La lucha diaria de las personas neurodiversas

Aunque hace algunos años iniciaron los primeros cambios para hacer del mundo un lugar más amigable con la neurodiversidad, aún falta mucho por hacer.

La neurodiversidad, como paradigma, es el escudo de este siglo XXI. Especialistas en neurociencia, psicología, biología, genética, educación, entre otros campos del conocimiento, vienen observando que, a pesar de poseer las mismas macroestructuras, no existen dos cerebros iguales. Esto quiere decir que, aunque todas y todos tenemos una corteza prefrontal que nos permite regular nuestros pensamientos y nuestras emociones, no es del mismo tamaño ni funciona de la misma manera en todos los cerebros. En algunos, esta corteza es más delgada y en otros, más gruesa, lo que genera distintos niveles de capacidades (menor o mayor facilidad, respectivamente, para regular esas ganas de complacer todos nuestros deseos).

La neurodiversidad, como paradigma, es el escudo de este siglo XXI.
La neurodiversidad, como paradigma, es el escudo de este siglo XXI. | Fuente: Free Images

Si esto es así en la población en general, incrementa su fuerza en aquellas personas con síndromes y trastornos identificados; en otras palabras, si bien todas y todos tenemos un cerebro único e irrepetible que nos hace ser quiénes somos, un grupo de la población posee un cerebro que se aleja más de lo que conocemos como «normalidad» por el tamaño de sus áreas y por su funcionamiento. Este es el caso de las personas con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), trastorno del espectro autista (TEA), síndrome de Asperger, trastorno específico del aprendizaje (p. ej., dislexia y discalculia), trastornos del estado de ánimo (p. ej., trastorno bipolar), etc. El cerebro, en muchos de estos síndromes y trastornos, ha probado funcionar de manera divergente, esto eso, como si se tratase de una articulación biológica sui géneris, con sus propias fortalezas y debilidades. Por ejemplo, las investigaciones han demostrado que quienes tienen TDAH suelen ser más creativos, puesto que la dificultad que presentan para focalizar su atención en una sola tarea o concepto, y la propensión para «soñar despiertos» sitúa a sus cerebros en un estado de generación de ideas sin filtros o juicios de valor. Es como si permanentemente estuviesen en una condición creativa que los hace ser inventivos de forma nativa.

Sin embargo, al tratarse de cerebros que no funcionan como el promedio, tropiezan a diario con una sociedad construida y uniformada durante siglos para sostener la famosa, pero engañosa «normalidad». No solo deben zigzaguear para evitar las constantes críticas patentes o implícitas, producto del desconocimiento normado, sino que se ven coaccionados a «adaptarse» a un mundo que no los considera y que ha sido diseñado única y exclusivamente para personas que no necesitan de ajustes particulares mayores. Este es el pan de cada día para las personas neurodiversas, tanto en la vía pública, en el transporte, en las escuelas, en los institutos, en las universidades, en los centros laborales e, incluso, en las mismas casas donde deberían sentirse seguras. Para muchas y muchos, las oportunidades les han sido negadas sistemáticamente: desde los reproches repetitivos en las aulas que lo único que hacen es reducir el nivel de autoconfianza, autoeficacia y autoestima, hasta los procesos de selección laboral cuyo perfil solo se amolda a las personas más promedio (esto sin considerar las evaluaciones escolares y universitarias que no reparan si en el salón de clases está matriculado algún estudiante neurodiverso).

Pero esta situación está cambiando largo, larghissimo, como se dice en música clásica para señalar un tempo muy lento. Al ser modificaciones que requieren de una gran transformación en la forma de pensar y percibir el mundo, es posible que sea una revolución científica y sociocultural que nos tome todo este siglo o, incluso, más. Serán, entonces, la generación Z y la que le sigue en orden inmediato las que realicen, proliferen y mantengan los cambios que ya se están gestando en diversas partes del mundo. En las manos de estas dos generaciones, entonces, ponemos la esperanza de un mundo cada vez más diverso.

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