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Día Internacional del Futuro: ¿Tiene América algo que celebrar?

Hay un gran consenso en que la tecnología será la que marque el paso de los próximos grandes cambios sociales, ambientales, económicos y políticos.

Hace unos días se celebró en todo el mundo el Día Internacional del Futuro, específicamente el 1 de marzo, fecha clave en el calendario anual para dedicarlo a pensar, debatir y reflexionar sobre el futuro que le espera a la Humanidad.

A lo largo del globo, se organizaron decenas de foros y seminarios que reunieron a los futuristas y prospectivistas más importantes del mundo, quienes dieron sus opiniones y comentarios sobre lo que puede ocurrir en los próximos años en materia de tecnología, cambio social y bienestar para la población. Aquí en el Perú, el Seminario conmemorativo se celebró en el Consejo Departamental de Lima del Colegio de Ingenieros del Perú, con la presencia de la prospectivista mexicana Concepción Olavarrieta.

Si bien existen opiniones divergentes sobre el rumbo que tomará el futuro en la próxima década, lo cierto es que hay un gran consenso en que la tecnología, en especial las llamadas tecnologías transformadoras, de las que hemos venido comentando en esta columna en ediciones anteriores, será la que marque el paso de los cambios sociales, ambientales, económicos e incluso políticos.

Existe por lo general la confianza que el desarrollo tecnológico mejorará la calidad de vida de la población mundial, reduciendo la pobreza y la desnutrición, incrementando la esperanza de vida, mejorando la educación, es decir, generando mayores oportunidades. Sin embargo, también ya se está creando la conciencia que el futuro demandará mayores habilidades en el campo laboral, y que se crearán nuevos empleos y que muchos desaparecerán por la sustitución tecnológica.

| Fuente: Freeimages

El impacto neto de estas tecnologías transformadoras sobre nuestras economías y sociedades latinoamericanas está aún por verse. Sin embargo, vemos con preocupación cómo los principales productos de exportación basados en los recursos naturales de nuestra región ya tienen sustitutos desarrollados  partir de conocimiento proveniente de tierras muy lejanas. Y resulta cada vez más claro que en la medida en que dicha sustitución tecnológica se haga más completa, las brechas socioeconómicas se irán ampliando, entre los que logren insertarse exitosamente en la nueva economía y sociedad y entre los que no.

En los escenarios menos optimistas, se estima que, de los 8,600 millones de habitantes de la Tierra en el 2030, menos de 4,000 millones podrán gozar de los beneficios que traerán las tecnologías transformadoras, el resto de la población tendrá que contentarse con ser mero espectador porque no dispondrá de los recursos necesarios para acceder a los bienes y servicios de alto valor agregado que poblarán los anaqueles de los mercados, supermercados y tiendas de todo tipo.

Ante esto, urge diseñar mecanismos que permitan redistribuir mejor la riqueza para que un mayor número de personas pueda beneficiarse de los bienes y servicios de esta llamada IV Revolución Industrial. Los países desarrollados vienen implementando proyectos pilotos de UNI (Universal Basic Income, o ingreso básico universal), una remuneración mensual para todos sus ciudadanos sin que tengan que trabajar para ganarla. Los montos pueden variar de nación a nación entre 800 y 1,500 dólares, dependiendo en gran medida de sus presiones tributarias respecto al PBI.

Como los países menos desarrollados no podemos darnos estos lujos a partir de nuestros propios recursos, se está lanzando la iniciativa que debería crearse una especie de “Plan Marshall” dirigido a favorecer el acceso de millones de personas a los beneficios de la IV Revolución Industrial, financiado por los países desarrollados y las grandes corporaciones. Esa iniciativa podría tomar el nombre de Plan Clarke, en homenaje al inglés Arthur C. Clarke, matemático, físico y más conocido como autor de ciencia ficción y futurista, quien lanzó sus famosas “leyes” sobre el futuro:

  • Primera ley: “Cuando un científico distinguido, pero de edad avanzada afirma que algo es posible, casi con toda seguridad está en lo cierto. Cuando afirma que algo es imposible, muy probablemente se equivoca”.
  • Segunda ley: “La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá de dichos límites, en lo imposible”.
  • Tercera ley: “Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”.

El futuro necesita ser construido sobre bases de solidaridad, respeto, confianza y libertad. Sólo así tendremos mucho por celebrar.

NOTA: “Ni el Grupo RPP, ni sus directores, accionistas, representantes legales, gerentes y/o empleados serán responsables bajo ninguna circunstancia por las declaraciones, comentarios u opiniones vertidas en la presente columna, siendo el único responsable el autor de la misma.
Fernando Ortega San Martín

Fernando Ortega San Martín Ingeniero metalúrgico e industrial

Consultor, conferencista e instructor internacional en Prospectiva y Estudios del Futuro. Chair del Nodo Perú de The Millennium Project. Actualmente, subdirector de Seguimiento y Evaluación del Concytec.

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