| Fuente: AFP

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Hay circunstancias en la vida en las que cuesta trabajo reconocer que las cosas no han salido como deseábamos y ciertamente no como creíamos merecer. Hoy estamos en una situación de ese tipo. Pese a las restricciones que hemos tenido que vivir, pese al elevado número de muertos, pese a los sacrificios y la caída económica, hemos entrado a un nuevo ciclo de elevada tasa de contagios y de servicios hospitalarios al borde del colapso.

Mientras más rápido reconozcamos la gravedad de la situación mejor será. A falta de un calendario seguro de vacunación, solo podemos contar con la disciplina sanitaria: evitar reuniones, sobre todo en espacios cerrados, respetar escrupulosamente el uso de mascarillas, el lavado de manos y la distancia social. De esa manera nos protegemos a nosotros mismos y a nuestro entorno, con la esperanza de ganar tiempo y acceder a alguna de las vacunas que el gobierno intenta comprar en el convulsionado mercado internacional.

Como en otros países del mundo, lo peor que podría pasarnos es añadir a la crisis sanitaria inestabilidad institucional, a la que nos conducen las acusaciones altisonantes, los ataques personales y la voluntad de usar el miedo como arma política. Basta ver los problemas de suministro y aplicación de vacunas en que se hallan países como Reino Unido, Francia y Estados Unidos, para convencernos que la tendencia primaria a buscar culpables no nos va a ayudar ni a salvar vidas ni a dar empleo a los millones que no logran aportar sustento a sus familias. Solo añadirá amargura y hostilidad, en vez de diálogo y búsqueda de soluciones.

En este contexto de incertidumbre y miedo hemos entrado a la campaña electoral. Después de haber cometido todos los errores políticos, tenemos otra vez la posibilidad de escoger a quienes nos van a gobernar durante cinco años: a los que nos ofrezcan más garantías de honestidad, de organización y de eficiencia. La campaña debería centrarse en planes y propuestas: ¿cómo darle más coherencia y eficiencia a nuestro sistema de salud? ¿cómo contribuir a la reactivación económica? ¿qué cambiar de nuestras instituciones para limitar la corrupción y mejorar la gestión? ¿cómo evitar que un nuevo año escolar sin clases presenciales profundice la desigualdad entre los que tienen y los que no tienen acceso a internet? ¿qué inversiones deben ser priorizadas en la infraestructura educativa y sanitaria, en carreteras, en la red digital, en puertos y aeropuertos?

Todas las preguntas sectoriales conducen a una exigencia de liderazgo honesto e imparcial. Desdichadamente, en vez de usar nuestra capacidad y la fuerza de nuestras convicciones para mejorar nuestro país, caemos en la tentación de recurrir el sarcasmo, las poses justicieras o las falsas expresiones de indignación para descalificar al adversario.

La Sociedad peruana de Psicoanálisis, el Instituto Gestalt y otras asociaciones dedicadas a la salud mental persisten en advertir sobre los riesgos que corremos por los cambios bruscamente introducidos en nuestras condiciones de vida: las perturbaciones del sueño y de la nutrición, la falta de contacto emocional con parientes y amigos, las forzadas convivencias en espacios familiares, las frustraciones e incertidumbres económicas, el miedo ante el futuro constituyen un marco general que alimenta actitudes destructivas y peor aún, autodestructivas.

La clave de la salud mental es poder expresarse y poder ser escuchados. Todos estamos expuestos a una amenaza insidiosa, que muta y cuenta con nuestros descuidos para aumentar la lista de infectados. Pero todos debemos colaborar a reducir el número de contagios, comenzando por cuidarnos a nosotros mismos. Un día llegará en que podremos complacernos de haber sobrevivido. Por ahora, nos corresponden cultivar la disciplina sanitaria y la salud mental.

Las cosas como son