Las consecuencias institucionales de la pandemia

La pandemia de la COVID-19 nos ha recordado cuán interdependientes somos.

Las grandes catástrofes dejan huellas. La Primera Guerra Mundial (1914-1918) significó el final de los cuatro grandes imperios europeos de aquella época: el austro-húngaro, el otomano (actual Turquía), el alemán y el ruso, así como el nacimiento de la Sociedad de Naciones. La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) implicó sepultar a los regímenes fascistas existentes en Alemania e Italia, la dramática reconfiguración política en el Japón y, paralelamente, la aparición de los Estados Unidos y la entonces Unión Soviética (URSS) como superpotencias mundiales. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) sustituyó a la caduca Sociedad de Naciones y emergieron, como consecuencia de la Conferencia de Bretton Woods (1944), tres organismos gravitantes para el nuevo orden económico mundial: el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF) —que hoy integra el Grupo del Banco Mundial—, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y, posteriormente, el Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT, por sus siglas en inglés).

También se sabe que una de las consecuencias de la Gran Depresión de 1929 fue el desprestigio del capitalismo liberal y simultáneamente la aparición de regímenes totalitarios, no solamente en Europa (como el caso de la Alemania nazi) sino también en América Latina. En el caso peruano se asocia esta crisis global con la caída del presidente Augusto B. Leguía y el surgimiento del teniente coronel Luis Miguel Sánchez Cerro mediante un golpe de estado en 1930.

La pandemia de la COVID-19 nos ha recordado cuán interdependientes somos. Nos ha evidenciado que si bien es cierto que los seres humanos venimos compartiendo las mismas penurias, miedos e incertidumbres, al mismo tiempo los horizontes de esperanzas difieren entre nuestras sociedades (y dentro de ellas): no todos venimos transitando esta tormenta en el mismo barco. Un caso especialmente emblemático es el acceso a las vacunas.

Existe un fuerte consenso a nivel mundial de que la vacuna para la COVID-19 es probablemente el instrumento más eficaz para controlar de manera sostenible la pandemia. Actualmente la humanidad cuenta con cerca de diez vacunas contra el SARS-CoV-2, el virus nefasto que produce la COVID-19 (cuadro 1), pero, como me refirió un buen amigo y conocedor del tema, este es un “mercado de vendedores”: o lo tomas o lo dejas.

| Fuente: https://www.bbc.com/news/business-55170756

En este marco, de acuerdo con una reciente publicación de la Economist Intelligence Unit (EIU), más de 85 países pobres no tendrán acceso generalizado a las vacunas contra el coronavirus antes del 2023 (cuadro 2).

| Fuente: https://www.eiu.com/n/85-poor-countries-will-not-have-access-to-coronavirus-vaccines/

No me cabe duda de que el profesor y filósofo político Michael J. Sandel pronto nos sorprenderá con un profundo análisis moral con respecto a estas circunstancias y sus implicaciones prácticas para la humanidad. Mientras tanto, permítanme citar unas líneas de Primo Levi (1919-1987), de su obra Si esto es un hombre (1947), donde narra su conmovedora experiencia durante el Holocausto:

“Kuhn da gracias a Dios porque no ha sido elegido. Kuhn es un insensato. ¿No ve, en la litera de al lado, a Beppo el griego que tiene veinte años y pasado mañana irá al gas, y lo sabe, y está acostado y mira fijamente a la bombilla sin decir nada y sin pensar nada? ¿No sabe Kuhn que la próxima vez será la suya? ¿No comprende Kuhn que hoy ha sucedido una abominación que ninguna oración propiciatoria, ningún perdón, ninguna expiación de los culpables, nada, en fin, que esté en poder del hombre hacer, podrá remediar ya nunca? Si yo fuese Dios, escupiría al suelo la oración de Kuhn”.

Seguramente habrá sesudas explicaciones sobre las brechas globales y regionales en el acceso a las vacunas, desde la evidente ineficiencia de algunos gobiernos en la gestión de la crisis sanitaria, el cáncer de la corrupción, hasta las evidentes disparidades en el acceso a recursos financieros, entre otras. Lo que no tenemos muy claro es cómo los “sentimientos morales”, como apuntó Adam Smith en 1759, puedan modificar (en alcance y profundidad) las actuales reglas de juego que nos gobiernan, desde el conglomerado de las relaciones internacionales, las dinámicas del comercio global y los flujos de inversión, hasta la manera de entender el rol de los estados, el mercado y las formas de gobierno. La historia vivida entre “los hundidos y los salvados”, como diría Primo Levi, de seguro no será indiferente mirando al porvenir, y esperemos que sea en la ruta de una mejor convivencia y teniendo como fin último la dignidad de la persona humana.

 

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