La violencia sexual tiene como víctimas más comunes a las mujeres. De ellas, la mayoría es menor de edad y sufre la agresión dentro de su círculo familiar o vecinal. | Fuente: EFE/Referencial

La violencia sexual en el país no es reciente. Tampoco es tan ‘evitable’ si las personas más vulnerables a ella se quedan en casa. De hecho, el hogar es estadísticamente uno de los principales lugares donde miles al año -sobre todo, menores de edad- son víctimas de conductas contra su libertad e indemnidad sexuales. Y aquellos actos delictivos son cometidos, en su mayoría, por sus propios familiares o vecinos. Por gente de su entorno más cercano y, supuestamente, más afectivo y protector. 

El último domingo, Camila, una niña de cuatro años, fue encontrada asesinada tras varias horas de reportado su rapto en el distrito de Independencia, en Lima. Un menor de 15 años que vivía en la zona la había secuestrado, ultrajado sexualmente y matado con violencia. El responsable confeso fue capturado la noche del miércoles.

El crimen, ocurrido a una semana del Día Internacional de la Mujer, vuelve a resaltar el estado de vulnerabilidad en el que mayoritariamente viven las mujeres del país por su edad y por su género. 

Solo en el 2019, el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables contabilizó 18,044 casos de violencia sexual atendidos a nivel nacional en sus Centros de Emergencia Mujer (CEM). Este total de víctimas incluye a todos los grupos: bebés, niñas, niños, adolescentes, mujeres y hombres jóvenes, adultos y adultos mayores. Y, al desagregar las cifras por género y edad, podemos notar quiénes son los grupos mayormente afectados: 11,322 casos de violencia sexual en mujeres de 0 a 17 años; 5,468 casos en mujeres de 18 a 59 años; 1,042 casos en hombres de 0 a 17 años; 155 casos de violencia sexual en mujeres de 60 a más años; 55 casos en hombres de 18 a 59 años 2 casos de violencia sexual en hombres de 60 a más años.

Además, de los 166 casos con característica de feminicidio contabilizados por el MIMP ese mismo año, 15 tuvieron como víctima a una mujer menor de edad: dos infantes de 0 a 5 años, cinco niñas de 6 a 14 años, y ocho adolescentes de 15 a 17 años. 

El hogar y el vecindario son los entornos de mayor riesgo

De acuerdo con las cifras del MIMP de 2019, hasta un 51% de los casos de violencia sexual en menores de ambos géneros -aunque predominantemente niñas- de 0 a 17 años de edad tuvieron como principal agresor al padre (22%) o al vecino (29%). Esto, sin contar al tío, al padrastro, al primo, al hermano o al abuelo, que también figuran en porcentajes reducidos de atacantes.

Para Gabriela Oporto Patroni, directora de Litigio Estratégico de la ONG Promsex, la estadística confirma que la violencia -sobre todo, aquella ejercida contra mujeres y niñas- se filtra e incluso nace en los entornos que tradicionalmente se consideran más seguros para ellas. 

“Vemos que una gran mayoría de las agresiones sexuales reportadas ocurre en el círculo más cercano de las y los menores. No se trata de que madres y padres deban proteger a sus hijos e hijas 24/7, sino que tenemos que derrotar esas estructuras que nos hacen pensar que niños, niñas, adolescentes y mujeres son cuerpos que se pueden tomar y violentar”, señaló para este artículo.

Tras el caso de Camila, personas con influencia en la opinión pública y en los medios señalaron que la madre era -en parte o totalmente- “responsable del crimen” por haber dejado a la niña al cuidado de otra menor. Oporto sostiene que aquella reacción indirectamente trivializa el problema de fondo, que es la violencia, además de que exculpa al agresor y asesino. 

“La violencia no se va a reducir con encadenar a los niños y niñas con sus mamás. El foco no debe estar en la víctima o en la potencial víctima, sino en quiénes son los agresores, por qué agreden y qué hacemos para cambiar esto”, dijo la especialista en Género.

Hasta abril de 2019, el Instituto Nacional Penitenciario informaba que había 9,080 presos por violación sexual de menor a nivel nacional. Este delito es el segundo por el que más personas van a prisión en el país. El primero es el robo agravado. | Fuente: Andina/Referencial

Adriana Fernández Godenzi, magíster en Psicología Comunitaria, explica que, en una sociedad tan tradicional, resulta complejo discutir y combatir abiertamente la violencia sexual o violencia de género desde la familia, y que esa es, precisamente, la primera traba para reducir el riesgo. 

“La familia, núcleo base de la sociedad, es una figura que está muy resguardada por ciertos discursos de poder, tanto religiosos como políticos. Y estos no permiten tener una mirada crítica sobre lo que ocurre en aquel entorno. Además, la familia tradicionalmente se considera dentro del ámbito privado, en donde las reglas las pone la persona que ejerce la autoridad, que suele ser el padre”, dijo Fernández.

La también docente del Departamento de Psicología de la Pontificia Universidad Católica del Perú, estima, además, que la propia estructura de las familias puede contribuir a silenciar o dejar impunes los delitos sexuales cometidos en casa. 

“Es un fuerte caldo de cultivo para la impunidad, sobre todo si pensamos que las familias tradicionales se organizan bajo un sistema que impone reglas muy claras de género. Y esas pautas y esas reglas tienen que ver con asignar ciertos roles a las mujeres y a los hombres dentro de esa familia. Por ejemplo, que la autoridad indiscutible o la posibilidad de castigar va a estar en manos de los varones y, en ese sentido, se generan también unas relaciones bastante verticales entre figuras femeninas y masculinas”, analiza la especialista.

¿Qué factores influyen en un agresor sexual para cometer estos actos?

El jueves, en el programa Encendidos, de RPP, el investigador del Grupo de Análisis para el Desarrollo (Grade), Wilson Hernández Breña, remarcó que en los agresores de mujeres (feminicidas, violadores sexuales, agresores físicos) su violencia no necesariamente se activa por algún tipo de problema mental. De hecho, explicó que los porcentajes de detección de psicopatologías en este tipo de delincuentes suelen ser bajísimos.  

“Nosotros hicimos, hace un año y medio, aproximadamente, un estudio con 344 reos. Todos agresores de mujeres. Y, de esos 344, solo 4% -casi nada, en realidad- tenía alguna psicopatología. Entonces, esto nos lleva a decir que la gran mayoría agrede sin problemas de salud mental. Entonces, la pregunta es ¿por qué lo hace?”, dijo Hernández.

De acuerdo con el especialista, uno de los principales factores que activan la violencia en los hombres es la normalización de la misma a lo largo de sus vidas. Y otro factor determinante para que esta violencia sea ejercida particularmente contra las mujeres y niñas es la idea distorsionada, estereotipada y machista que los agresores tienen sobre ellas. En el caso de la agresión sexual hacia menores o adolescentes, Hernández sostuvo que alguna psicopatología podía estar más presente, pero que no es el único factor.

“Algunos violadores de niñas o niños son como una pistola cargada: necesitan un estímulo adicional para cometer el delito. Y la pornografía infantil es uno de esos estímulos adicionales. El problema adicional de la pornografía infantil es que ese objeto-mujer u objeto-menor es un objeto, además, doblemente vulnerable por su edad y por los actos delictivos que se están cometiendo. Si hay una activación de satisfacción en una persona al consumir este tipo imágenes, hay que tener alertas. Porque, en la vida real, probablemente los busque”, enfatizó el también columnista de RPP.

Para la psicóloga comunitaria Adriana Fernández, la manera en la que la sociedad y la propia familia construyen y alientan la sexualidad masculina genera la normalización de ciertos grados de violencia. Y esto, a su vez, puede alimentar el escenario para conductas que van hacia lo delictivo. 

“Justamente la sociedad, el grupo de padres, los propios hombres, alientan una sexualidad masculina activa e incluso agresiva y violenta, bajo el mensaje de ‘ser un hombre de verdad’. La pornografía tiene una connotación de violencia muy fuerte. Si eso es lo que va a acompañar el desarrollo sexual de un menor hasta que alcance la madurez, sumado a la idea de que la sexualidad masculina se vive de manera brusca y activa, no resulta tan sorprendente que varios hombres busquen transgredir consentimientos”, indicó Fernández.

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