En el complejo escenario de las relaciones internacionales de 2025 y 2026, la administración de Donald Trump ha revitalizado el uso de la teoría de juegos no como un mecanismo para alcanzar consensos estables, sino como una técnica de disrupción estratégica. A diferencia de sus predecesores, que buscaban “equilibrios de Nash” basados en la cooperación a largo plazo y el fortalecimiento de instituciones, Trump opera bajo la premisa de que el orden global es un ecosistema dinámico de competencia perpetua. Como señala un reciente análisis de la London School of Economics (LSE, 2025), este enfoque ha desplazado la "buena teoría" —aquella que prioriza la estabilidad del sistema— por una "práctica peligrosa" centrada en beneficios inmediatos y unilaterales. Para el observador atento, este fenómeno representa una ruptura con el racionalismo liberal, sustituyéndolo por un realismo radical que utiliza la matemática de la decisión para forzar concesiones que anteriormente se consideraban inalcanzables en la mesa de negociaciones internacionales.
La piedra angular de esta estrategia es la percepción del mundo como un juego de "suma cero", una visión que ha permeado sus políticas arancelarias y migratorias en este bienio. Según el análisis de la Universidad de Cornell (2019), Trump rechaza la noción de beneficios mutuos o juegos de suma no nula, prefiriendo escenarios donde el éxito de Estados Unidos está intrínsecamente ligado a la pérdida relativa de sus competidores, ya sean adversarios como China o aliados históricos en Europa. Como explican Joaquín Pérez y sus colaboradores en su tratado sobre Teoría de Juegos (2004), en este tipo de juegos los intereses de los participantes son estrictamente contrapuestos: lo que uno gana es exactamente lo que el otro pierde. Esta lógica elimina los incentivos para la colaboración global, transformando el tablero internacional en una serie de duelos bilaterales donde el poder económico de Washington se utiliza como el mazo definitivo para alterar las funciones de pago de sus oponentes.
Dentro de este arsenal táctico, la "Teoría del Cobarde" (Chicken Game) emerge como el modelo más visible en las tensiones de 2026, especialmente en las renegociaciones del T-MEC (Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá) y las amenazas de aranceles punitivos. En este juego, dos conductores se dirigen hacia una colisión frontal; el primero en desviarse pierde prestigio, pero si ninguno lo hace, el resultado es el desastre. Trump utiliza la amenaza del colapso económico —como el cierre de fronteras— para demostrar que él no será quien vire el volante. Al proyectar una voluntad de acero y una aparente indiferencia ante las consecuencias negativas para su propia economía, busca que el adversario, percibido como más racional o con menos tolerancia al riesgo, ceda en el último segundo para evitar la catástrofe. Es una apuesta donde se utiliza el riesgo de autodestrucción como la principal moneda de cambio en la negociación.
Complementando esta agresividad, Trump ha perfeccionado la "Teoría del Loco" (Madman Theory), una táctica diseñada para romper cualquier intento de los competidores de hallar un equilibrio estable. Esta teoría sugiere que, si un líder logra convencer a sus oponentes de que es lo suficientemente irracional o impulsivo como para apretar el botón nuclear o desatar una crisis económica global, los demás jugadores se verán obligados a ser extremadamente cautelosos. Un estudio de la LSE (2025) advierte que esta "imprevisibilidad estratégica" impide que potencias como la Unión Europea estabilicen sus propias estrategias. Al no saber si Washington cumplirá sus compromisos de defensa o si impondrá sanciones de un día para otro, los demás jugadores operan en un estado de incertidumbre constante, lo que debilita sus posiciones y les obliga a ofrecer concesiones preventivas para evitar un estallido irracional del líder estadounidense.
Sin embargo, abandonar la teoría de la estabilidad institucional conlleva riesgos sistémicos profundos que ya se sienten en 2026. Como apunta el análisis de Cornell, las tácticas de Trump son a menudo inadecuadas para problemas que requieren una coordinación global repetitiva, como la regulación de la inteligencia artificial. En los "juegos repetidos", la confianza es el activo más valioso; una vez que se rompe mediante la deserción constante, los demás jugadores dejan de buscar soluciones cooperativas y comienzan a armarse para un conflicto permanente. Esto ha resultado en una fragmentación del orden mundial donde el costo de mantener la paz ha aumentado significativamente debido a la necesidad de "seguros" contra la volatilidad de Washington. El equilibrio de Nash se desplaza hacia un escenario de hostilidad armada mutua, donde la estabilidad es tensa y extremadamente frágil.
El impacto sobre las alianzas tradicionales ha sido particularmente erosivo, transformando la seguridad colectiva en una suerte de esquema de protección económica. Bajo la óptica de Trump, la protección militar es un "bien" que debe ser pagado, alterando la naturaleza de las coaliciones. Si un aliado no aumenta su gasto en defensa al 5% del PIB, la respuesta de Trump es amenazar con la retirada del paraguas de seguridad, tratando un compromiso político como un contrato comercial rescindible. Este cambio en los "pagos de utilidad" —concepto clave en el estudio de Pérez (2004)— ha forzado a naciones como Alemania o Japón a replantearse su soberanía estratégica. Se mueven hacia un equilibrio donde ya no dependen de la racionalidad de su aliado principal, lo que a largo plazo podría dejar a Estados Unidos aislado en un sistema que él mismo ayudó a construir tras la Segunda Guerra Mundial.
El uso de la teoría de juegos por parte de Trump en este periodo representa una apuesta de alto riesgo que prioriza la extracción de valor inmediato sobre la arquitectura del sistema. Si bien la "Teoría del Cobarde" y el "Madman" le han permitido obtener victorias tácticas rápidas, el costo ha sido la destrucción de la previsibilidad que sostenía la prosperidad global. Para la historia intelectual del siglo XXI, este bienio será recordado como el momento en que la mayor potencia del mundo decidió que era más rentable ser el jugador que “patea el tablero” que el que lidera la partida. El gran interrogante que queda para el resto de la década es si, en su afán por no ser el primero en virar el volante, Trump acabará provocando una colisión de la que nadie, incluido su propio país, podrá recuperarse satisfactoriamente. Trump ya está jugando con fuego.
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