Y se llama Pérou

Tres novelas francesas hablan de ese nombre bendito que en la lengua francesa se asocia, aún en pleno siglo XXI, con la riqueza y la aventura, pero también con la exuberante amazonía.

Alejandro Neyra

Alejandro Neyra

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Michel Braudeau: Pérou (Gallimard, 1998)

Las revistas literarias pueden ser algo así como los espermatozoides de la cultura. De miles de millones solo quedan vivos para fecundar y convertirse en adultos unas cuantos ejemplares – literalmente ejemplares– Por eso, en un medio en el cual, además, las revistas de calidad son escasísimas, hablar de una revista centenaria suena a ficción. Haber sido Director de la Nouvelle Revue Francaise, fundada en 1909 por André Gide, una publicación cuyo editor fue Gastón Gallimard, es ciertamente algo para anotar en el currículum. Michel Braudeau, además de eso, es el autor de una novela cuyo título evoca la riqueza y las contradicciones  de un país sudamericano: Pérou.

El personaje principal de Pérou es Michel, un joven aventurero francés de 20 años que llega al Perú de los años sesenta –en donde será conocido como Miguelito– y se enamora de una chiquilla cuyo nombre no suena ciertamente muy nacional: María Sabina Etxerroz-Lince, 14 años, una belleza en formación, que el joven conoce como alumna en un colegio de niñas bien curiosamente situado en la avenida Arequipa. Los que saben dicen que esta ficción es parte de una realidad curiosa, pues Michel Braudeau es casado con una peruana que, como la hermosa María Sabina, era hija de una familia formada por un diplomático y una mujer de fortuna, combo del que suele germinar normalmente muchachos cultos, sensibles y esquizofrénicos, pero también muestras magníficas de personalidad como la tal María Sabina.

Portada de Pérou, de Michel Braudeau. | Fuente: Gallimard

 Clichés abundan en una novela en el que a las peruanas la seducción les viene históricamente de la tradición virreinal de la saya y manto –María Sabina luce un mechón rubio que cubre un ojo, cumpliendo la tradición– y el Perú es el país del oro pero también un juego de palabras intraducible y un enigma: “le Pérou” es “le pere, oú?”, algo así como “¿y dónde está el padre?”. La familia rica –Engelbert Etxerroz y Dolores Lince son los padres– tiene haciendas en la sierra tan grandes como países europeos, donde pasan el tiempo y se encuentran finalmente embobados María Sabina y el extranjero, envueltos en esos inolvidables amoríos juveniles –inocentes y sublimes– que declinan cuando el francés debe dejar el Perú para volver a su país.

La historia pasa muy rápido, quizás demasiado (o quizás no tanto pues los amores juveniles, recuérdenlo, son también fugaces). En todo caso, lo cierto es que de aquel amor que se cimenta por cartas –aquellos antediluvianos que hayan escrito cartas de amor saben que en ellas se escribía el amor verdadero– poco queda con el correr de los años, salvo la amistad. Y es por cartas que ambos van enterándose también del devenir de la historia en Francia (del 68) y en el Perú (de dictadura y violencia). María Sabina, sola y triste, conoce entonces a un chico que parece bueno, Ramón, con quien se compromete pronto, se casa y tiene una hija, pero se ve envuelta –no se entiende bien cómo– en los desvaríos de un grupo de “guerrilleros” con los que parece simpatizar ese muchacho “tan” peruano.

En uno de aquellos viajes de retorno que suelen hacer los extranjeros que quedan extasiados con el Perú, finalmente Miguelito y la joven –en medio de desesperación pues el marido ha desaparecido– hacen el amor, algo que habían dejado pendiente en los años de atracción hacia la nínfula (Humbert Humbert probablemente lo hubiera hecho mejor, pero de todos modos, aunque torpemente y casi sin convicción, seguramente es mejor cumplir con los pendientes que deja la vida).

El final de “Pérou” es intenso como el amor juvenil y como él suficientemente trágico. Ramón, el peruano, termina siendo un “iluminado” –juego de palabras con Sendero Luminoso – que muere en su propia ley, mientras que María Sabina es asesinada junto a un grupo de turistas, mientras trataba de ir a Ayacucho para ver al padre de su criatura, el hombre del que se enamoró quizás por despecho en lugar del franchute que representaba el amor puro.

Cierto, mucho cliché. Pero también una gran verdad. Aquellos años de nuestra historia son también intensos y trágicos y a veces tan incomprensibles para los peruanos como pudieron ser para un francés joven que vino al Perú de ficción y que terminó siendo un país demasiado real, incluso para quien terminó siendo Premio Médicis y director de la centenaria Nouvelle Revue Francaise, y marido de una mujer peruana a mayor inri.

Encore: un Perú alegre y amazónico

Jean Echenoz: Au piano (2003).

Patrice Pluyette: La traversée du Mozambique par temps calme (2008)

Nada de melancolía aquí. Otras dos novelas francesas de esa primera década del siglo XXI tienen un paso ficcional, alegre y lúdico por el Perú, como para dar la idea de ese nuevo país que todos queremos (o al que aspiramos). Quizás esto sea porque esta vez se trata del paso por tierras amazónicas.

En Au piano, Jean Echenoz, uno de los más destacados escritores franceses, ganador del Goncourt y del Médicis entre otros, hace que su personaje, el talentoso pianista Max Delmarc, tenga un curioso paso por la novelesca ciudad de Iquitos, calurosa y distante, curioso purgatorio previo al viaje de vuelta –con otra personalidad– a la natal París. Delmarc cambiará de personalidad solo para descubrir que nadie puede huir de su pasado, aunque cambie de nombre e identidad gracias a un hábil estafador amazónico.

En la estrambótica La traversée du Mozambique par temps calme, Patrice Pluyette, novel escritor francés, hace que el capitán Belalcazar, arquéologo retirado y lejano descendiente de un conquistador y explorador español, viaje al Perú en busca del Paititi. Todo está listo para alcanzar la misteriosa ciudad de oro en Madre Dios, que quedará lejana pues una tempestad en el viaje conducirá a Belalcazar y a su curiosa tripulación al ártico y a las antípodas.

Objetivo final o lugar de paso, el Perú es y seguirá siendo, qué duda cabe, destino también alegre y feliz como nuestra propia gente de la Amazonía.

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