Conoce la historia del Hogar Casa Luz y de Mariela Clark. | Fuente: RPP Noticias

Por: Verónica Ramírez Muro

Fotos: Morgana Vargas Llosa

Ayacucho recién despierta y, por lo tanto, también el tráfico, el humo de los buses, un claxon impaciente y olor a pan chapla salido del horno. Una fila de escolares perfectamente uniformados se dirige al colegio Pablo Apóstol. Van en orden de tamaño, desde el más pequeño hasta el más alto. Son más de 10 y todos se despiden en la puerta de la misma madre.

Esa madre es Mariela Clark (47 años), la misma que hace adiós con una mano y con la otra levanta en peso a Aracely (2 años). Ambas se dirigen hacia la larga mesa de comedor donde las espera Antonia Flórez (51 años), administradora de Hogar Casa Luz desde su fundación, para revisar la agenda del día. Es decir, cuántos resfriados, cuántas próximas vacunas, cómo van en la escuela, cómo pasaron la noche, cuántos menores están en proceso de adopción, qué artículos de limpieza faltan.

Por la tarde, al volver del cole, llegarán las trabajadoras sociales y psicólogas. “Al haber pasado por tantos traumas, el rendimiento escolar es complicado y necesitan un apoyo extra. Nosotras cumplimos con las funciones de cualquier madre para sacar adelante a sus hijos: deben comer, hacer su tarea y mantener el cuarto limpio”, dice Mariela.

El Hogar Casa Luz funciona en Ayacucho, provincia de Huamanga, región Ayacucho. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa

De la cocina emana un olor a sofrito, pollo y cúrcuma. Zayda ha terminado con las labores del desayuno y ahora está concentrada en el cau cau para el almuerzo de los 25 menores que viven o pasan el día en el orfanato.

Las instalaciones son modestas, pero impecables. Los nombres de algunos objetos y estancias están escritos en cartulinas de colores: cama / cajón / puerta / cuarto / baño / cocina. Pacheco, un niño de 17 años que sufre de discapacidad mental debido a que sufrió una desnutrición severa durante su primera infancia, es el guardián de las cosas y el ayudante de todos. Lo mismo pasa un trapo por aquí que empuja la silla de ruedas de Milagritos (9 años), una niña que, como dice Mariela, “es una existencia frágil, un suspiro de vida que podría apagarse en cualquier momento”.

Con grandes esfuerzos y un presupuesto ajustado, Casa Luz funciona como una asociación sin fines de lucro inscrita en el MIMP (Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables) con permiso para operar como un hogar sustituto y comedor infantil desde 2002.

Casa Luz funciona como una asociación sin fines de lucro inscrita en el MIMP (Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables) con permiso para operar como un hogar sustituto y comedor infantil desde 2002. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa

El primer mes de aquel año, recuerda Mariela, recibieron 25 niños. “10 de ellos eran recién nacidos. Ese fue el desafío más grande por los cuidados extremos que necesitaban. Llegaron con muy poco peso, desnutridos, incluso 2 de ellos tuvieron que ser trasladados a Lima porque estaban a punto de perder la vida”.

Pacheco interrumpe la conversación y señala el suelo. Ha encontrado una mancha de leche que dibuja un mapa imposible. Corre a buscar un trapo y luego se pone a bailar con Aracely. Mariela y Antonia lo animan a que salgan a jugar fútbol al patio. En el año en que Perú  volvió a jugar un mundial de fútbol, Pacheco es el indiscutible goleador de Casa Luz.

El amor cura

El día que le “regalaron” un bebé por primera vez, Mariela tuvo un impulso: convencer a una chica de 20 años -la recuerda bien, vestida con tacos, jeans y boca roja- de que no abandonara a su hija.

 -Te conseguimos un trabajo, te damos de comer, nos la dejas un rato y luego la recoges, piénsalo mejor. Es tuya, te necesita.

 -Tú no entiendes. Si no la recibes -le contestó- la tiro en la siguiente esquina.

Hogar Casa Luz se fundó con el apoyo inicial de la iglesia a la que Mariela pertenece y actualmente recibe ayudas de los comerciantes del barrio, del programa Vaso de Leche, de la municipalidad, de donaciones internacionales y de las familias de algunos de los niños y niñas que fueron dados en adopción. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa

Han pasado 16 años y Mariela no ha olvidado el rostro de Kimberly, la primera niña que abandonaron en Casa Luz y que falleció a los pocos meses por un problema congénito en el hígado. Desde entonces ha criado a 400 niños abandonados por distintos motivos.

“En esos años, el abandono era una consecuencia del terrorismo. Los niños huérfanos criados en esa violencia, maltrato y soledad se convirtieron en padres que repitieron la historia con sus hijos. Fue una generación quebrada psicológica y económicamente. Otro gran motivo de abandono era la pobreza extrema”, recuerda Mariela.

Mariela nació en Río Gallegos, una ciudad de 90,000 habitantes al sur de Argentina, desde donde se puede trazar una línea imaginaria hasta las islas Malvinas. De ahí partió a los 26 años en busca de un proyecto de vida.  Desde entonces siempre ha querido visitar más seguido a su familia, pero Río Gallegos, uno de los puntos más australes del mundo, queda lejos y el trabajo en Casa Luz no le da tregua.

an pasado 16 años y Mariela no ha olvidado el rostro de Kimberly, la primera niña que abandonaron en Casa Luz y que falleció a los pocos meses por un problema congénito en el hígado. Desde entonces ha criado a 400 niños abandonados por distintos motivos. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa

Su padre era chofer de buses de larga distancia, su madre bibliotecaria y tiene un hermano bombero. No existe, dice, un rastro genético en su vocación.  “Hay gente que nace predispuesta a la música, tienen ese don”, dice, “a mí me costaba comunicarme con los adultos y me sentía bien con los niños”. Por ello decidió ser profesora y misionera. Así fue como recorrió el Perú a lo largo de un año y eligió Ayacucho para establecerse.

Hogar Casa Luz se fundó con el apoyo inicial de la iglesia a la que Mariela pertenece y actualmente recibe ayudas de los comerciantes del barrio, del programa Vaso de Leche, de la municipalidad, de donaciones internacionales y de las familias de algunos de los niños y niñas que fueron dados en adopción. Una familia norteamericana, que adoptó a un niño peruano, uno chino y otro ruandés, donó hace un par de años una granja. Otra familia alemana envía un cheque cada navidad para comprar regalos.

Además de los pequeños que viven permanentemente en Casa Luz, también están los que van a pasar el día, a comer, a hacer las tareas y asearse. El programa de comedores infantiles permite que menores en una situación vulnerable puedan tener acceso a un hogar durante el día. Son niños que no pueden ser declarados en estado de total desamparo por el Poder Judicial por más que su situación sea muy precaria.

Además de los pequeños que viven permanentemente en Casa Luz, también están los que van a pasar el día, a comer, a hacer las tareas y asearse. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa

En el caso de Ayacucho, si antes las principales causas de abandono estaban relacionadas al terrorismo, con el paso de los años los motivos se han multiplicado. Mariela enumera: padres adictos al alcohol o a las drogas, padres presos por narcotráfico, padres presos por intentar asesinar a sus hijos, violencia doméstica o pobreza.  Varios de los niños que actualmente viven en Hogar Casa Luz fueron abandonados porque las madres sufrían trastornos psiquiátricos severos y no podían hacerse cargo de ellos.

¿Se pueden curar los traumas infantiles? “A veces se puede y a veces no”, dice Mariela. “Son niños acostumbrados a sobrevivir. Nosotros les levantamos la mirada y les enseñamos a ver el futuro. El amor es el que cura”.

“Una de las cosas que tenemos que entender”, explica Mariela, “es que el ser humano es un individuo que toma decisiones. Hay personas que deciden no perdonar, personas que deciden repetir la historia de su familia. Nosotros damos la oportunidad, pero al final es tu decisión”.

De los 400 niños que han pasado por Hogar Casa Luz solo 40 han sido dados en adopción. 20 se quedaron en el Perú y los otros 20 se fueron a vivir a Francia, España, Noruega, Alemania o Estados Unidos. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa

Segundas vidas

De los 400 niños que han pasado por Hogar Casa Luz solo 40 han sido dados en adopción. 20 se quedaron en el Perú y los otros 20 se fueron a vivir a Francia, España, Noruega, Alemania o Estados Unidos.

“Nunca se puede adoptar un recién nacido”, explica Mariela, “lo mínimo son 10 meses o 1 año porque a los 6 meses recién se puede declarar el abandono. Luego empiezan una serie de papeleos y muchos requisitos, empezando por el tema económico y psicológico. El problema es cuando el niño cruza los 5 años porque ya nadie lo quiere. Todas las familias buscan bebés pequeños”.

Desde febrero, el Decreto Legislativo para la Protección de las niñas, niños y adolescentes sin cuidados parentales o con riesgo de perderlos ha reemplazado el término “abandono” por el “de desprotección familiar y adoptabilidad”. La Dirección General de Adopciones (DGA) interviene cuando el menor cuenta con dicha resolución, que ahora se espera propicie modalidades de acogimiento familiar y no solo su internamiento en los Centros de Acogida Residencial (CAR), a cargo del INABIF.

"Nunca se puede adoptar un recién nacido”, explica Mariela, “lo mínimo son 10 meses o 1 año porque a los 6 meses recién se puede declarar el abandono. Luego empiezan una serie de papeleos y muchos requisitos, empezando por el tema económico y psicológico. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa

En el Perú, las cifras de adopción son bajísimas. En 2017, solo 162 menores encontraron un nuevo hogar, según datos de la DGA. 52 de ellos se encontraban en el grupo de prioridad, es decir, niños y niñas mayores de 9 años, con problemas de salud, con necesidades especiales, adolescentes o grupos de hermanos. Del total, 90 de ellos se quedaron en el Perú y 72 obtuvieron una nueva vida en países como Italia (49), Francia (6), España (4), EEUU (4), Noruega (3), Suiza (3), Bélgica (1) y Dinamarca (1).

En Casa Luz viven 8 niños y niñas a la espera de una familia. Ellos reciben afecto y cuentan con Mariela. Con el tiempo, quizás alguno de ellos se vaya, pero la gran mayoría vivirá aquí hasta los 18 años a menos que aparezca un familiar terciario que lo reclame. Una vez cumplida la mayoría de edad se les buscará una beca universitaria para que puedan completar sus estudios.

“A veces pienso que no debería encariñarme tanto”, dice Mariela. “El día que se van es muy doloroso. Es como si me estuvieran arrancando a mi propio hijo y ese dolor se queda dentro de mí. También siento una gran felicidad al pensar que tendrán una familia”.

En el Perú, las cifras de adopción son bajísimas. En 2017, solo 162 menores encontraron un nuevo hogar, según datos de la DGA. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa

Mariela cuenta con el apoyo infinito de Jorge, su marido, y de sus dos hijas biológicas, de 9 y 6 años. Todos ellos forman parte activa del hogar. Una natural disposición a formar familias ha hecho que Mariela tenga una pequeña arca de Noé en casa: 4 perros, 4 gatos, 4 periquitos, 2 conejos y un cuy.

Después de las tareas, Mariela, Antonia y las auxiliares salen a dar un paseo con los niños por la colorida Alameda Valdelirios, donde se pueden ver las famosas arquerías símbolo del triunfo de la batalla de Ayacucho. Las niñas más grandes conocen bien la historia. “Con esa batalla el Perú logró su independencia”, dicen en coro. Y luego hacen una ronda, corren hacia ninguna parte, ríen y crean ese barullo feliz que es el sonido de todas las infancias.

En oposición a su niñez serena en Río Gallegos, Mariela ha presenciado las historias de maltrato infantil más atroces y, sin embargo, esta tarde la vida está en calma. Su misión, repite, es hacer lo que haría cualquier madre (la comida, las tareas, el cuarto limpio) pero, en el fondo, consiste en algo mucho más delicado: intentar reparar lo imposible.

En oposición a su niñez serena en Río Gallegos, Mariela ha presenciado las historias de maltrato infantil más atroces y, sin embargo, esta tarde la vida está en calma. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa
Después de las tareas, Mariela, Antonia y las auxiliares salen a dar un paseo con los niños por la colorida Alameda Valdelirios, donde se pueden ver las famosas arquerías símbolo del triunfo de la batalla de Ayacucho. | Fotógrafo: Morgana Vargas Llosa


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