Los peligros detrás de la frase «Solo se vive una vez»

Las frases «Solo se vive una vez», «La vida es una» y «Vive como si fuera el último día» nos invitan a seguir nuestros impulsos y dejar de lado el análisis racional de las consecuencias.

Hace más de dos años, antes de que la pandemia desvirtuara nuestra construcción de rutina, conversaba con uno de mis mejores amigos sobre algunos latiguillos que son las segundas ropas de muchas personas. Acabábamos de ver una película, ritual semanal que formaba parte de un pacto tácito y silente, y salimos al patio para digerir, a través de la palabra, lo que habíamos captado. Entre tema y tema, que surgen como vertientes de un mismo río, se me ocurrió poner sobre la mesa algunos refritos internacionales, frases manidas que han levantado imperios y que se filtran, a manera de sentencias que dan por finalizada una conversación o un ejercicio intelectual, en todas las grietas de la sociedad. Hablo de tres enunciados que se complementan al pertenecer al mismo sistema categorial: «Solo se vive una vez», «La vida es una» y «Vive como si fuera el último día».

¿Cuál es el problema con estas cláusulas? ¿No son únicamente frases motivacionales que ponen el acento en la importancia de aprovechar «al máximo» nuestra temporalidad? ¿Pueden, acaso, suponer un riesgo para el bienestar, tanto personal como social? Yo veo dos principales problemas con este tipo de eslóganes. El primer inconveniente es que, implícitamente, nos invitan a desregularnos, es decir, a desactivar nuestra capacidad para mediar entre nuestros deseos y la realidad, nuestra habilidad para retrasar la satisfacción inmediata, signo cultural de nuestro tiempo. Si se quiere, nos predisponen a ser buscadoras y buscadores de recompensas y placeres sin sopesar las posibles consecuencias tanto para nosotras y nosotros como para las personas que nos rodean. Si viviéramos, precisamente, como si fuese el último día de nuestra vida, es muy probable que nuestras decisiones sean filtradas bajo el halo del placer urgente, halo que no nos permite evaluar los efectos a futuro de nuestras resoluciones. ¿Cuántas personas elegirían sentarse a leer un libro, a realizar ese último trabajo que podría conseguirles un mejor destino profesional, a conversar y únicamente conversar con esa persona querida, a poner el hombro para que ese otro significativo descanse, a guardar el dinero para cumplir una meta a largo plazo? En cambio, ¿cuántos harían de su día un carnaval en el que todo vestigio de efectos, secuelas o consecuencias quedaría erradicado? ¿Cuántos continuarían siendo empáticos? ¿Cuántos pensarían en las demás personas al actuar?

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El segundo inconveniente es que están diseñados de tal forma que resultan sumamente atractivos, lo que genera que se nos dificulte analizarlos y, en último grado, rechazarlos. Y es que responden a nuestro deseo más primario de hacer lo que nos venga en gana irreflexivamente. En la evolución, nuestro cerebro primero hizo lo que quiso sin responsabilizarse y, luego, en pro de la construcción de una sociedad que incrementara nuestra probabilidad de supervivencia como especie, fue especializándose en regular nuestros deseos y emociones, y en analizar el mejor escenario posible. Esta circunstancia neurológica hace que, aun con millones de años de desarrollo, nos sea más laborioso utilizar aquellas estructuras cerebrales que se dedican a lo que conocemos como «razón», pero nos resulte accesible acatar lo que las redes neuronales del ímpetu nos demandan. Es por este motivo que los tomamos por ciertos sin antes escrutarlos concienzudamente y decidimos en función de su máxima.

Si bien no nos vamos a deshacer de estos letreros luminosos, casi publicitarios, que están colgados en cada rincón de la sociedad, sí podemos analizarlos y ponderar nuestro mejor plan de acción; esto es, acallar brevemente, pero con mucho vigor nuestros deseos para decidir con ese sector tan sofisticado de nuestro cerebro que nos brinda la alternativa de reunir información, examinarla escrupulosamente y predecir las consecuencias de nuestros actos. Hagamos de nuestros deseos un insumo más, un elemento que nos comunica algo sobre nosotras y nosotros, pero no el ingrediente principal de nuestra toma de decisiones. Hagamos de nuestro día no el último, sino un eslabón de nuestro largo y fecundo itinerario por este mundo para poder planificar, incluso, nuestro disfrute.

 

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