| Fuente: EFE

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El presidente Sagasti anunció anoche nuevas medidas de restricción sanitaria que se aplicarán a partir del próximo domingo 31. A lo largo de nuestros programas explicaremos los detalles del esfuerzo para contener la difusión del coronavirus. Permítaseme consagrar unos minutos a un tema que a nivel mundial afecta el alma de las personas y las naciones: el antisemitismo y su expresión extrema en el holocausto.

Cuando el general Eisenhower, a finales de la segunda guerra mundial, penetró por primera vez en un campo de concentración supo que la barbarie humana había alcanzado un estadio sin precedentes en la larga historia de la violencia y la humillación a seres humanos. El futuro presidente de Estados Unidos se esforzó en guardar el más amplio registro fotográfico posible, porque intuyó desde el primer momento que la verdad que tenía ante los ojos iba a ser negada: cerros de cadáveres, hornos crematorios, sobrevivientes famélicos, complicidad de estados modernos, su prensa y sus intelectuales. Esa verdad sigue siendo negada.

Durante los meses siguientes, regimientos soviéticos y norteamericanos liberaron los principales campos en Polonia y Alemania, en los que habían muerto un total de seis millones de judíos, condenados por el solo hecho de haber nacido. La maquinaria criminal nazi convirtió a la comunidad judía en chivo expiatorio para explicar la derrota de la primera guerra mundial, la hiperinflación de la República de Weimar y las dificultades que enfrentó el régimen totalitario que se apoderó de Alemania.

Los nazis quisieron exterminar también otras comunidades: gitanos, homosexuales y enfermos mentales. El antisemitismo ha persistido como valor de referencia identitaria desde que apareció durante la antigüedad romana, antes de ser reforzado por corrientes cristianas que fueron definitivamente desautorizadas por el Concilio Vaticano II. Los últimos Papas han visitado Jerusalén y han rezado delante del Muro de las Lamentaciones, reliquia del templo destruido por los romanos. En 1986 Juan Pablo II visitó la sinagoga de Roma y llamó a los judíos “nuestros hermanos mayores”.

El antisemitismo se ha nutrido del miedo y el rechazo de la alteridad. Eso sigue sucediendo ahora. Hemos visto símbolos neonazis entre las banderas de los que asaltaron el Capitolio de Washington y los hay en varios de los partidos de extrema derecha en Europa. En nuestro país se ha perseguido y condenado judíos mientras tuvo vigencia la Santa Inquisición. Pero también hemos vivido capítulos vergonzosos a lo largo de nuestra República, como cuando en 1927 la Prefectura de Lima irrumpió en la casa de José Carlos Mariátegui para neutralizar un supuesto “complot judío”. El Amauta, quien fue un gran defensor del sionismo, pidió ayuda internacional para garantizar los derechos de obreros apátridas que echaron raíces en nuestro país.

La Asamblea General de la ONU escogió el 27 de enero, aniversario de la liberación del campo de Auschwitz, como Día de la Memoria de las víctimas del Holocausto. Aunque imaginado desde la fundación del sionismo a fines del siglo XIX, el Estado de Israel nació en 1948 para dar una tierra segura a un pueblo que sobrevivió a dos mil años de diáspora y persecuciones. El Perú votó a favor de su creación y nuestra política exterior ha defendido siempre una solución pacífica a los conflictos con el pueblo palestino sobre la base de la existencia de dos Estados soberanos. Como muestra la pandemia, los problemas no los puede resolver la sola demarcación de fronteras.

Porque rechazamos el racismo en todas sus formas repudiamos el antisemitismo y nos sabemos enriquecidos por la comunidad judía que forma parte de nuestra nación. Un tuit del Papa Francisco llama hoy a recordar para que la barbarie no se repita. En ese espíritu, la Embajada de Israel, las Naciones Unidas y el Centro Holocausto y Humanidades organizan un foro digital para conmemorar a las víctimas del Holocausto.

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