El Estado versus la COVID-19, cambios en la globalización

La opción que se abre es la del cambio del paradigma de la globalización. Una gobernanza más intergubernamental que transnacional. Con menos deslocalización industrial y con más cooperación digital.

Pocas veces en la historia contemporánea en 90 días ha cambiado tanto el mundo.  La crisis sanitaria producida por la COVID-19 ha producido el tránsito insolente de la globalización neoliberal a la postmodernidad medieval. Para combatir la pandemia, el mundo de los mercados transnacionales, la tecnología digital y la inteligencia artificial ha tenido que recurrir -en esencia- a los mismos métodos que los Estados feudales utilizaron para luchar contra la peste negra en Europa. A mediados del siglo XIV. El confinamiento y la distancia social.

La diferencia esencial con nuestros días es que en el medioevo el conocimiento estaba dominado por la superchería o el dogma religioso. Y hoy, gracias al progreso humano, por la ciencia. La ciencia y la política son los dos ejes que explican el alcance de la pandemia y las posibilidades de su contención, mitigación y solución.

La interdependencia globalizada de las relaciones humanas interindividuales ha sido el carburante para la propagación del virus. Pero, los instrumentos de la gobernanza global y los mercados han sido incapaces de dar respuestas a la pandemia. Ni el grupo de los 20. Ni el más restringido de los 7. Tampoco la Unión Europea. Y menos el liderazgo multilateral de una gran potencia. Ante ese vacío, ha renacido el Estado. Y ha tomado el control de la crisis. Como ha señalado el economista Xavier Ragot, presidente del Observatorio Francés de Condiciones Económicas (OFCE), el Estado está mostrando su capacidad de interrumpir la economía para luchar contra la muerte. 

Ha sacado del closet sus facultades jurisdiccionales y soberanía. En casi todo el mundo, los Estados para contener o mitigar la pandemia han decretado situaciones de emergencia, excepción, calamidad pública o alarma nacional. Se ha ordenado el confinamiento de  la población. Con diversos grados y procedimientos. En muchos casos coercitivos. Se ha suspendido el funcionamiento de escuelas, universidades y los ciclos esenciales de la producción, distribución y consumo de bienes y servicios. Congelando las economías. Salvo en sectores esenciales para las propias políticas sanitarias y la protección de la población. Se han cerrado fronteras y aeropuertos. Y en no pocos países, las fuerzas armadas han salido a las calles para asegurar el confinamiento. En esta tarea los Estados están obteniendo éxitos y avances. Algunos decisivos. Otros aún limitados. 

 

En Estados Unidos el plan de estímulo fiscal a las empresas es casi de un billón de dólares. | Fuente: EFE

Al mismo tiempo, los dirigentes de gobierno -aun los que demonizaron la intervención y regulación estatal- han sacado de su hibernación al keynessianismo y el neo keynessiamismo. En Estados Unidos el plan de estímulo fiscal a las empresas es casi de un billón de dólares. En España 200,000 millones de euros (20% del PBI). Italia está movilizando 350,000 millones. Y Francia ha dispuesto 300,000 millones en créditos para las empresas. En el Perú los estímulos económicos para mitigar los efectos del coronavirus en la economía son del 12% del PBI. Una cifra y una decisión sin precedentes en América Latina. La acción decidida del gobierno peruano reivindica la eficacia del Estado, en un país donde su minimización y abdicación de facultades es una de las más extremas del mundo.

Las medidas para compensar la pérdida de ingresos del sector laboral se generalizan. La utopía de la renta básica para los más probres se abre paso. Como un ave fénix de la solidaridad y la reivindicación del bien público. Estados Unidos ha aprobado 1,200 dólares para quienes ganan menos de 75,000 dólares al año. España proyecta una renta de 440 euros para los más afectados. En Londres se discute su conveniencia. En América Latina, el Perú ejecuta transferencias de 380 soles para los más necesitados. Y Alicia Bárcenas, Secretaria Ejecutiva de CEPAL, ha lanzado la señal de la viabilidad de una renta básica universal permanente. Equivalente al umbral de la pobreza. Significaría afectar el 4,7% del PBI. Algo evidentemente manejable.

Frente a esta realidad emergente, se han alzado importantes voces para defender la versión neoliberal de la globalización. Yuval Noah Harari alerta sobre una emergente contradicción entre el solidarismo global y transnacional de la globalización y el nacionalismo estatista y egoísta. Se equivoca. No es un problema de confrontación de ideas. Ni la versión neoliberal de la globalización es su único destino. El problema está en las realidades materiales e históricas de la economía y la política. La crisis sanitaria de la COVID-19 ha revelado en sus extremos la contradicción que existe entre la deslocalización productiva de bienes, la desnacionalización de capitales, servicios y mercados y la estructura estatal-territorial con que las sociedades nacionales se siguen organizando. La contradicción entre los mercados globales y la organización social territorial (estatal) en la que las poblaciones deben resolver la satisfacción de sus necesidades de empleo, remuneraciones, educación, salud, vivienda, pensiones y ejercicio del poder.

Los desocupados no reclaman salarios ni trabajo a los mercados globales, sino a los Estados territoriales. Y los bienes y servicios estratégicos para una comunidad nacional, si no se producen en ese Estado o en una región de mercado ampliado que lo comprenda, son un factor de indefensión, fragilidad y vulnerabilidad. Por eso Trump diseñó la visión estratégica -equivocada o no- de la primera potencia mundial bajo el lema América Primero. Bajo la misma constatación, Emmanuel Macron, en las antípodas ideológicas de Trump, el 31 de marzo, aludiendo al fin de la crisis sanitaria, declaró: El día después no se parecerá al día antes. Necesitamos restablecer la fuerza moral y la voluntad de producir más en Francia y recuperar independencia". Más allá de estas constataciones, está la evidencia que el gran ganador de la globalización es el capitalismo de Estado de la China.

Hay quienes piensan que la pandemia terminará por liquidar al capitalismo. O que acabará con la globalización. El capitalismo no tiene un sistema económico que lo sustituya. Y la globalización es un proceso de internacionalización que empezó a fines del siglo XVI y continurá al ritmo de la innovación científico-tecnológica. Lo que sí ya está en cuestión es la visión depredadora del capitalismo y la gobernanza neoliberal de la globalización. La visión filosófica que la sociedad es el individuo y no el individuo en sociedad. La opción que se abre es la del cambio del paradigma de la globalización. Una gobernanza más intergubernamental que transnacional. Con menos deslocalización industrial y con más cooperación digital. Más regulada por los Estados. Una gobernanza global de sintonía fina. Que articule la satisfacción de las necesidades de la población al interior del Estado territorial, con los límites y posibilidades de los mercados globales.  Como ha dicho Pascal Lamy antes que a una desmundialización iremos hacia una   reconfiguración. Donde el desarrollo social (inclusión, disminución de la desigualdad, educación, empleo, salud, vivienda y pensiones) no sean un gasto, sino una inversión. Se requerirán nuevos pactos. Uno social.  Entre el Estado y los ciudadanos. El otro, entre los Estados, para una renovada gobernanza multilateral.

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