» de los programas de televisión. Mientras «el angelito» nos indica cuál es la ruta a seguir para el beneficio de todos, «el diablito» nos repite todo el tiempo que los recursos (naturales, alimenticios, educativos y económicos) son limitados y que necesitamos buscar ventajas y placer solo para nosotros. De esta lucha, va a nacer una decisión: si nos dejamos llevar por nuestros primeros deseos e instintos, es probable que hagamos todo lo posible por conseguir esos recursos solo para nosotros sin importar las consecuencias; pero, si usamos nuestra razón, pensamos en los demás y observamos que cumplir con las reglas de la sociedad nos trae frutos a todos, puede que tengamos un comportamiento moral.

¿Todos podemos llegar a ser corruptos?

Después de esta explicación, podría surgir la siguiente pregunta: ¿todos podemos llegar a ser corruptos? La respuesta es sí. Todas las personas tenemos estos dos mecanismos, «el angelito» y «el diablito», por lo que toda decisión es una lucha entre estas dos fuerzas. Con todo, hay algo que podemos hacer para reducir o eliminar el comportamiento corrupto de nosotros mismos. Al elegir, basta con preguntarnos «¿Estamos buscando nuestro bien personal o el bienestar colectivo?», «¿Queremos solo placer o respetar las normas que también nos protegen a nosotros?» y «¿Nuestra decisión va a dañar a los demás de alguna manera?». Al hacer esto, estamos utilizando nuestro «angelito», es decir, el pensamiento analítico y racional; y empequeñeciendo a nuestro «diablito», nuestra búsqueda de placer y auto-supervivencia.

De más está decirles que, si aún con estas preguntas, decidimos correr por nuestra propia cuenta, acaparar recursos y no pensar en los demás, quizá sí somos corruptos después de todo. Pero siempre estaremos a tiempo de cambiar.

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